Cuando divisó los pasillos del juzgado, el doctor había ya recibido advertencias sobre la pesada dilación del proceso. Se imaginaba, sin embargo, un orden, un sistema de clasificaciones y códigos donde su nombre iba acompañado de un número, de unas cifras que animaban la idea de rigor, de cronología, de obligaciones y mandatos, un limitado espacio con sus obvias estrecheces, pero sin impedimentos para solventar sus exigencias o necesidades.
Había tomado precauciones para no sucumbir al constante desequilibrio del ánimo, del espíritu quebrantado por la carga del trámite y había imaginado de blanco las paredes, el tejado, las ventanas abiertas de par en par, por donde circulaba el viento, por donde subían los sonidos y donde se acurrucaban entre las líneas de polvo de los cristales los vaporosos microorganismos de la patraña y el tráfico. Pensaba en el sendero hacia su casa, los árboles a su vera, las hojas caídas durante la estación seca, mordidas por áridas dentaduras de bichos invisibles. El aserrín del camino, triturado por los pasos, menudo, ligero, fácilmente aéreo, marrón ante el sol, gris ante la luna.
Recordaba una tarde en un automóvil rumbo a las provincias centrales, los campos abiertos, el cielo escarlata sobre la cúspide de los macizos montañosos, las nubes enredadas entre las ramas de los árboles, las erizadas hierbas pisoteadas por las vacas y los labriegos, las excrecencias rocosas, las líneas de los caminos rurales abiertos por la espontaneidad, por el interés o el ocio. Vibraban en sus pupilas el tumulto de sombras, de siluetas, de perfiles, con agudeza y trémula inexactitud, el tiempo se dislocaba y cambiaba de dirección y abría las compuertas de un pasado perpetuo, de un pretérito fantasmal e interminable, abono de la memoria, de ciertas hendiduras abiertas por la caída de la arena, por el tenebroso movimiento de las arañas en la mente.
“Señor, dónde queda la oficina de reclamos”,
y la respuesta pertenece al silencio, a la serena apariencia de las algas aletargadas sobre el vaivén de las olas, a los abruptos manchones de pasto en los declives pedregosos donde se erizan latas de aluminio y vidrios de botellas rotas con sus ambarinos dientes, como helados cartílagos salpicados de hierro oscuro. La respuesta es un remolino, una escafandra incrustada entre inertes sustancias del fondo del mar, azul, púrpura, verde,
“Nadie sabe dónde queda esta oficina, en este edificio debe estar”,
Piensa en su mujer, la pareja perdida ahora entre los vericuetos de las sombras de las estatuas por donde suben los escarabajos y las hormigas celebran sus interminables carreras, en el alboroto de formas de la ciudad, debajo de aleros y letreros de neón, pisoteando la sombra de los edificios, líneas divisorias de las aceras, fugaces alimañas que huyen de la costumbre. Nadie puede pensar en el baile de las palmeras, en la polinización de las plantas de los búcaros, en los capullos nevados, en los alhelíes secretos de los ojales de las chaquetas, en los helechos fusilados por una tormenta,
“Señor, estas formas me las entregaron en la entrada. Dónde puedo encontrar la firma requerida para continuar con los trámites”,
Palabras inexploradas, idiomas desquiciados sin esperanza de entendimiento, babélico galimatías. La tarde decrece, hace calor. El día se agiganta antes de morir despedazado por las tinieblas. Los pasillos reverberan de pasos. Tiemblan las sabandijas escondidas con sus alas plegadas, con sus antenas recogidas sobre el círculo vítreo de sus ojos, se sacuden los restos de tersura y las manchas de luz posadas sobre los pétalos, sobre los estambres salpicados de claroscuro. ¿Dónde pueden ser identificados los secretos, los arcanos, los hechiceros terribles de la cofradía del silencio?
“Me indicaron una oficina del tercer piso. En el mismo sitio donde se ubica la recepción de la correspondencia”.
Plácida lucidez la de las ostras arrastradas sobre los fondos oceánicos. Los cangrejos dormitando debajo de los cocoteros, enterrados en la arena o escondidos entre los matorrales, preceden a los gnomos que no existen. Los pájaros lanzando gritos contra los bejucos con aspecto de serpientes. Las mujeres miran el color de sus uñas, el reflejo de sus anillos, la redondez de sus senos debajo de una blusa transparente con encajes en el sitio exacto donde se dibujan los pezones. Nadie ha podido ver los raudos espectros surcar los pasillos como cometas, como panderos zurcidos con chispazos de cometas sobre los pequeños monumentos de la pereza, sobre los pedestales de los búhos y los nubarrones parecidos a barbas de próceres vencidos por su eterna inmovilidad.
“Será aquí, en esta puerta. Allí deberé entrar, encontrar lo que busco, mostrar mis documentos, firmar debajo de los sellos”.
Y la puerta cerrada. Pesada muralla, bronce, plomo y hierro, rastro de huellas desaparecidas debajo de la cancela, desfiladero obstruido por el eclipse de las iniciativas, agonizantes, líquidas ya sobre las líneas de las baldosas. Se alza el obelisco de la costumbre, la antorcha de la pesadez, de la callada garganta del volátil espantajo, del mudo trepidar de los balcones de concreto, de sus resbaladizos bordes, de los aleros oxidados desde donde se zambullen los parásitos maduros para el vuelo hacia las arterias y para sacrificar el exiguo tiempo disponible, de los ariscos gerentes del mercado de sustancias sin figura, congeladas con partículas de menuda tierra delineando una especie de vocabulario sin símbolos donde se imparten instrucciones en idiomas incompletos sin oraciones, sin sintaxis, sin semántica, sin verbos ni complementos. En las esquinas ciertas voces desgranan el tiempo, lo convierten en ripios, destruido por acentos duros y estrafalarios, como los bárbaros de las estepas, como los torpes monstruos de las tundras.
“No contesta nadie. ¿Qué hora es? Aún es temprano, no es el momento de los alimentos, la puerta está cerrada con llave, no se escucha nadie dentro, nadie habla, nadie se mueve”,
y el avieso espíritu del perverso duende de la nada salta por todas partes, se desliza entre los armarios y los escritorios, asoma su faz detrás por las ventanas, deja su vaho en los cristales y escribe palabrotas, frías imprecaciones con su dedo inmaterial, tiembla ante el movimiento de los expedientes, de los cantábricos abismos oficiales, de las paredes levantadas con temor al críptico verbo de los agentes de los espacios de materia inerte.
“Nadie responde a nada en ningún lugar. Todas las puertas permanecen cerradas. Llevo tiempo de buscar quien me atienda pero no obtengo respuesta. Voy hacia todas las ventanillas, los despachos, los burós y nadie está en su lugar”.
Niebla, murallas, portones, pasillos, escaleras, ascensores, oficinas. El mundo desdibujado por las medidas incumplidas, por los ángulos en lo alto de paredes y en el punto inferior donde transitan las cucarachas y husmean los ratones. La mudez de los retratos, la quietud impertérrita de las banderas, de los estandartes. El soliloquio de las ventanas cerradas, el murmullo de la madera de los estantes, el grito apagado de los ordenadores adormecidos debajo de cilindros sin luz. Puede sentir la brisa provocada por los geniecillos que recorren los pasadizos y se ríen como hienas, puede casi percibir el roce de los títeres constreñidos por el odio contra los vivientes, el golpe de las olas del cansancio, el aleteo de los pájaros petrificados sobre las dunas del anonimato. Todo está diseñado para asumir el complejo formato de la inconsecuencia, de la falta de método, del ausente campo de desperdicios. Ridículamente, los Cristos clavados a paredes cuarteadas, con las miradas impertinentemente puestas en los abismos entre los senos de las secretarias, iluminados por los párpados pintados de azul.
“Ni siquiera hay una oficina de información donde me puedan asesorar”.
El tiempo pasa, se arrastra como un perro herido en la calle. El vuelo de un manto, oculta los rostros de las nulas cifras, de los reflejos ambarinos sobre los relojes y las manos que se acercan con quietud y elegancia para describir su perímetro, para acribillar de huellas el triste mecanismo del tiempo. No hay tribunales, no hay jueces más que para la propia desesperación. No hay dónde descubrir la marisma donde se agotan los esfuerzos de los palmípedos y los líquenes, de los batracios y los microorganismos secretos de la violencia.
“Pronto serán las cuatro y nadie me ha atendido, nadie me da una indicación favorable para desarrollar mi diligencia. ¿Acaso aquí se definen los intereses nacionales, las cuestiones del Estado?”.
Y comienza a circular entre las nubes, afuera, en el perturbado mundo de las cosas materiales, de las singularidades de la substancia y los elementos, el gusano de la noche, el virus de las sombras y la nocturnidad. Se aproxima con lentitud de enajenado, con la gravedad de la ausencia, muerde primero las nubes, los retazos de cielo donde no hay pájaros, las cimas de las colinas y los cerros, las copas de los árboles, desciende con su apetito voraz por las cortezas, se desliza sobre las piedras, la hierba, se eleva en contubernio con el rocío y se eleva otra vez para lamer las paredes, las murallas, las ventanas de los edificios, las cosas movibles, la tierra toda.
“Se termina el turno y no he podido adelantar nada. Otro día perdido, otra jornada inútil sin resultados. Puertas cerradas, despachos vacíos, oficinas solitarias, funcionarios ausentes, voces de fantasmas, movimientos de folios por el viento, invisible como la muerte, alejado como la alegría”.
No hay otro sendero. Se agotan todos los esfuerzos. El murmullo, las puertas abiertas de par en par, los pasos contundentes sobre el maderamen, sobre las baldosas. Hacia las líneas del final del día hay puntos diminutos desapareciendo entre las cortinas de la tarde. La noche amenaza, la oscuridad, el pensamiento de las fastidiadas gárgolas en el perímetro de las plazas, las escafandras dejadas sobre los bancos, la pluma suelta en el intersticio de una grieta en la tierra.