Sala de ensayo
Jorge García UstaEl Libro de las crónicas: una épica desde el orín y el polvo

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Jorge García Usta (Colombia, 1960-2005), nieto de un inmigrante de origen sirio. En su obra poética se cuentan los libros Noticias desde otra orilla (1985), Libro de las crónicas (1989), El reino errante (poemas de la migración y el mundo árabes) (1991), Monteadentro (1992 y 1997), La tribu interior (1995) y Noticias de un animal antiguo (2001). Más información en Arquitrave.

 

Nunca he pretendido que el verano fuese el paraíso,
o que esas vírgenes fueran virginales; en sus bandejas de madera
están los frutos de mi conocimiento, radiante de morbo,
y te ofrecen esto, en sus ojos de almendras marinas maduras,
los pechos de arcilla brillando como lingotes en un horno.
Derek Walcott

El Libro de las crónicas, del escritor del caribe colombiano Jorge García Usta, es un texto que responde a una inusual manera de acercarse a las vivencias de un pueblo, de su forma de pensar y de concebir el mundo, a través de una mirada a esos seres que han dejado huella en el transcurrir del tiempo. Se denota en forma clara el trabajo intelectual para eternizar las circunstancias a partir de los hechos y personajes que forman parte del conocimiento público. El nombre del libro es una diciente invitación a un viaje que se realiza a partir del punto de vista de un hombre que conoce de primera mano acerca de lo que escribe, y en donde la observación y la manera de percibir lo que le rodea son claramente expresadas dándole a las formas ese tinte único que brinda la seguridad de un conocimiento vivencial.

La herencia, el amor, los sentidos homenajes, las influencias literarias, la gloria y la soledad, son algunos de los temas que se integran en el Libro de las crónicas, elementos que se logran unificar en el amplio contexto de la vida. El texto es un llamado a la remembranza, que pasa de ese estatismo en un tiempo ido al dinamismo de un presente que se rehace a sí mismo mediante la convicción de su permanencia. En “Crónica de Claudia Cardinale”, por ejemplo, se hace una semblanza de esta actriz y de su belleza inmortalizada por sus películas. Pero más adelante el poeta asume una nueva posición temporal con respecto a ella, lo que le permite no quedarse en ese tiempo inmortalizado sino avanzar en el recorrido que a partir de allí continúa:

Ahora, cuando el tiempo
exterminó la menta de los milagros,
es ya una señora con su pecho
en uso de buen retiro,
exhibido en una playa de arena exclusiva
donde magnates y otras ruindades
pagan las atenciones del sol italiano

y toma el sol, aislada de tumultos
y periódicos incesantes,
tocada apenas por el salitre selecto que pule sus huesos jubilados
y tres pecas de fábula
que jamás vimos sus adoradores de barrio.

Claramente se detalla el trascender en el poema. Lo importante no es ese momento cumbre de la belleza de la actriz en sus películas, sino ese transcurrir que se da después. Queda, obviamente, el recuerdo, pero es un recuerdo que se viene a confrontar con el presente que la ronda. Esto le da vida al poema porque cumple con su objetivo: retratar la inmanencia propia del ser humano. De igual forma, el hecho de mencionar al barrio acerca a la actriz italiana al mundo primario del autor y de los demás adoradores, que pueden ser sus propios amigos o un anónimo adorador de otras tierras que, en últimas, viene a ser la misma. Este trabajo se asemeja mucho al realizado en “Letanía sobre la gloria o la miseria de Kid Pambelé”, en donde leemos:

En una tierra alimentada por los festines de

olvido
pocos habrán de recordar la noche grande de

negro:
su esbelto coraje remando
por mares blancos y hostiles,
sus proverbios de canícula
para hacernos palenques personales
en esos diez años de gloria o miseria
donde su sudor cayó siempre
como lluvia continental.

Porque siempre estuvo solo.

(...)

Y más adelante:

No era nadie
como todos los negros que se llaman Kid
pelean, tocan bongó, se enamoran y mueren
cuando el destino estatuario
volvió al infierno previsible
y el negro se quedó más solo
entre las interminables compañías de la gloria.

La gloria y la miseria son evocadas en la vida de un hombre que representa un icono nacional. Pero a la vez el poema es un anuncio o advertencia acerca de las paradojas de la vida. García Usta no se queda en el hecho puntual sino que va más allá a través de una mirada en lo posible objetiva a los avatares de la existencia. En el poema se nota su preocupación por los detalles relacionados con la vida del personaje escogido, los cuales son pasados a través del filtro de lo perdurable. La soledad es tomada como un elemento en el que indefectiblemente van a confluir las hazañas de su héroe, convirtiéndose así en eje gravitatorio de una vida que giró alrededor de la fama. Esa soledad es la que inunda este poema y lo convierte en himno y condena a la ilusoria perdurabilidad de la gloria para el ser humano, porque más allá de las páginas de los periódicos o el recuerdo de algunos, la verdadera gloria es la que necesita el alma del hombre cuando está solo, frente a frente, mirándose interiormente en el espejo inefable de su propio juicio.

El poeta no se olvida de las raíces, del pasado que perdura en el presente de la vida y que se manifiesta en la herencia no sólo genética sino cultural de un pueblo. En este sentido podemos acercarnos a la poesía “Primer borrador para un reportaje de la cumbia”, en el cual esta danza adquiere un carácter emblemático de la tradición popular y sus manifestaciones propias:

Cruzó la largura de mar océana
en inmensas galeras castellanas
donde la quejadumbre de los negros
se amontonaba como himno originario.

Lo propio pero a la vez lo asimilado como herencia viva toman aquí su puesto, porque no es únicamente la cumbia acerca de la cual se habla, sino del pensamiento y forma de vida de un pueblo. Esa quejadumbre de los negros trajo consigo una forma de pensar que sirvió como base y semilla a un pueblo que ha crecido con el transcurrir de los siglos y que ha legado una memoria imborrable. La memoria de los siglos es la memoria de cada hombre anidada en el recuerdo consciente o inconsciente de un pasado que no puede negar. Por eso la cumbia, como danza tradicional venida de África, viene a hablarnos de esa cuna lejana que García Usta poetiza y acerca con su tradicional modo de hilar el tiempo con base en la permanencia de lo ancestral.

El carácter autóctono de su poesía consigue traspasar los linderos de esa costa atlántica en la que se formó. Pero a través de su trabajo se puede ver que el lugar de la creación —su alma misma—, ha sido tocado de diversas formas por protagonistas cumbres de tendencias particulares, como lo es el caso de los artistas. Por esta razón algunos de los poemas de su Libro de las crónicas están dirigidos a cantores como Alejo Durán y Joan Manuel Serrat, al poeta Miguel Hernández, a escritores de la talla de Juan Rulfo y Fernando Pessoa o a pintores como Paul Gauguin. Se denota su preocupación por exaltar la labor creadora de esos que, como él, retratan de diversas formas la cultura de los pueblos. Su carácter intimista junto con la cabida que brinda al aspecto anecdótico mostrado de forma estética, hacen que estos poemas se conviertan en profundos y sentidos homenajes a los hombres del mundo, porque en cada ser existe algún legado traspasado por la posibilidad dada por los sentidos. En la “Crónica de Joan Manuel Serrat” encontramos:

Cuando el cielo sea nuestro
otra vez Serrat ha de cantar mejor.
En sus cejas, hombres de Cataluña
llevan unas brasas breves
casi inocentes
que recuerdan tanto a las músicas de asalto.

Cada uno tiene su Lucía
y goza una esquina de amigos
cuando llega el invierno pintado de azul.

Mientras que en “Crónica de Gauguin” se lee:

Porque él conoció las ansias de ese mar
que hace de un hombre, por siempre,
un ángel endeudado,
o alienta el dios solidario
que silba por las noches
los rencores de las islas.

Nos encontramos frente al reconocimiento de la universalidad del arte, reflejada a través de las palabras con las que García Usta hace recordar la necesidad de volver a lo básico, a lo primigenio, que viene a ser lo esencial. En el primero de los dos ejemplos vemos que los hombres acerca de los cuales se refiere Serrat pueden ser cualquier hombre, mientras que en el segundo nos encontramos frente al conocimiento que se da por formar parte de ese entorno vital que únicamente es enseñado por el diario vivir. El poeta inmortaliza a los hombres que, a su vez, inmortalizan a otros hombres y, a la vez, él mismo se inmortaliza, porque el discurrir poético tiene la inmensa capacidad de recoger las huellas de los hombres que en definitiva son uno y son todos. Existe un vínculo con el ser humano en cada una de las palabras de sus poemas, por ejemplo, el cantar vincula al hombre con su anhelo de eternizar, la amistad vincula con la confianza, el invierno con el recogimiento, el mar con lo misterioso y el silbo en las noches acerca a lo terreno y a lo divino. Por esta razón no pasa desapercibida ninguna palabra de sus poemas, ya que se entiende la necesidad de cada una como un llamado a las cosas que ellas representan en relación con el vínculo universal de sus significados.

García Usta maneja una especial plasticidad con las palabras, lo cual nos lleva a encontrarnos con imágenes que se nos aparecen de súbito sin la menor dilación pero con una justa presencia. Es decir, el poeta se asienta en el límite de lo exacto para no ser superficial pero, a la vez, para no empalagar al lector. Veamos “Señal para Paul Klee”:

Como si la noche fuera una mandarina herida

y la mañana, en la mañana,
el proceso de grandes
hirvientes goterones de leche

y todo espesándose en una geometría periódica

y usted recibe la saliva de la tarde
(y acecha)

pensando en la filosofía del borde
de una camisa.

Como se ve, el juego con los sentidos atrae al lector y le permite introducirse en el poema con la convicción del sentimiento traído a colación por el escritor. Los colores, los sabores y las texturas se contrastan de súbito para dar paso a una imagen que se apercibe en la imaginación. Esta convicción de lo artístico frente al lector hace que llegue la plenitud buscada por el poeta, ya sea para compartir sus percepciones o para intentar descubrir ese más allá de una realidad ya conocida. Y es que esa filosofía del borde de una camisa de la que escribe, nos habla de la necesidad de un devenir a lo presente, donde lo sustancial es el develamiento de un instante preciso que une ese presente con el constante raudal de la memoria.

En el Libro de las crónicas, Jorge García Usta logra hacer, a través de sus 32 poemas, un recorrido por esos ambientes que se tornan familiares al ser humano, ya sea por vivencia directa o por influjo de las historias narradas. El mismo escritor se convierte en un cantor del pueblo, en una especie de juglar que se acerca a contar sus historias al ritmo dictado por la vida. Estas historias invocan el nombre de aquellos que han traspasado los linderos del anonimato pero que no por eso dejan de representar en su interior el sentir de otros seres tan humanos como ellos. Podría decirse que García Usta muestra a los personajes de sus poemas tal y como son, sin ambages ni maquillaje, y vistos a través de la luz de una realidad primaria que rodea al hombre, descubriendo en lo cotidiano del ser humano la  profundidad que los ronda en lo íntimo.