Artículos y reportajes
Dos artículos

Fotografía: Lynsey Addario

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El método Shandy

La guerra es ese estado temporal, por excepcional y transitorio, en donde unos seres humanos representados bajo la égida de una institución (sea ésta un Estado, gobierno, coalición, etc.), se miden violentamente y mediante el uso de la fuerza frente a otros seres humanos representados bajo el mando de otra institución (sea ésta un Estado, gobierno, coalición, etc.), por la consecución de unos objetivos políticos, económicos o religiosos. Esta es la primera definición de guerra que se me ha ocurrido, pero creo que una segunda definición personal más breve sería ésta —la guerra es un horror que no siempre es un error. Lo que quiero decir es que la violencia es, muchas veces, lo único que nos queda cuando alguien nos pone en peligro o atenta contra la vida de nuestros seres queridos, y que la paz es ese estado del que se goza gracias a que podemos defenderla incluso con el sufrimiento de una guerra. No es cierto que para sentir placer haya que sufrir, de la misma manera que para ver no necesitamos oír, pero sí es cierto que el que ha visto en algún momento determinado de su vida lo peor del Hombre, sabe reconocer mejor y con mayor hondura estética la belleza que encierra una lágrima, un beso o una larga y recompensada espera. No somos animales, sino poetas, porque vivimos por encima del umbral de los instintos y percibimos en la búsqueda de nuestros ideales (aprendidos, heredados o creados) el camino de nuestra auténtica felicidad, una felicidad que muchos residencian en la idea de Dios, idea ésta que posee una carga poética insoslayable que es ignorada por ateos y agnósticos debido a una obcecación soportada por unos inseguros cimientos racionales ante la evidente falta de pruebas —empíricas o científicas, naturalmente—; sin duda un juez fallaría a favor del agnóstico dada la evidente falta de pruebas a favor y en contra de la existencia de Dios, pero la existencia no es un juicio; en este sentido, Kafka era demasiado lógico y escaso poeta como para sentir felizmente la idea de Dios, al cual veía, como en El proceso, como un Juez despótico escondido en la sombra. La vida no es un juicio, sino una oportunidad regalada a la que hay que abrazar incluso mediante el uso de la fuerza; en este aspecto, Homero fue lo suficientemente grande como poeta como para hacer de la guerra honrosa lo mismo que hizo Shakespeare con el drama: el ideal por el cual los seres humanos medirían durante siglos sus respectivas vidas. La poesía es el éter, lo invisible cosmológico, mediante el cual medimos y comprendemos el tiempo, término éste fruto de una gran invención poética asimismo.

El método Shandy creado por el genial Lawrence Sterne consiste en intentar narrar nuestra propia vida para acabar desarrollando nuestra narración sobre substanciosas cuestiones incidentales ensambladas dentro de grandes digresiones e interpolaciones más que pasajeras. Este ensayo es una gran digresión, una gran interpolación dentro del tronco principal que sería narrar mi propia vida, con la salvedad de que en mi vida reina una regalada paz y no tengo carencias como las que nacen en una guerra. Yo comparto la visión de Sterne (abanderada por Nabokov) de que es más importante una bella digresión que el tema central que lo engendra, porque el placer de la literatura consiste en abrazar los detalles de la vida, y el placer de narrar mi propia vida consiste en intentar comprender la cuestión de la guerra entre israelíes y árabes —una gran interpolación interminable nada pasajera.

 

El Universo como jardín de recreo

Considerando que la estética es aquella parte de la filosofía que estudia la belleza y sabiendo que nada hay más bello en esta vida como conseguir ser feliz y serlo, bella sería aquella cosa cuya sola visión nos conmoviese y nos hiciese sentir placer y felicidad, ser alegría en movimiento; por eso mismo nada sea más bello que observar una sonrisa o sentir una risa en los demás que acabamos compartiendo. Así, si el humor nace gracias al ingenio y el ingenio a la inteligencia, podemos concluir que el hombre más sabio e inteligente es aquel que sabe reírse de sí mismo y lo expresa sonriendo. El universo, por poco que se mire en las noches de profunda claridad serena, es una gran fiesta de pirotecnia en donde todo brilla y palpita refulgiendo como si fuese nuevo y oliésemos los laureles y el vino de la festividad de Apolo Febo; su sola visión atenta nos daría la oportunidad de sentir de cerca la estela de la felicidad, al menos como la sintió Lorca en su interior cuando declaraba en un poema de juventud que

“Hoy he sentido en el corazón
Como un vago temblor de estrellas”

Observar el firmamento es nutrirse de su inmensidad, imbuirse de su líquida fluidez y nadar en la profundidad de su lúdico movimiento; sería una gran verdad decir que las estrellas nos enseñan la gran lección del universo, la lección universal —que somos pequeños. “Todo es vanidad de vanidades”, es otra forma de decir “Cuando estéis tristes, mirad al cielo”. El universo se conforma así como un lugar en donde buscar consuelo —en un auténtico jardín de recreo. Ése es el papel de la religión cristiana: acercar el universo a la tierra, bajar a la divinidad a nuestro encuentro, celebrar y festejar con lágrimas en los ojos que Dios está vivo y está cerca y detrás de todo lo que vemos.

Puede ser que existan en el mundo monstruos horribles parecidos a los peores demonios de los infiernos que digan que hay que ser serios y respetables, que los niños deben guardar silencio y no leer cuentos ni ver películas porque los cuentos cuentan mentiras sobre la vida y las películas enturbian la mente con héroes irreales demasiado idealizados o buenos. A esos monstruos (suelen ser agnósticos o darwinistas) que coartan la imaginación de la inocencia, a esos demonios soberbios y presuntuosos que consideran el trabajo como lo único digno de atención en la vida y lo único serio, habría que encarcelarlos y aislarlos con el fin de que no intoxicaran la vida del resto; a esos horribles entes amantes de la seriedad y las buenas formas habría que gritarles a la cara que lo más serio en la vida es una cómica sonrisa; en serio, la risa es lo más serio en la vida porque no hay nada más serio que querer ser feliz y serlo, ni más importante que dar poca importancia a las cosas, su importancia justa.

De la misma forma en que dormir bien no es dormir más sino descansar mejor, así vivir mejor no consiste en vivir más sino en vivir más intensamente; sin duda volver los ojos a la infancia sólo requiere que sepamos preservar la inocencia del peligroso tedio y sigamos siendo capaces de leer a Dickens riendo. La belleza consiste en el placer que nos produce la cosa bella cuando la vemos y ése es el placer de lo bello contenido en algunas religiones que no vienen a repetir o explicar el mundo como hace la ciencia, sino para venerarlo y celebrarlo, para amarlo y aprender a seguir teniendo los ojos abiertos. No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor vidente que el que ve mal lo evidente —estamos rodeados de magia, de belleza en movimiento, de un inmenso universo como jardín de recreo.