Letras
Nochebuena

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

El padre llamó a la puerta de la casa de sus hijos.

Era un día de verano y había hojas verdes en los árboles y un sol enceguecedor, que obligó al hijo menor a ponerse una mano sobre la frente para poder ver al padre cuando abrió la puerta.

El padre tenía una bolsa con regalos colgando de una mano, porque ese día era la Nochebuena. El padre —los hijos lo sabían— la iba a pasar con su nueva mujer, porque había cometido el pecado que rara vez deja lugar a segundas oportunidades, y ahora era un adúltero y se había ido de casa.

El padre le tendió la bolsa al hijo con una mano vacilante.

—Feliz Navidad —dijo.

Se sintió mal: era la primera vez que lo decía del lado de afuera. El hijo menor se quedó desconcertado con la bolsa entre los brazos, y abrió los ojos miopes detrás de un armazón negro de anteojos con los vidrios sucios.

Después se volvió hacia atrás y gritó llamando a sus hermanos. Tenía tres, pero sólo dos aparecieron en la puerta unos minutos más tarde: eran la hermana y el hermano mayor.

El hermano menor fue sacando los regalos. En cada uno leyó el nombre escrito en el papel rojo con moños verdes dibujados.

—Feliz Navidad —repitió el padre.

Y el malestar se acentuó dentro de él.

La hermana abrió su paquete y desenvolvió un libro a rayas que tenía un árbol dibujado en la tapa. Lo hojeó. Abrió la primera página: no había dedicatoria.

El padre advirtió el desencanto en la cara de la hija y quiso huir, esconderse detrás de los árboles o correr al bosque que estaba muy lejos, allá detrás de la sierra que no se veía desde la ciudad.

En cambio se quedó parado en la puerta, sabiendo que no podían invitarlo a entrar, gordo y alto; él, el padre.

—Podemos ir a tomar un café —sugirió.

Los hijos se miraron entre ellos. La hermana con el libro en la mano, los otros dos con los paquetes sin abrir. El padre tenía los ojos dolientes; los hijos los ojos decepcionados y tristes y brillantes bajo el sol, bajo el tibio crepitar de las hojas verdes de los árboles movidas por el viento.

—Podemos ir a tomar un café —repitió el padre—. ¿Vamos?

Fue la hermana la que habló.

—No, mejor no —dijo.

Porque la madre estaba adentro, y también otro hermano, mayor que todos, que no había querido salir porque estaba peleado con el padre.

—¿Por qué no? Llaman a su hermano y nos vamos los cinco.

—No —dijo la hija.

El padre bajó la cabeza. La alzó otra vez, casi al instante.

—¿Podrías llamar a tu hermano, entonces? —preguntó.

La hija titubeó en la puerta. El pelo largo y ondulado le brillaba con el sol y la hacía parecer hermosa aunque de verdad no lo fuera. Después entró en la casa. El padre la vio alejarse por el pasillo fresco y estrecho, doblar hacia adentro, y pensó en lo que seguía, que era la casa, el cuarto con las cortinas de mimbre en el que había dormido durante tantos años.

Miró a sus dos hijos que permanecían con los regalos sin abrir entre las manos.

—¿No los abren? —les preguntó.

Los hijos miraron los paquetes como si hubieran perdido la memoria. Casi a la vez rasgaron el papel; lo fueron rompiendo de a partes, y el hijo mayor desenvolvió un libro de barcos, y el menor uno de aviones. Y era que el padre no sabía regalar otra cosa aparte de los libros.

Ambos sonrieron apenas, y dijeron gracias, y ambos tenían los mismos ojos claros y tristes cuando miraron al padre. El padre —pero los hijos no se dieron cuenta— tenía también los ojos claros y tristes.

La hija volvió caminando por el pasillo. Estaba descalza. El vestido azul sin mangas ondeaba desteñido alrededor de sus caderas. Se detuvo en la puerta en medio de sus hermanos y cruzó un brazo encima del otro.

—No quiere salir —dijo.

El padre la miró incrédulo. Le costaba entender que el rencor pudiera durar tanto.

—¿No quiere? —preguntó.

Porque en otro tiempo, cuando el padre vivía en la casa —pero el hermano mayor de todos no lo sabía— ese había sido su hijo predilecto.

—No —dijo la hija.

Y el padre bajó la cabeza entristecido; y los hijos bajaron la cabeza resignados.

—Entonces, ¿no vamos a tomar nada? —insistió una vez más.

Los hijos negaron. El padre dijo:

—Ah, me olvidaba.

Se acercó al auto y sacó una botella de champán del asiento trasero. Volvió a la puerta y se la dio a la hija.

—Para ustedes, para esta noche.

Y la hija dijo gracias, y el hijo menor dijo gracias, y el hermano mayor no dijo nada sino que permaneció apoyado contra el marco de la puerta y extendió la mano para saludar a un vecino.

Después los cuatro se quedaron callados.

Ninguno tenía nada más que decir. Tampoco el padre, que había pensado toda la semana en tantas preguntas, en tanto de lo que hablar, y ahora de pronto parecía vacío y estúpido, alto y gordo como el árbol de enfrente de la casa.

Pero el padre no quería irse, porque por mucho que se esforzara no podía imaginarse subiendo al auto y despidiéndose, ya sin los regalos que le habían proporcionado una alegría fugaz, por mínima que fuera, mientras los compraba, y que le habían hecho latir el corazón de expectativa después, mientras iba camino de la casa de los hijos.

—¿Cómo está tu madre? —preguntó.

—Está bien —contestó la hermana.

El hermano mayor asintió.

—Mejor que antes —confirmó.

—¿Qué hace? —preguntó el padre.

—Vive —dijo el hermano mayor.

—Trabaja —dijo el hermano menor.

El padre sonrió. Una sonrisa tristísima, honda como la noche bajo el cielo tan claro del día. Luego miró el auto estacionado en la puerta.

—Bueno —dijo.

Se encogió de hombros.

Su tristeza era también porque los hijos no se hubieran acordado de él. Había esperado al menos un regalo. Había tenido uno de su nueva mujer esa mañana, pero esperaba uno de sus hijos. Sin embargo ellos no se habían ocupado de comprárselo. Ni siquiera lo habían considerado. Y ahora permanecían ahí, con los brazos como muertos a los costados del cuerpo.

—¿Podrían llamar a su hermano? —el padre insistió por última vez.

Ahora fue el hermano menor el que dijo:

—Está bien.

Y se alejó por el pasillo fresco, caminando con el paso de niño que había sido el suyo desde siempre: un poco desgarbado, un poco encorvado.

El padre se quedó frente a sus hijos otra vez. La hija tenía la botella apoyada contra la cadera. Estaba fría, y el vidrio salpicado de gotitas le iba dejando una mancha de agua en el costado derecho del vestido.

El padre miró la calle sin saber qué hacer, qué decir: uno de sus antiguos vecinos caminaba por la vereda de enfrente paseando a su perro. Todo estaba quieto: iba a ser una Nochebuena tranquila.

El hijo menor volvió entonces caminando hacia la luz por el pasillo en sombras.

—No quiere salir —dijo.

El padre bajó la cabeza. Estuvo un rato que le pareció eterno mirando las baldosas de la vereda. Luego levantó la vista.

—Denle su regalo —dijo señalando la bolsa que había quedado apoyada contra la pared en la entrada.

—Sí —dijo la hija.

—Que lo pasen bien —dijo el padre.

Miró a los hijos por última vez. Después sacó de su bolsillo la llave del auto y caminó hasta él.

Los hijos lo miraron subir desde la puerta, alto y gordo, y cuando los saludó ellos le respondieron con las manos estiradas. Luego entraron en la casa. De modo que no lo vieron alejarse, en su auto verde metalizado que brillaba al sol en la tarde calurosa, esquivando a otros autos y a las personas, pretendiendo inútilmente, desesperadamente, que nada tenía demasiada importancia.