Material especial
Antonio Pérez Carmona
“He cumplido tantos años / que cargo siglos sobre mis espaldas”
Comparte este contenido con tus amigos

El pasado 4 de diciembre murió en Trujillo, estado del occidente venezolano, el poeta, novelista y ensayista Antonio Pérez Carmona, uno de los intelectuales andinos más destacados, y cuya pluma fue apreciada por retratar el paisaje y la idiosincrasia de su tierra.

Sobre él escribió alguna vez Adriano González León: “Juntos nos deslumbramos, en los comienzos de nuestros azares poéticos, con la pintura y la poesía de vanguardia. Pero también teníamos el oído abierto a los aconteceres sociales, a las necesidades de una transformación y a los encantos y aparecidos que bordeaban las noches con serenata y novia prohibida”.

Para el autor de País portátil, “muy pocos como él han sabido unir su formación literaria y su trato con los fantasmas. Pérez Carmona ha leído a Eliot y a Eluard y a Vallejo, pero también recoge las palabras radiantes de aquella loca cubierta de flores que aparecía, de pronto, en plena Calle Real”.

Ramón Palomares, primer ganador del Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora y nativo también de Escuque, ha afirmado que “Pérez Carmona lleva con su reciedumbre, la confrontación valiente y obstinada de una existencia sostenida con nobleza y poesía. Su obra corre amplia y diversa en poemas, novelas, ensayos y narraciones breves, en busca de su vecindario: pueblos y gentes de su región agreste y nubosa de Trujillo. Quienes hemos compartido con él aquella inmensa casa de magia infantil —nuestro pueblo— lo reconocemos como uno de sus más puros símbolos”.

En una reseña al poemario De la nostalgia, Dámaso Ogaz escribió que la poesía de Pérez Carmona es “nacida de su soledad y de los elementos vivenciales como un enfrentamiento a la vida para esculpir el mensaje, nada órfico ni onírico, sino profundamente personal en lo circundante, triturado lentamente por la melancolía y la muerte”.

Nacido el 8 de junio de 1933 en el caserío de La Media Luna, en el municipio Escuque (Trujillo), Pérez Carmona estudió en la Universidad Central de Venezuela (UCV, http://www.ucv.ve) las carreras de letras y derecho, que abandonó para dedicarse al periodismo.

A finales de la década de los 50 comienza a publicar sus poemas en la Revista Nacional de Cultura, ejerciendo el periodismo en Clarín y La Esfera. En esa época colabora activamente con el proceso subversivo de los 60 hasta que viaja a Europa, donde reside un par de años. Realiza cursos de periodismo en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP, http://www.uimp.es), en Santander (España), y viaja regularmente a Portugal, Francia y Marruecos.

Desde España publica en periódicos trujillanos y colabora con ensayos literarios para la Revista Nacional de Cultura. En Madrid cultiva estrecha amistad con el cuentista Oscar Guaramato y el poeta español Carlos Oroza. En 1962, con motivo de la inauguración del puente Rafael Urdaneta sobre el Lago de Maracaibo, participa en el concurso del Diario de Occidente con su obra Canto al Lago, que logra el accésit.

A su regreso a Venezuela trabaja en las revistas Momento y Élite, en el diario El Universal (http://www.eud.com) y en el Papel Literario del diario El Nacional (http://www.el-nacional.com), así como en periódicos, revistas y emisoras de radio del estado Trujillo.

Entre sus obras más importantes resaltan Visión de Trujillo (crónicas, 1971), Los cuicas y sus herederos poéticos (ensayos, 1979), Hombres y tierra mágica (cuento, 1982), De la nostalgia (poesía, 1983), Paula (novela, 1986), Aquel Escuque heroico y florido (crónicas, 1991), Cambises (novela, 1998), La bella niña de ese lugar (novela, 2000), Chávez (crónica, 2003), Viaje por la poesía venezolana y el orbitar universal (ensayo, 2004). Asimismo, destaca la obra poética De la guerra y la ternura, con la cual Pérez Carmona se hizo acreedor de Certamen Mayor de las Artes y las Letras, capítulo literatura, en 2005.

Hoy, con la colaboración de su hijo, Lenín Pérez, ofrecemos a los lectores de la Tierra de Letras una sucinta muestra de la obra de este destacado poeta venezolano.

 

Antonio Pérez CarmonaEl violinista

A Ramón Pérez,
mi padre.

No sé qué suave mezcla de árboles y estrellas
flotaba en aquel bosque,
que hoy, como crótalo de infancia
perturba mi memoria.
Desconozco ese paisaje de témpanos y vocales
navegando a piel de agua,
pero no puedo exiliar el reino de relámpagos
donde el extraño violinista abría doradas sendas
para sepultar la tristeza de la tarde.

Aún en este tiempo de horóscopos y viajes
de lluvias, sonidos y colores,
mis ojos como marchitas pasionarias en las sienes,
continúan aferrados tras la marcha nupcial
de ese remoto esplendor de pájaros y flores.

 

El poeta

A Julio Sánchez Vivas (+)

Lejano huésped de mi sangre infantil
que abrías soñadas rutas
en aquel universo de bosques y fragancias.
Inclinados aún yacemos sobre la comarca de antaño
poblada de abisinias y lirios de la noche,
donde tú, amado poeta, desterrabas al demonio.
Cuántas vueltas ha dado la rueda
y en las piedras y el musgo
flotan las notas de un país extraño
que nuestros ojos exiliados no pueden contemplar.
Oh caballero de ojos aguamarina
que nos sumías en el reino de la lluvia,
con los príncipes de la belleza,
esos que desaparecieron antes de los treinta años,
como los jardines en flor,
que nos hablabas del viaje sin retorno de Shelley
para asistir al aniversario de John Keats,
que unías el luto de Novalis, la soledad de Lautréamont
y la tristeza de los aedas malditos.

Lejano huésped de mi sangre infantil
los poetas se atan en la vida y en la muerte.

 

Retorno de la imagen

En el génesis del invierno conocí tu partida.
Fue en el comienzo de los grandes viajes nocturnos
cuando las aves eran las portadoras del tiempo.
Entonces invoqué: tus promesas, tus besos;
los paseos en el parque bajo el sol de noviembre,
las largas travesías al fondo de la noche,
los retornos felices a los días de mi infancia.
A la hora del bosque robaba tu sonrisa
cuando los grandes árboles retaban las estrellas.
¿Recuerdas? Era el tiempo de nuestra adolescencia
y estábamos signados de inocentes presagios.
Ahora la distancia me consume en historias,
en cartas empolvadas de relatos antiguos
que suelo contemplar a solas con la noche.

 

Helen

Cuando el sol ha madurado
y las esbeltas mujeres están teñidas de oro
y los pájaros dejan silbidos de tristeza,
entonces, Helen, no me queda otro pensamiento sino en ti.
Helen, la joven muerta en el desfile de los primeros vientos del invierno
y en el instante en que sobre las altas colinas rezaban los pájaros de octubre.
Helen, capaz de formar con el sol y la lluvia los más bellos dibujos infantiles,
de raptarse las nubes
y tender el arco iris sobre el mar.
Su manto de nostalgia cubría todos los rincones de la tierra,
golpeaba a las parejas de enamorados en los parques,
anunciaba suntuosamente las maravillas del sur,
erguida, como las aves que cruzan el horizonte y sonríen ante los extraños cielos.
Ahora, Helen, en medio de esta soledad que huele a sangre,
no me queda otro pensamiento sino en ti.
Pienso tanto.
En tu boca de paloma desangrada,
en tus ojos que hablaban con profunda timidez,
en tu talle de flor adolescente.
Pienso tanto, Helen, que quisiera cubrirme con el manto de nuestros antiguos tiempos.

 

Aniversarios

He cumplido tantos años
que cargo siglos sobre mis espaldas.
Me da tristeza recordar estos aniversarios, pues mi corazón en cualquier momento se paralizará como el de aquel robusto caballo que murió el verano pasado.
He cumplido tantos años, que guardo el esplendor y el ocaso de la vida,
la nostalgia y la alegría de este efímero tránsito frente al alba y las estrellas.
Sin embargo tengo a Helen y Alix, testimonios melancólicos adheridos como costras milenarias.
Helen, la pequeña adolescente, muerta cuando llegaban los primeros vientos del invierno.
Alix, el amor que siempre me acompaña aún en las soledades infernales.
He cumplido tantos años
que sólo me resta guarecerme en las memorias y en las hebras de la infancia,
asistiendo en estos aniversarios a mis propios funerales.

 

Eterna soledad

Sólo los muertos están en la soledad, tristes y olorosos a polvo,
en medio de un jardín antiguo cubierto de leyendas.
Sólo ellos están escuchando la amarga canción del tiempo
mientras en la tierra transcurre amor, nostalgia, ausencia.
La lluvia nos trae sus rostros dulces y lejanos,
perdidos en la memoria, en la distancia de los días,
esos muertos misteriosos que nos rodean:
muertos afables, hundidos en el silencio de las cosas.
Estamos en la tierra, estamos en el cielo, estamos en el tiempo.
Estamos penetrando a cada instante al reino de los muertos.
Somos los hombres que echamos una mirada al pasado,
allí donde el oleaje escribió bellas historias,
allí donde el corazón fue amor, paz;
donde únicamente hubo ternura para conquistar al mundo.
Ellos fueron nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos.
Había resplandor y nostalgia en sus ojos,
Los muertos que duermen olorosos a polvo,
ocultos en la ciudad de la tristeza.
Como homenaje tierno hay una canción hermosa,
el réquiem del silencio en nieblas melancólicas,
el brindis del insomnio atrapando sus voces,
los muertos solitarios olorosos a polvo.