Me quedé pegado en la idea de que sus pies estaban medio enterrados o medio desenterrados en la arena. Había vivido tantas emociones las horas anteriores que mi cabeza apenas podía coordinar alguna idea. Y por sobre todo las imágenes previas a esa tarde llenaban mi mente; la lluvia, los pastos cortados, el silencio aterrador detrás del monótono traqueteo del agua sobre los techos rojos, eso había sido antes, ahora era el sol, el mar y los pies de ella en la arena caliente. Sus rodillas no me dicen mucho, anoche me hablaban, me distraían, me invitaban a tocarlas y a besarlas con adoración, ahora las encuentro algo feas, un poco más oscuras que el resto de la pierna, no me parecen las de anoche antes del amor, antes de la locura del encuentro desesperado de dos solitarios.
Me había sentido enamorado por momentos; mientras la veía desvestirse la amé, mientras sus pechos jugaban con la gravedad la amé y la hubiera llevado al cielo si me lo hubiera pedido y creo que entre suspiros y besos se lo dije al oído, pero ella no estaba para escuchar, su jadeo y sus manos inquisitivas lo invadían todo pidiéndome que no la dejara jamás. Ahora, sentado a su lado, el sol nos calienta la piel y siento que las formas del mundo están más claras y más limpias.
Quiero estirarme pero alguna vez aprendí que es mala educación hacerlo delante de alguien que es casi un desconocido así que, con disimulo, extiendo una pierna y después la otra.
Ella mueve los pies, sintiendo el calor que emana de la arena, ella puede estirarse y lo hace, como una gata satisfecha y feliz. Hace media hora comimos y ella comentó que hacia días que no lo hacía; dos huevos fritos con trocitos de un jamón añejo. En la mitad de la comida me puso su boca en el oído derecho y me dijo te amo, riendo, sentí vergüenza porque había otras personas en la cafetería y algunas nos miraban, nada fijo, pero no somos invisibles y es evidente que no somos padre e hija.
Su ropa no era para una mañana de sol, por lo que le prometí que al caer la tarde le compraría un vestido de verano. Estaba arrepentido de haberlo hecho, no porque no quisiera comprárselo sino que eso la mantendría todo el día a mi lado y ya quería que se fuera. Miro sus manos, largas, blancas, casi transparentes; bellas, no se puede negar eso, las mueve de manera que me hace recordar cómo las movió anoche, esas manos lo descubrieron todo, de una forma suave y ágil, lenta y angustiante.
Pronto querremos almorzar y no quiero estar con ella el resto de la jornada, pero debo retribuir tanto esmero por darme placer y proponerle que comamos juntos, aunque ya es la tarde, debe tener hambre pero no me dice nada, sólo juega con la arena y yo intento pensar en otra cosa que no sea la noche anterior, pero no es fácil; aún tengo en la piel el olor tan singular del centro del mundo, dulce, ácido, único, y su espalda arqueada y mojada, y esa boca abierta buscando aire para poder seguir viva, realmente la amé anoche, y se lo dije.
Más allá veo los botes de artesanales que entran y salen de la bahía, algunos pelícanos que los siguen esperando que les arrojen cabezas de pescado, y ella me mira; de pronto siento su mirada como una aguja que me recorre todo el cuerpo, le sonrío intentando ser amable y decir algo que haga pasar rápido las horas, ella vuelve a mirar la arena y yo le indico el horizonte lleno de pequeñas embarcaciones descoloridas, pienso en lo bello que es el mar Pacífico por las tardes, pienso en que cerca del mar no hay tiempo; nada tiene tiempo aquí, ¡cuánta verdad, cuánta verdad!, en que a esta hora mis hijos vendrían del colegio si fuese día hábil y que mi esposa, mi ex esposa, los esperaría como siempre en la puerta y con un vaso de leche en la mano, más tarde llegaría el que ocupa el lugar que tuve por dieciocho años, pero ahora es la tarde y estoy en pantalón corto en una playa llena de gente que nunca he visto acompañado de una jovencita que lleva un traje de baño comprado por mí hace una hora en una feria de baratas a una cuadra de aquí, está usado y un poco descolorido, pero ella lo lleva con mucha gracia acompañado de esas manos que tanto me han gustado y esos pies que anoche eran bellos y esas rodillas que se ponen coloradas por el sol que las quema implacable.
Anoche estuve enamorado por algunas horas y ella también, y ambos lo dijimos, Dios mío, ¡cómo se puede cambiar tanto en tan poco! Era bella anoche, hoy lo es también, es fresca y linda, pero anoche lo era más, era mía y me amaba, y yo la amaba como un animal desesperado y solitario, la busqué entre muchas y ella mostró tanta ternura que por un momento olvidé que era una desconocida, pero lo era, y ahora veo las gaviotas que pelean la comida entre ellas y a un perro que les ladra jugando feliz y miro sus manos que se pasean por su pelo, y que recorren su piel quitándose la arena y veo que sonríe, que se pone de pie y me llama al agua. Una invitación sorprendente porque a estas alturas una mujer ya se habría aburrido de mí; casi no he hablado, pero le di desayuno y querrá darme las gracias; ya me las dio anoche, y yo la amaba como se ama la vida, anoche entre mis brazos fue mi amor, el amor de siempre, el soñado.
Por momentos siento rabia conmigo, debí decirle después que se marchara, después del amor, pero seguí abrazado a ella, por temor a quedarme más solo que unas horas antes, y así dormí hasta la mañana.
Domingo, día de descanso, mucho calor, en un pueblo desconocido y lejano al mío, la invité a esta playa a estar unas horas. La veo entrar al mar, veo su cuerpo, es bella y ágil, todas sus curvas están exageradas en la medida perfecta, después de todo sus rodillas me vuelven a parecer bellas, con el agua, con el sol, con la arena, con el resto de su piel. Creo que la invitaré a comer algo, y después, si ella quiere, la llevaré al cuarto de hotel conmigo a pasar la noche del domingo y quizás la del lunes, quién sabe, ahora la seguiré al mar para tenerla cerca y si tengo suerte sentiré que la amo de nuevo.