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La despedida de Bárbara
Relato compacto de la salida de Cuba de una “marielita” hace un cuarto de siglo

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Antes, una cita de Espejo de paciencia (1609), poema épico sobre el rescate del obispo Juan de las Casas Altamirano de manos del pirata francés que lo tenía preso, Gilbert Giron, cuyo apellido dio nombre a la Playa Girón, famosa desde el intento de Bahía de Cochinos.

Los que os quejáis de la fortuna avara
Por cualquiera mediano movimiento;
Los que mostráis en público en la cara
Lo mucho que sentís un descontento

Así no es Bárbara. Su cara irradia un contento eufórico. Alta, tremenda, con el pelo bien cortado y pintado, de pantalones negros, blusa blanca y una chaqueta a juego, parada ante nosotros. Sus alumnos la miran y yo, su colega, también, mientras espero que comience su prometido “cuento sobre cómo salí con los balseros del puerto de Mariel en 1982”.Nunca se queja de nada. Todo lo contrario. No han pasado ni seis meses de que le sacaran un tumor canceroso del cerebro y ni una vez se ha quejado que yo recuerde. Por decisión propia volvió a sus tres clases de español, mes y medio después de la operación. Y a su puesto de directora. Y a llevarse al semestre de verano en Madrid a 35 estudiantes. Aquí está.

Cuando la vuelva a ver ya habrá leído este escrito que le envío por correo electrónico.

“Ya saben cómo son de diferentes las cosas aquí en Estados Unidos de las de nuestros países”. Me pregunto si los estudiantes lo saben. Se les ha dado la consabida explicación sobre Cuba, Castro y los Marielitos. Pero ninguna explicación sobra cuando los estudiantes son estadounidenses, aunque latinoamericanos de origen o de nacimiento. En este país la poca geografía que aprendemos es a bombazos, invasiones, y cuando llovemos misiles. Perennes caen nuestras lluvias sobre algún infeliz punto de la geografía que nos incomoda, como Irak o Afganistán o Vietnam, un -tan, o -an. Sólo así aprendemos. Los estudiantes. Lo que saben de Cuba es que es una isla, cerca de la Florida, y que allí hablan como Scarface y Ricky Ricardo y Gloria Estefan, y que tiene un dictador comunista y con barbas, barbudo como los terroristas iraquíes que no se dejan liberar por nosotros, que somos los buscadores de Armas de Destrucción Masiva. Es una isla caribeña como Jamaica, de donde viene el reggae y la ganja, y como Puerto Rico, de donde vienen los beisboleros, mujeres culonas como Jennifer “J-Lo” López y “la vida loca” de Ricky Martin. A Bárbara la miran con mediana curiosidad. Es demasiado rubia. Too happy.

Estaba el buen Obispo tan cansado
Que dar no puede pasos adelante;
Y viendo en el camino puesta á un lado
La cruz con que Jesus salió triunfante,
Al pié de ella se puso arrodillado,
Y con contrito corazon constante,
Mientras que le dejó la gente fiera,
A hablarle comenzó de esta manera.

“Fidel no dejaba que ningún cubano se acercara a las embajadas porque podían pedir asilo. Así que las tenía rodeadas de guardias con ametralladoras. Pero, como les dije, la del Perú se llenó de gente y fueron llegando docenas y luego cientos y luego miles y llenaron la embajada y comenzaron a aposentarse...”. ¿Qué significa esa palabra, aposenké?, pregunta la bonita del grupo. “Es como posarse sobre algo, como las palomas se posan en los aleros de los tejados, antes de emprender el vuelo”. Pero “posarse” es, para estos estudiantes mexicoamericanos, algo que suena a “posadas” y Las Posadas es una tradición navideña que se celebra en México. María y San José van de posada en posada buscando un lugar donde ella pueda dar a luz. Una voz se dirige a la bonita: “Yo soy José y tú la Virgen, mamacita”. Se forma un relajo. Estamos a 15 de diciembre. Bárbara tarda un minuto en calmarlos.

Que dar no puede pasos adelante...

“Se fueron aposentando en el techo, que casi lo hunden. Y las cámarasde televisión de todo el mundo filmándolos y se formó un escándalo internacional que tomó desprevenido a Fidel, él, que lo anticipa todo, y, en un momento de rabia decidió dejarlos ir. Luego, como Fidel cambia de opinión de un día a otro, según le entra la ventolera, decidió dejar salir a cuanto cubano estuviera siendo reclamado por sus familiares en el exterior, claimed by his family, you know what I mean? Ni qué decir que mil barcos partieron de Florida, o cientos al menos”. Gaviotas, uves blancas, en pos del pescadito. “A los que les llegaba permiso de partir tenían que tener máximo cuidado porque si se enteraba algún vecino te hacían ‘acto de repudio’, organizado por el encargado de vigilar el vecindario, que cada cuantas casas había uno. Venían a pegarte, a apedrearte y pintarrajearte la casa y a echarle basura adentro, le cortaban el agua y la electricidad, te cercaban, te insultaban y hasta los niños le jalaban el pelo a tus niños. Yo tuve que mandar a mis dos hijas, de ocho y nueve años, al acto de repudio contra una vecina, porque si no lo hacía nos fichaban. Cuando vi cómo le estaban jalando el pelo a la pobre vieja, mi comadre, me asomé por la ventana y les grité: ‘vuélvanse niñas, suban’ ”. La estudiante anglo que está sentada al lado mío, una mujer canosa, de ojos claros rodeados de líneas de humor y de saber, me comenta: “Mejor es jalada de pelo que los miles de toneladas de bombas y napalm que les echamos a los del Vietnam, más bombas que cayeron en toda la Segunda Guerra Mundial echamos sobre un paisito del tamaño del estado de Nuevo México, y eso y-que-por-contener a la China comunista, y ahora es nuestro principal socio comercial, nuestro principal acreedor y casi nuestro aliado”. Conozco a esta estudiante desde que estuve sustituyendo a Bárbara en sus clases durante el post-operatorio, pero no puedo hacerle comentario porque Bárbara de pronto mira hacia nuestro lado. Me viene a la mente la imagen de Bush y, a su espalda, el enorme retrato de Ho Chi Min que le pusieron en la sala de banquetes, en el tour que hace unos días hizo al Vietnam. Asiento callada. Miro hacia el frente. Hay una mujer alta y rubia parada frente a nosotras. Sus manos revolotean. Vuelta a Cuba.

Embravecióse el mar en aquel punto
Como sentido de la humana afrenta,
Y con el viento hizo contrapunto,
Tan triste como suele en gran tormenta.
Todos mostraron la color difunta;
Que el miedo de morir y dar la cuenta
Hace mudar al hombre los intentos,
Y mejora la vida y pensamientos.

“Fidel dijo que iba a dejar salir en barco a todos los que tuvieran prontuario policial, police record. Soltó a todos los criminales de las cárceles”. (¿Y a los sidosos del sanatorio Los Cocos?, pero Bárbara no dice nada a respecto). “En Cuba casi no hay criminales. No los encuentras por las calles, como aquí a los pandilleros. Así que para encontrar criminales, Fidel tuvo que vaciar las cárceles. ¡Vieran qué gente! Gente que yo nunca había visto así. Algunos hasta con tatuajes adentro de los labios. En Cuba nadie lleva tatuajes. Tatuarse es de lo más bajo. Sólo la gente de los más bajo, los criminales, llevan tatuajes y aun ellos se los ponen en las partes escondidas del cuerpo”. Miro a mi alrededor. Pues aquí algunos estudiantes están tatuados. Ellas suele ser con una coqueta serpientica bajo el ombligo, en la línea de vello del pubis, o en la ingle, o donde la espalda pierde su casto nombre y comienza la raja del llamado culo; o con un corazoncito en el hombro, o con una diosa en el brazo. Ellos tatuados con algo “macho”, como una mujer bien chichona y encuerada, con sus chichotas paradotas y el pelo largo, montada sobre un toro o en una moto grandota, o con una Virgencita de Guadalupe mirando al suelo, modestica madrecita morenita indita. “Total que mi esposo Andrés tuvo que decir que era criminal para que nos dejaran salir. Tuvo que inventarse que había vendido en el mercado negro, él, que no era sino supervisor de la red ferroviaria. Lo aceptaron sin hacer muchas preguntas porque mi hermano tenía alto cargo en el Partido Comunista. Pero se le quedaron mirando a mi suegra y Andrés tuvo que salirles al paso: “Y mi mamá también. Mi madre alquilaba un cuarto a las parejas que querían tener amores, así que ella también es criminal. ¿Y no es que rentaste el cuarto más de una vez a una jinetera, mamá?”. “Pues ustedes dos pueden salir, pero su esposa y sus hijas no, porque ellas no han declarado actos delictivos”. Eso fue lo que le dijeron a Andrés.

“¡Mi suegra nada menos que de celestina!”. Bárbara suelta una carcajada llorosa. “¿Qué es ‘celestina’?”, pregunta la bonita del grupo, una belleza tapatía de melena negra, piel blanca y ojazos melados. “La sonsacadora, la que presta el cuarto al sancho”, dice José y todos ríen.

Para evitar el acto de repudio, Bárbara se fue con sus niñas a casa de una tía en Santa Clara donde nadie las conocía. El esposo de Bárbara, Andrés, se quedó en La Habana con su madre enferma de diabetes, que parecíair perdiendo la razón. Hablaba la vieja señora de que su casa estaba siempre limpia, no como las de sus vecinos. Repetía a las paredes que sus muebles eran de buen gusto, porque ella siempre se las había arreglado para encontrar revistas americanas de decoración. Que ella había sido la que forró los muebles, sola. Que era la tela del color de moda. Que había sido ella la que compró los muebles y, después de la Revolución, la que encontró en el mercado negro las revistas, la que, 20 años después de la Revolución, la que encontró en el mercado negro, sola, las telas para volver a forrar los muebles. Que su casa siempre estaba inmaculada, con cortinas, sin polvo, sola, callada, las sábanas limpias porque las lavaba a mano, todas, una vez por semana, sin o con jabón. Que plantó árboles para darles fruta a sus hijos, guayabas, vitaminas, complementos de la dieta.

Le ofrecen frutas con graciosos ritos,
Guanábanas, gegiras y caimitos.

Escondida, mirando por la ventana, Bárbara vio llegar a Andrés. Solito, bajando por la calle, las manos en los bolsillos, mirando hacia el frente y no hacia la casa. Ella salió al tiro, casi sin cerrarse la bata sobre el pechazo; su marido se puso el índice en los labios sellados y la agarró del brazo llevándosela a la casa. “Agarra a las niñas y pon el par de cosas necesarias en una sola bolsa y en 10 minutos estás a la puerta con ellas porque nos vamos ahora mismo a La Habana. Nos dieron permiso de salir a todos de Cuba, gracias a tu hermano, y tengo un taxi esperando a la vuelta de la esquina. Agarra todo el dinero; le tenemos que dar los 400 dólares para que nos lleve. Mamá está en el taxi esperándonos. ¡En 10 minutos!”.

Bárbara les dijo a las niñas que hicieran pipí. Acababan de desayunar. Tomó un bolsón y metió un cambio de pantaletas para las tres, un botellón de plástico lleno de agua, cepillos de dientes, un peine, una fruta y el dinero. “¡Ah!, y metí un paraguas, un paraguas grandote, que no sé por qué lo tomé pero que nos vino de lo mejor, luego, en la travesía, para protegernos del sol y ahí, debajo del paraguas, cabíamos todos. Los cinco andábamos debajo del paraguotas, todos pegados unos a otros, como si fuéramos en peregrinación”.

Por cualquiera mediano movimiento;
Los que mostráis en público en la cara...

“Llegamos a La Habana en poco más de cuatro horas. Lo mas difícil fue mantener calladas a las niñas, que no dijeran nada de adónde íbamos. Porque en el taxi iban también otros dos pasajeros que nos eran desconocidos. Todos amontonados. Yo con el bolsón a mis pies y una niña arriba de mis piernas. La otra, la grandota, sentada sobre Andrés, que es bajito. Gracias a Dios mi suegra no habló. Iba como ida”. “Déjenos aquí por favor en la parada, que tenemos que tomar una guagua a otra ciudad”: eso le dijeron al taxista sin darle mayor explicación (“guagua”, aunque la palabra que Bárbara y Andrés usaban era “autobús”). Y se bajaron, pero no demasiado cerca del estadio. Adentro del estadio estaba concentrada la gente que se disponía a salir de Cuba, del puerto de Mariel, y que esperaba su barco y a ver si de verdad le daban permiso de salir. No fueron directo al estadio los cinco. Se metieron en una iglesia, aunque no la de ellos, a esperar que oscureciera. “Oremos a Dios que nos ayude a escapar”, dijeron los dos, cristianos evangélicos, y la suegra dijo por su parte una oración a la Virgen de la Caridad del Cobre. Llegó el crepúsculo. Andrés trajo un poco de comida. El sacerdote les dejó usar el baño y no les hizo preguntas. Dejaron que oscureciera del todo y comenzaron a caminar las ocho cuadras que los separaban del estadio.

Por cualquiera mediano movimiento;
Los que mostráis en público en la cara...

Pero al llegar vieron que estaba todo rodeado de guardias con metralleta, alambre de púas, camionetas y camiones militares. Afuera, una fila inmensa de gente recibiendo insultos a gritos desde lejos de los que se quedaban. Bárbara miró a su marido, miró a las niñas y a la suegra que ya no podía más. Andrés decidió entrar por atrás, donde había un campo baldío, con el monte crecido. De noche. Caminaron hacia el estadio a través de la maleza. Andrés fue primero. Bárbara se le quedó atrás con una niña en cada brazo, el bolsón colgado al cuello y la suegra a la espalda. “Wonderwoman”. Andrés dijo “síganme”. Andrés avanzó.

Sin que perdiese punto en su defensa,
Hizóse afuera y le apuntó derecho...

Se adentraron por entre las matas que les llegaban hasta las rodillas, cargando a las niñas y Bárbara sin soltar el bolsón que se colgó del cuello. La suegra iba agarrada de Andrés y le temblaban las flacas piernas. Se estaba orinando. Lentos los veinte o treinta pasos que dieron hasta que el ruido que hacen las armas semiautomáticas al recargarse les clavó los pies al suelo y les alzó las manos. “Deténganse. Los estamos apuntando”. Bárbara se echó al suelo sobre su hija menor y pensó “que me den a mí y no a ella”. Andrés alzó un papel en la mano y dijo en voz alta: “¡No disparen! Tenemos el permiso de salir”.

Los rodeaban unos ocho hombres armados; quizá no tantos. Los reflectores no les dejaron ver al miliciano que le quitó el papel, lo rompió en pedazos y les gritó: “Síganme”. Sin rechistar le siguieron hasta el estadio. Y allí.

Vinieron de los pastos las napeas
Y al hombro trae cada una un pisitaco

Había miles de gentes. Una gran tienda y bajo ella había soldados, miles de personas, casi ninguna letrina, como pronto descubrieron. No hubo comida esa noche. No sabían dónde echarse a dormir. Abuelos y niños, parejas que se miraban sin agarrarse de las manos, familias. Hombres tatuados. Sus mujeres pestilentes a entrepierna, chancletudas, desdentadas. Un muchacho pálido, flaquísimo, de nalgas planas casi inexistentes, tatuado en el bajo vientre, mira a una mujer implacablemente sola, esté donde esté parada, con sus nalgotas colgando y sus pantalones blancos apretados, sus tacones blancos, aretes rojos, labios rojos y pelo pintado. La mulata jineteaba donde él, cerca del puerto. Hasta que los agarraron. Ahora son como San José y la Virgen que están buscando posada. No saben dónde echarse a dormir. Tampoco Andrés y Bárbara. Escogen un poste y allí tienden el “puesto” alrededor, porque Bárbara ha oído que los militares entran a la tienda de noche para buscar a los criminales que se escapan de “la otra tienda” (la de los criminales) porque no se quieren ir de Cuba porque tienen miedo de cómo se trata a los negros en Estados Unidos y que los van a repatriar. Los militares entran a la tienda de noche, es lo que ella ha oído, y pasan por encima de la gente, corriendo, pisando, armas cargadas en mano. Pero aun en la noche se ve un poste y por eso es un sitio seguro. Para dormir sin que te pisen.

Vinieron de los pastos las napeas
Y al hombro trae cada una un pisitaco
Y entre cada tres de ellas dos bateas
De flores olorosas de navaco

Al día siguiente por la tarde recibieron su primer alimento: cada uno una latica de arroz, revuelto con un huevo hediondo. Se la comieron. Bárbara guardó una lata extra que le dio un viejito enfermo. Al otro día los mudan para otra tienda, otro campamento más cerca del puerto de Mariel. Y les dan yogurt. Sin azúcar ni nada, pero “¡qué divino!”. Y otra latica de arroz con huevo. A la suegra le da un mareo y van a la enfermería. Todo lo que tiene la enfermera es caramelos de limón para la tos. Les hace entrega de un paquetico. Bárbara le da un par de caramelos a su suegra y se guarda el resto para el viaje. Salen afuera al sol a hacer pipí, ella, la suegra y las niñas, todas bajo el paraguas. Andrés sale afuera con su cuñado y se fuma su último cigarro cubano, encaletado. Al otro día volverán a darles yogurt.

De los prados que acercan las aldeas.
Vienen cargadas de mehí y tabaco,
Mameyes, piñas, tunas y aguacates
Plátanos y mamones y tomates.

Andrés ha averiguado de quién hay que hacerse amigo para pasar a la lista de los próximos que pasarán a la tienda final, la del último campamento, ya pegado al puerto. “Es que Andrés es muy listo”. Ofreciéndole una bicicleta a un conocido del Partido, porque el carro no se lo puede ofrecer —ya se lo han quitado— entra Andrés en la próxima lista con su familia. “Más vale que sea pronto porque mamá, mírala hermano, se pone a hacer pipí en el suelo y se quita la ropa a cada rato, y se agacha sin bloomers a orinar delante de todos”. “Así es viejo, se ponen así, se les va la cabeza”. Otro yogurcito, otra latica y oyen sus nombres.

Un miliciano armado les pide sus documentos de identificación. Rompe en pedazos cada una de las tarjeticas. Por el suelo se les ha quedado su identidad cubana. “Ya no éramos nadie”. (Nos pararon en fila como a los judíos, dice, y se mira el brazo. No tiene tatuajes Bárbara. Libre su brazo también de brazaletes.) “Ya éramos nada; no existíamos”.

Parados en fila, Bárbara oyó gemidos detrás de una cortina. Salían voces delicadas. Se fue acercando. Sonaba como cuando los novios aprovechan un momentico solos y se ponen a hacer el amor en la casa de los padres de ella, en el sofá, en cualquier parte, mordiéndose los labios y rasguñándose las espaldas. (Los estudiantes ya no se ríen; están quietos, atentos). Bárbara descorrió un poco la cortina y vio a una mujer tendida boca arriba, con las piernas inmensamente separadas y la vagina expuesta, como una rosa herida entre una oscura mata. Le está metiendo los dedos enormes una negra uniformada. Lo hace para chequear si se ha escondido algo en la vagina, el anillo de bodas, una moneda, lo que sea.

Andaba entre los nuestros diligente
Un etíope digno de alabanza,
Llamado Salvador, negro valiente,
De los que tiene Yara en su labranza,
Hijo de Golomón, viejo prudente:
El cual, armado de machete y lanza,
Cuando vido a Gilberto andar brioso,
Arremete contra él cual león furioso.
Don Gilberto que vido al etíope,
Se puso luego a punto de batalla,
Y se encontraron; mas quedó del golpe
Desnudo el negro, y el francés con malla.
¡Oh tú, divina musa Caliope,
Permite, y tú bella ninfa Aglaya,
Que pueda dibujar la pluma mía
De este negro el valor y valentía!
Andaba Don Gilberto ya cansado,
Y ofendido de un negro con vergüenza;
Que las más veces vemos que un pecado
Al hombre trae a lo que nunca piensa:
Y viéndole el buen negro desmayado,
Sin que perdiese punto en su defensa,
Hizóse afuera y le apuntó derecho,
Metiéndole la lanza por el pecho.
Mas no la hubo sacado, cuando al punto
El alma se salió por esta herida,
Dejando el cuerpo pálido y difunto,
Pagando las maldades que hizo en vida.
Luego uno de los nuestros que allí junto
Estaba con la mano prevenida,
Le corta la cabeza, y con tal gloria
A voces aclamaron la victoria.
¡Oh, Salvador criollo, negro honrado!
¡Vuele tu fama, y nunca se consuma;
Que en la alabanza de tan buen soldado
Es bien que no se cansen lengua y pluma!
Y no porque te doy este dictado,
Ningún mordaz entienda ni presuma
Que es afición que tengo en lo que escribo
A un negro esclavo, y sin razón cautivo.
Y tú, claro Bayamo peregrino,
Ostenta ese blasón que te engrandece;
Y a este etíope, de memoria dino,
Dale la libertad pues la merece.
De las arenas de tu río divino
El pálido metal que te enriquece
Saca, y ahorra antes que el vulgo hable,
A Salvador el negro memorable.

“No se quede mirando que usted es la próxima, con las hembras de su familia, y váyase quitando los bloomers”. Bárbara vuelve con sus niñas, las pone detrás de su corpachón y le dice. “Aquí estoy, haz conmigo lo que quieras, estoy preparada”. Pero no se tiene que bajar las pantaletas porque la dejan ir sin examen vaginal, y a sus hijas, y a su suegra lo mismo. “¡Bendita seas de Dios negra bella, Dios te bendiga, negra que me libera, negra que me libra y a mis niñas, la Virgen te ampare!”. Unos segundos y Andrés también sale de atrás de la cortina, en la fila de los hombres, con una sonrisa triunfante. No le han hurgado el ano.

El pálido metal que te enriquece
Saca, y ahorra antes que el vulgo hable,
A Salvador el negro memorable
.

Todos bajo el paraguas a pleno sol en el barco camaronero. Andrés saltó adentro, de los primeros, para agarrar un puestico junto al motor. A media hora quedó Cuba. Cuba es una fila de espuma donde no se aposentan las gaviotas. Al crucero norteamericano que acecha entre las olas lo han dejado pasar sin montarse en él. Saben que no los va a llevar a Florida sino a Georgia, a un campamento de concentración de marielitos. Y además tienen miedo de los marines por si son como los del Vietnam que salen todo el tiempo en la televisión.

Ya han tenido bastante de campamento y de militares.

“Déjalos pasar papi. Ya en cuatro horas estamos en Florida, deja que los otros se vayan con los marines, nosotros no, estamos casi a salvo”. “Mamaíta, pero y si hay tormenta...”. “No la va a haber, Andrés, no más, nunca más”.

Como suele después de la tormenta
Venir con alegría la bonanza,
Y la gente de triste y descontenta
Volver su desconsuelo en confianza;
Así pues para todos nuestra afrenta,
Que se volvió en contento y esperanza
Viéndoos en libertad...

Al poco tiempo llegarán a tierra. A la Florida mítica, fuente de la eterna juventud.

 

Adiós a Cuba, adiós. Allá queda atrás el Paraíso con su serpiente y su árbol de la vida y de la ciencia del bien y el mal, de la verdad mordisqueada apenitas. Los ojos húmedos de un mar eterno, la sonrisa luminosa, se despide de esa isla Bárbara y nosotros nos quedamos aquí.

¡Es bien que no se cansen lengua y pluma!
Y no porque te doy este dictado,
Ningún mordaz entienda ni presuma
Que es afición que tengo en lo que escribo.