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“La enfermedad”, de Alberto Barrera TyszkaEn torno a La enfermedad de Barrera Tyszka

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Tal como apunta el magnífico crítico literario Luis Barrera Linares, la narrativa venezolana vive actualmente uno de sus momentos de mayor esplendor; la obtención por parte de Alberto Barrera Tyszka del XXIV Premio Internacional Herralde de Novela el pasado mes de noviembre en España no sólo patentiza el certero acierto de nuestros más acuciosos, inteligentes y respetados estudiosos de nuestras letras patrias sino que la merecidísima concesión de tan importante galardón literario de renombre mundial le confiere un plus de reconocimiento a la paciente labor creadora de una de las sensibilidades literarias más sólidas que ocupan el proscenio de nuestro panorama narrativo nacional de las dos últimas décadas.

La columna vertebral de esta magistral ars narrativa se sostiene en la impecable invención de dos personajes capitales: Ernesto Durán y Javier Miranda; el primero es un caso clínicamente perfecto como objeto de estudio de la psiquiatría analítica, mientras que el segundo es la típica realidad trágica de uno entre tantos casos de enfermos de cáncer que caracterizan a nuestras sociedades occidentales. Decenas de microhistorias y de larvarias anécdotas transversales conforman redes paralelas que crean un complejo tejido narrativo literalmente imposible de dejar a un lado una vez que el lector se siente cautivo en sus irresistibles historias.

Barrera Tyszka hace gala de un sui generis registro lexicográfico y, sabiéndose dueño absoluto de un manejo cabal del complejo mundo de la medicalización, nos lleva a sus lectores de la mano hacia ingrávidos universos ficcionales donde señales verbales distantes de nuestra cotidiana condición de individuos sanos, rozagantes y plenos de vida y salud impregnan nuestro capital sensitivo en tanto lectores. Ambientes conformados por departamentos de radiología y quimioterapia, mascarillas quirúrgicas, placas de tórax, transparencias duras, batas verdes, luces blancas de quirófano y toda una retahíla de expresiones específicamente médicas nos siembran en nuestra psique de lectores aprehensibilidades y climas mentales de singulares índoles.

La novela de Barrera Tyszka como ambicioso programa narrativo, como decimos en Venezuela, en lenguaje coloquial, “pone el dedo en la llaga” de ese gran mito de la infalibilidad de la existencia y de la invulnerabilidad de la vida. Inclusive, el autor va más allá y nos espeta en pleno rostro: “¿por qué nos cuesta tanto aceptar que la vida es una casualidad?”.

La enfermedad posee muchísimas virtudes como gesta narrativa. Un lenguaje pulcro e irrefutablemente decantado; exento de ripios léxicos. Frases exactas y cortantes dueñas de una profunda sencillez expresiva que jamás hacen concesiones a la odiosa presunción de expresividad vacua. Para decirlo pronto y con pocas palabras: he aquí la novela que conjuga con singular maestría literaria la emoción y la razón en una dupla insuperable. La ternura, el audaz divertimento narrativo y la perturbadora y lancinante tragedia de la familia Miranda personificado en ese universo filial y afectivo (padre e hijo) aherrojado por la desdicha de quien se sabe inexorablemente condenado a morir sin poder evitar lo irremediable.

Confieso enternecerme hasta las lágrimas por la inclaudicable persistencia que muestra el personaje Ernesto Durán al intentar una relación epistolar con el doctor Andrés Miranda que, más que una equívoca vía de consecución de la sanación de su hipocondría, lo subsume en las terribles mieles de un padecimiento ontológico mayor: una ansiedad psíquica irresoluble.

Particularmente le atribuyo extraordinarios poderes salutíferos a esta excelente novela de Barrera Tyszka: nos recuerda —junto con Robert Burton— que “la enfermedad es la madre de la modestia”. No deja de recordarnos que los seres humanos no somos más que cadáveres ambulantes ataviados de rutilantes y míseras fachendas prontamente corruptibles. En este sentido, La enfermedad puede leerse como un tratado de urgencia de lo peor. Basta que estemos sanos para enfermar y degradarnos hasta la indecencia; basta que estemos vivos para morir en menos tiempo de lo que imaginan nuestros semejantes.