Letras
Poemas

Comparte este contenido con tus amigos

A un amigo

Saber que estás aquí
no mitiga un ápice la sinrazón del mundo
ni quita un gramo de dolor a este montón de tiempo;
pero tenerte cerca me hace llevadero
este trance. (Sobre todo ahora,
cuando estoy en la última etapa de mi vida
y sé que moriré en los próximos 100 años.)

 

Juan Ramón Jiménez

Has creído, maestro, en la ficción
de que a cada cosa corresponde su palabra.
Has creído que la lengua sea un fidedigno
mapa del mundo: platónica falacia.
En un nunca acabar de barajar vocablos
has buscado la Forma Pura tras la nada.
Tu vida toda ha sido bregar en esa brecha
de ver a la Esfinge del silencio derrotada.
La tuya ha sido una lucha sin principio,
ni fin, ni tregua, ni esperanza.

Álora, mayo MMVI (L aniversario de la concesión del Premio Nóbel)

 

Digo tú (I)

Digo tú y es como si el tiempo
no fuese un río de lava ardiente que me arrastra
hasta el silencio, sino eterna
vuelta a la evidencia de que existes.
Digo amor y es como si fuese
real ese ardor de la punta de mis dedos
que quema cuanto toco, que derrite
el hielo de la muerte en un instante.
Digo muerte y quedo como mudo.
Digo mundo y dejo la palabra
taladrada por túneles sin fondo.
Digo fondo y dejo que se callen
todos los pájaros del mundo.

 

Digo tú (II)

Digo tú y es como si el tiempo
digo amor y es como si fuese
digo muerte y quedo como mudo
digo mudo y dejo la palabra
taladrada por túneles sin fondo
digo fondo y dejo que se callen
a un tiempo los pájaros del mundo.

 

Esperanza

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir...

Luis Rosales

Aunque vivir es ir perdiendo todo lo que amamos,
me aferro a la esperanza como el náufrago
que mirase otra vez el horizonte,
apenas ya en un hálito de vida,
y cerrase sus cansados ojos y buscase
la luz, ahora, dentro de sí mismo.

 

Oración de las minucias

Tú que has creado Todo de la Nada
y riges las órbitas de los astros con tu mano celeste
y compones las notas del canto de los pájaros,
cómo puedes ocuparte de lo que a mí me ocupa,
pequeñas minucias que no sé si te alcanzan.
Que mi hijo apruebe la pendiente.
Que este lunar no sea nada malo.
Que mi padre sane de su infarto y vuelva a casa.
Que no me suban mucho la hipoteca.
Que el trabajo no falte (ni tampoco sobre).
¡Cuántas cosas pequeñas para alguien tan grande!
Perdona, Señor, nuestras minucias
como también nosotros perdonamos al amigo
que no llama a la hora de la siesta
o al que cuenta por enésima vez su mili o al que narra
sus achaques con profusión de datos clínicos.
Todos son tu Imagen viva; y se merecen
el perdón, pero no sé
por qué tuviste que hacerlos tan latosos.
Tú, Señor, que tienes el copyright
de este extraño invento con alma, no te olvides
de que las minucias son para nosotros
lo que más importa, aunque parezcan,
a tu grandeza, un poco impertinentes.
Son el pobre barro del que está hecha esta vasija;
y Tú, el autor de la ocurrencia,
algo tendrás que ver en este asunto.

 

Perdido

Que sólo sé que no sé nada
es obvio y ya se sabe. Pero hay algo
peor que me pasa y que no sé
por qué me pasa: aún
no sé quién soy.

 

Ajedrez

A la memoria de mi
amigo Miguel Bootello

El pensamiento, aunque parezca
hielo, tuerca, mecanismo sin sangre,
guarda su pequeña alma de pájaro afeminado,
su fondo de latido sin fondo;
y llora como un lirio cortado cuando roza
con un peón extraviado
o recibe el jaque mate irremediable.

 

María

Señora de los humildes,
Corazón repleto de silencios sabios,
Torre de los olvidados,
Arca de los silenciosos,
Espejo de la paciencia,
Misterio de la ternura,
Sabor del pan caliente,
Olor a leche materna,
blanda Mano encallecida,
Voz dulce del susurro,
oriéntanos en este mundo lleno de símbolos falsos,
llévanos de tu mano como a niños perdidos,
acógenos en tu gigante corazón materno.

 

Álora

Castillo y muertos: el pasado
pesa sobre nuestros huesos centenarios
como una losa: años,
romances, lanzas herrumbrosas, viejos
papiros y fotos color sepia,
tantas palabras perdidas y encontradas
en cualquier rincón de una memoria
con forma de empinada callejuela.

Cercadas por la nueva luz que acecha,
cada piedra antigua tiene la dureza entrañable
de la carne que siente como el tiempo la arrastra.

Andamos por tus calles empedradas
y oímos el ceceo de tu gente
y aprendemos para siempre la lección
de saber mirar la vida con el suave
desdén de un señorito arruinado
y con la sabia calma que tienen los olivos.