Artículos y reportajes
Eduardo CobosLos infiernos sutiles de Eduardo Cobos

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A quienes hemos leído, dispersos en revistas y periódicos, los relatos, entrevistas, traducciones o reseñas de Eduardo Cobos (Santiago de Chile, 1963), nos extrañaba desde hace rato que ninguna editorial en Venezuela, donde vive hace más de 15 años, o en su tierra natal, le publicara un libro propio. Suponemos que hoy día los buenos editores son una especie en extinción y que en la balanza de la calidad con frecuencia pesa más el brazo equivocado. Suponemos, también, que al mismo Cobos todo esto lo tiene sin cuidado. Quien escribe de verdad no está pendiente de publicar, sino de escribir: todo lo demás es accesorio e irrelevante. Celebramos, de cualquier forma, la publicación de Pequeños infectos, premio Fundarte de Narrativa 2005; y esperamos para él numerosos lectores.

Mucho hay de oralidad en estos cuentos: el discurso narrativo y los giros del lenguaje se organizan exactamente como sucedería si cualquiera de estos personajes se levantara de la página impresa, decidido a contar a viva voz su propia historia. Son las voces, entonces, de desplazados por la historia o la sociedad; de marginados por la vida y sus tragedias —públicas o privadas—; las voces, y no los personajes, las protagonistas de muchos de estos relatos. Otras veces el protagonismo se le cede a la atmósfera que se respira en algunos espacios: lugares que han comenzado a latir a la sombra de los sucesos pasados y de las muchas historias de sus habitantes. Algunos personajes saltan sin pudor de un relato a otros y ayudan subrepticiamente a tejer, así, una unidad bien lograda que Pequeños infectos ya tiene, temática y estilísticamente hablando.

En otros casos, lo que el autor pone en juego es el simple gusto de contar una historia, que a veces se convierte en muchas sin que una tenga más peso que las demás. En “Beruti”, por ejemplo, a la vida de un grupo de exiliados chilenos y uruguayos en una casa de Buenos Aires, se suman pedazos de la historia latinoamericana y personajes de todo tipo: un renco y una ex puta, vagos y paseantes de toda índole, Perón, Maradona y Mussolini, el fútbol y la guerra de las Malvinas, un alcalde fascista en la Palermo de los 40, mucho vino y algo de marihuana. Lo mismo sucede con un asesinato sin culpas o reconcomios en los días del referéndum chileno que arrancó, al menos superficialmente, a los militares del poder. Exiliados que van y vienen, gente que regresa ante el supuesto cambio de panorama: las historias de múltiples “retornados” que se van entrelazando bajo un común denominador: la espera, el deseo de tener una certeza y a partir de ella recomenzar la vida (“El griego y el Tabo”). En “Hacia la medianoche”, en cambio, una chiquilla descolocada, hija de un inmigrante danés ya muerto, con una madrastra y unas hermanastras que parecen máscaras de un grotesco carnaval infernal, sale a la caída del sol en busca de nuevas experiencias que no está segura de querer, pero que por azares varios del imperio del tedio se convierten en propósitos de acción impostergables. Termina por perder su virginidad con un tipo cualquiera, casi sin enterarse o entender del todo la magnitud del hecho, si tuviese alguna. Personaje memorable, la Ceni Blixen, protagonista de este cuento.

“Itaí”, por su parte, es la historia de un pueblo con mucho de absurdo y fantasmal, y la visita de un hombre que busca recuerdos ajenos y sólo encuentra el peso y la densidad de una atmósfera oscura: larvario de extrañamiento y confusión. Al final, sin embargo, ya de salida (en el pueblo no quieren paseantes: atentan contra la salud de su tiempo estancado y su calma de muerte, siempre a la espera de que vengan la arena o el mar y lo hagan desaparecer), parece comprender que ha sido informante y marioneta de quien lo ha invitado allí en su ausencia misteriosa.

Luego hay también historias planas y directas: la reconstrucción de una amistad (la amistad viril, un tema rara vez bien tratado, salvo en ciertas viejas películas del Oeste, Howard Hawks mediante) a raíz del suicidio de un famoso actor porno venido a menos por esos infiernos sutiles de la vida cotidiana que nos hunden muchas veces en abismos sin retorno (“Los últimos días de John Mc Cormick”); o la vida de otro exiliado chileno que sale una noche, como tantas, a satisfacer sus urgencias sexuales, pero una vez llegado al bar en el que solucionará su hambre, las cosas se disparan de una manera imprevista a su bolsillo y soledad (“En el Urupagua”, uno de los mejores relatos del libro).

Completan el otro polo de variedad esencial en el conjunto, cuentos brevísimos donde una ráfaga de imágenes e ideas abren al lector el hueco en el que él mismo armará la historia (“El refrigerador”, “El mercader”) o relatos, también mínimos, que, a diferencia de los anteriores, no exigen una participación tan activa del lector. Las historias son vulgares, el lenguaje es obvio: pero allí la fuerza, la de un arco narrativo que dispara su flecha y sigue con una mirada no interventora su trayectoria limpia y directa hasta el blanco (cerrado, en el caso de “El banquete”; abierto, pero suficientemente dirigido, en el de “La ruleta”).

Cierran el libro un par de textos diferentes al resto: “Una década después” es una deliciosa parodia metaficcional que se vale de autores, obras e instituciones reales para contar, maquillándolos o enmascarándolos, un cierto número de hechos (de la vida y el pensamiento) que se encadenan en el tiempo gracias a ciertas imágenes recurrentes, vicios y manías de los protagonistas (¿y del autor?). No sé si estrictamente hablando sea un relato bien logrado, pero se trata de un texto profundamente divertido y su fuerza, cierta, segura, no abandona la del hecho literario en sí, pues justamente allí la literatura es causa y efecto, centro y suburbio, raíz y fruto de la historia. El último relato es “Ad portas”, y su mérito más grande reside, una vez más, fuera de la historia misma (que no está en el relato sino después de él, en esa delgada frontera que separa al texto literario de la mente —o la panza o el alma o los genitales­— del lector). Su fuerza, entonces, está en la estructura y en el uso del lenguaje. El autor monta su relato sobre la base exclusiva del diálogo, empresa dificilísima que no muchos han usado con fortuna (unos pocos minimalistas, un par de autores del boom). Por otro lado, para dar naturalidad, veracidad y, simultáneamente, personalidad literaria a esos diálogos, Cobos inventa (o reproduce, que es también una manera de inventar) un particular idiolecto asaz armónico y raro, distinto, con un ritmo cardíaco peculiar.

Pequeños infectos nos sitúa, entonces, frente a un cuentista maduro que ya en su primer libro daría mucho de qué hablar, si hacer literatura en Venezuela no fuera como vivir la historia de uno de sus personajes: dejando pasar las calles y los días, con la expresión desesperanzada de quien está demasiado ocupado en sobrevivir para darse cuenta de cualquier otra cosa, buena o mala, ajena a su tarea primordial: la vida, pequeña e infecta, entre sus semejantes.