Artículos y reportajes
Por las montañas azules de Jamaica

Montañas Azules de Jamaica

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La ciudad de Port Antonio, ubicada en la costa Norte de la isla de Jamaica, fue fundada por un gobernador español, que bautizó a sus dos bahías colindantes con los nombres de sus hijos, Antonio y Francisco. Para llegar allí desde la capital, Kingston, se debe atravesar la isla de sur a norte, circulando por una angosta, sinuosa, mal señalizada y sumamente peligrosa carretera de montaña. Esta dificultad ha contenido el progreso turístico de Port Antonio, a diferencia de Montego Bay, que posee su propio aeropuerto internacional. La carretera pasa por Stony Hill, pequeña población situada casi en el centro del país, toca la costa norte en Annotto Bay, luego tuerce en dirección este, bordea Hope Bay y finalmente llega a Port Antonio.

Este hermoso puerto posee una muy interesante historia que se remonta a la época de los piratas. En tiempos más recientes también fue refugio predilecto de personajes tales como el actor Erroll Flynn (que compró allí una hacienda y una isla) y el millonario Garfield Weston (propietario de la tienda Fortnum & Mason de Londres). Incluso la vecina cala de Frenchman’s Cove fue escenario de la película Cocktail, con Tom Cruise como su estrella principal. En las aguas de intenso color turquesa de la cercana Blue Lagoon (Laguna Azul) se filmó la película del mismo nombre, con la actriz Brooke Shields. Y un poco más adelante se filmó La Isla del Tesoro.

A pesar de su aspecto algo somnoliento, la fama a Port Antonio le viene de antaño. Allí se instaló en 1871 el capitán norteamericano Lorenzo Dow Baker, el cual procedió a comprar grandes extensiones de tierra de cultivo. Su primer cargamento de cocos y bananas fue vendido en el puerto de Boston, en los EEUU, obteniendo una cuantiosa suma por ello, y este hecho dio comienzo a la época de oro de Port Antonio, comercialmente hablando. Alentado por el éxito en la venta de los productos de sus plantaciones bananeras, sus cafetales y la caña de azúcar, Dow Baker fundó la Boston Fruit Company, que luego de varias fusiones pasó a conocerse como la United Fruit Company, de triste recuerdo para muchos países latinoamericanos y del Caribe.

Recorriendo la costa e internándose en los valles y la selva montañosa, colorida por su abundancia de flores y plantas tropicales, sus aves y mariposas, sus buganvillas salvajes y frondosos helechos, regados por frecuentes chaparrones, se puede disfrutar de cascadas tales como la de Scatter o la caída de agua de Somerset, sobre el río Daniels; y vivir la excitante aventura de bajar una docena de kilómetros sobre una balsa de bambú por el río Grande, hasta llegar a su desembocadura en el mar Caribe.

Todos estos atractivos ecoturísticos son impresionantes, pero a mí me interesaba conocer la región donde habitan los Maroons, ese grupohumano tan diferente de la norma en Jamaica, gente que a través de los siglos se ha mimetizado con las espectaculares Montañas Azules. Y hacia allí nos dirigimos con mi compañero de viaje para esta ocasión, Dudley “Tal” Stokes, más conocido por ser el personaje principal en el cual se basó la película Cool Runnings (Jamaica sobre cero) y que ahora está asociado con la agencia de promoción comercial de la isla.

Subiendo por una carretera de tierra y pedregullo, que no está en muy buen estado, trepando de norte a sur las laderas de las famosas montañas, cuna del exclusivo café que lleva esa denominación que le distingue, se llega al pequeño poblado de Moore Town. Nombre pomposo para unos míseros ranchos de madera, lata y paja, situado a las orillas del río Grande. Hogar de los famosos Maroons, nombre que lleva con orgullo esta agrupación de ex esclavos que habitan desde hace cuatro siglos la cordillera. El nombre de Maroon viene del español y es una deformación de la palabra cimarrón (por el animal doméstico que se escapa y se vuelve silvestre). Estos ex esclavos sobrevivieron gracias a su picardía, tenacidad, eximio conocimiento del terreno y su maestría en el arte de la guerra de guerrillas, de la caza y del camuflaje.

Cuenta la leyenda que en 1655, cuando la corona española debió abandonar la isla de Jamaica ante el empuje de las fuerzas inglesas, al emprender la retirada, fueron liberando esclavos que pronto huyeron en busca de la seguridad que les ofrecían las agrestes Montañas Azules, cadena de escarpados picos cubiertos de niebla y frondosa vegetación. Allí encontraron refugio y se establecieron, viviendo en total libertad. Cuando los británicos fueron en busca de ellos, éstos demostraron poseer una increíble astucia e incalculable valor, organizándose en grupos guerrilleros que hostigaban y atacaban a los ingleses, infringiéndoles numerosas bajas y sorprendiéndoles con sus atrevidas tácticas. Tanto fue así que los soldados de Su Majestad tuvieron que aprender a recorrer los peligrosos senderos montañosos, montados de a dos en sus caballos, con un soldado mirando hacia delante y el otro hacia atrás, espalda con espalda, para defenderse de los ataques sorpresa de los fieros Maroons. Tan grande fue el esfuerzo material y humano para la corona británica, que ésta finalmente decidió concederles la libertad, a pesar de que mantenían al resto de la población negra de la isla bajo el cruel e infame sistema de esclavitud. Una excepción que se ganaron los Maroons en base a coraje e indudable destreza guerrera.

Lamentablemente, esa temprana libertad, conseguida a sangre y fuego, no concedió a los Maroons una prosperidad acorde a sus deseos y expectativas. Más bien quedaron aislados y anclados en su pasado. Cuando ahora se les visita, impresiona su pobreza, su precariedad existencial y la evidente falta de oportunidades que tienen los habitantes de estas tierras para salir de su ostracismo montañés. Los demás ciudadanos de la isla les respetan y hablan de los Maroons con admiración pero no se mezclan ni asocian con ellos. Son dos pueblos separados por su pasado, con historias y tradiciones diferentes. Uno lucha por desarrollarse y prosperar en el mundo moderno, el otro no sabe muy bien cuál debe ser su papel en la Jamaica independiente.

El pueblo Maroon intenta aprovechar el auge del turismo que llega a la isla pero realmente tiene muy poco con qué competir. Los villorrios de Scott’s Hall y Charles Town ofrecen intricados senderos selváticos para caminantes, bordeando barrancos, acantilados y pedregosos riachuelos de montaña, unas míseras casuchas donde hospedarse y rincones repletos de historias de guerra y victorias heroicas, que lamentablemente son desconocidas por la mayoría de los turistas. Otro lugar que vale la pena visitar es Seaman’s Valley, donde el capitán Quao de los Maroons emboscó y mató a 200 marinos ingleses procedentes de un buque de guerra anclado en la bahía.

Por estos motivos, sus pobladores construyeron un pequeño museo con algunas escasas reliquias de su feroz lucha por la libertad. Allí, estos seres humanos simpáticos y hospitalarios, se desviven por explicar con lujo de detalles todas las leyendas que se tejen alrededor de sus jefes más gloriosos: Kojo (se pronuncia Cudjoe), la reina Nanny y el capitán Quao. Y en toscos paneles, despliegan dibujos caseros de los combates y breves explicaciones de las tácticas y las armas utilizadas. Por todo ello, resulta imposible no compartir el entusiasmo que despliega esta gente amable y afectuosa con los escasos visitantes que llegan hasta aquel primitivo y recóndito museo.

Precisamente estaba oyendo con atención la explicación que ofrecía mi guía, una señora cincuentona de tez negra retinta, muy sonriente y mofletuda, que lucía una falda de múltiples colores, haciendo juego con su blusa, sus collares y su pañuelo anudado en la cabeza, cuando de repente observo la reproducción de un documento fechado en 1739, en el cual se otorgaba la libertad a los habitantes de estas montañas. Fijo mi vista, veo la firma del coronel encargado de concretar el tratado de paz y pego un respingo. Luego le señalo con mi dedo índice aquel nombre que me causara tanta sorpresa y mi guía estalla en una sonora risotada, procediendo inmediatamente a convocar a los demás Maroons presentes en aquella sala. Lo que allí vieron les causó enorme gracia. El documento de paz estaba firmado por el coronel Robert Bennett, o sea mi mismo nombre y apellido. Aquella coincidencia causó risas y aplausos entre mis anfitriones, que inmediatamente comenzaron a elucidar si esto no era algo marcado por el destino, e ipso facto fui invitado a conocer al Coronel o jefe de esa población. Título honorífico y que no implica haber cursado una carrera militar. Este hombre anciano, de extrema delgadez, humilde pero de una dignidad y serenidad impactante, intercambió conmigo unas cordiales palabras de bienvenida e inmediatamente me invitó a compartir su cena. A comer con ellos de sus mismas ollas los ingredientes indescifrables que componen su dieta habitual y beber su licor de frutas del monte, un brebaje exquisito pero muy potente por su elevada graduación alcohólica. Era este un homenaje auténtico a quien ellos veían como un descendiente directo del coronel que les había concedido la libertad. Hecho, en mi opinión, muy dudoso y de difícil comprobación, ya que mi antepasado directo fue un emigrante inglés llegado desde el condado de Hereford al Uruguay en 1863.

Esta generosidad, proveniente de gente que vive en la más absoluta pobreza, me emocionó y, para retribuirles en parte, después de la cena y mientras disfrutábamos con el tronar de los tambores y las danzas tradicionales de estos orgullosos herederos de ancestrales guerreros africanos, intenté ayudarles a mejorar su oferta de artesanías, brindando algunas ideas para embellecer sus productos. Básicamente, los Maroons fabrican rústicas canastas de mimbre, muñequitas de fibra o semillas, recipientes de calabazas, tambores tradicionales de bambú y también procuran vender frutos secos, hierbas del monte, aceites y especies, aprovechando todos los productos naturales de la exuberante vegetación tropical que les rodea.

Más tarde, entre trago y trago de licor, el Coronel me contó algo de la apasionante historia de su pueblo indómito. Me habló del sonido del abeng (antiguo instrumento de viento fabricado de un cuerno de vaca), que permitía transmitir las noticias entre los poblados, adelantando los detalles de cualquier tropa invasora, su armamento o la dirección en que avanzaba. Y a la vez, su sonido causaba auténtico pavor entre la soldadesca británica, temerosa de las sangrientas emboscadas a las cuales les sometían los indómitos Maroons. El viejo Coronel era un maestro narrando historias, porque según dijo, sólo les queda la palabra como último recurso íntimo, esa tradición oral que actúa como vínculo con el pasado glorioso, como una conjunción mágica de los sueños y las realidades.

Él me explicó que la llegada de los colonos blancos para poblar estas fértiles tierras y establecer allí sus plantaciones de caña de azúcar, bananos y cafetales, fue obligando a los Maroons a replegarse más y más hacia las alturas, donde fundaron pueblos en los lugares más brumosos, agrestes y aislados de la isla. Tal fue el caso de Nanny Town, bautizada así en honor a su mayor heroína, de quien se decía que poseía poderes mágicos. Dicha población finalmente fue arrasada por las tropas coloniales del Reino Unido en 1734, pero según cuentan los Maroons, aún está habitada por los espíritus de sus muertos en ese ataque. Ellos juran que los fantasmas de sus guerreros, mujeres, ancianos y niños aún pululan por las ruinas.

Nanny fue oficialmente reconocida como primer prócer femenino por el gobierno de Jamaica en el año 1975. Dice la leyenda que la reina Nanny era indomable y que no estaba dispuesta a firmar acuerdos con los ingleses, a diferencia del otro jefe Maroon, de nombre Kojo, mucho más pragmático, aunque igualmente autocrático y que solía imponer entre su gente una disciplina de hierro. A la muerte de Nanny, le sucedió el capitán Quao, otro carismático guerrero pero con una visión más política que su antecesora.

El acuerdo de paz firmado por Kojo en 1739 puso punto final a la guerra, y en el mismo los ingleses les reconocieron a los Maroons el derecho a ser libres y les concedieron la propiedad de 500 acres de tierra y todo el ganado que en ella pastase. A cambio, éstos debían cesar sus ataques y robos de armas, víveres y esclavos en las plantaciones de la región. Además, en dicho tratado se comprometían a defender la isla y al gobierno británico, ante posibles invasiones francesas desde Haití o españolas desde la vecina isla de Cuba.

Los Maroons eran tribales antes que nacionalistas y aún hoy perdura esa diferencia entre sus descendientes. Viven en lo que podría denominarse una reserva, como los indios norteamericanos, y sufren muchos de sus mismos problemas, tales como el consumo excesivo de alcohol, la droga y la falta de oportunidades laborales. También se ven afectados por la mala calidad de su sistema de salud y escasa educación. La mayoría de ellos habita en míseras viviendas, semiocultas en valles secretos, escondidos entre las brumas de las montañas. Para colmo, a menudo son fotografiados por turistas como si fuesen una rareza de la naturaleza. Nadie parece ser consciente de la desolación de este pueblo...

Cuando abandoné la costa norte de la isla y emprendí viaje nuevamente rumbo a Kingston, tomé la firme decisión de contar la historia de esta gente noble y sencilla, que habita tan cerca de los lujosos hoteles, hermosas mansiones y modernos clubes náuticos de Port Antonio y que sin embargo, no puede disfrutar en alguna medida de esa opulencia y bienestar. No encontré rencor ni amargura entre los Maroons, más bien una callada resignación. Por ellos me propuse relatar esta historia, que no se parece en nada a la imagen vibrante y multicolor que tienen los extranjeros que visitan esa tierra luminosa y alegre, orgullosa y turbulenta, que es Jamaica, descubierta por Cristóbal Colón en 1494 y que ha visto nacer al calypso, el reggae y a Bob Marley y sus rastafaris, pero que también clama por un reconocimiento como nación en vías de desarrollo, más allá de los consabidos tópicos folklórico-musicales.