Letras
Una mosca que no deja dormir
Extractos

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Manuel Cobo, escritor de ficciones breves

Manuel Cobo, escritor de ficciones breves, baja de su buhardilla para comprar cigarros en la tienda de la esquina. Como sólo piensa estar afuera unos pocos minutos, no juzga necesario cerrar la ventana.

La tarde es fresca, apacible, sin ruidos que perturben su trabajo, y Cobo piensa que cuando regrese podrá terminar por fin esa historia en la que trabaja desde hace un par de semanas. En verdad, resta poco: ajustar apenas unas cuantas palabras a las que no le encuentra fuerza y decidirse sobre colocar una que otra coma, detalles que él suele sortear sin dificultad. La certeza de que esta vez también podrá hacerlo cuando regrese, tiene feliz a Cobo, quien en este momento baja los escalones de uno en uno y con una sonrisa de satisfacción.

Pero durante su ausencia una repentina ventolera penetra por la ventana en la pequeña estancia y levanta de la mesa las hojas de papel, el bolígrafo de tinta negra, el lápiz, el borrador y hasta el pequeño diccionario de latín que Cobo guarda con celo desde su juventud.

He aquí lo que, en un pausado pero doloroso inventario, alcanzan a ver los ojos asombrados de este escritor de ficciones breves una vez abre la puerta de su buhardilla: en un rincón de la sala, el rostro melancólico del personaje de su historia, más allá, cerca al cajón de sus queridos discos, la palabra consuelo, debajo de una silla el verbo recordar, y en la maceta de la incipiente planta de anturio, revuelta con la tierra mojada, solitaria y como aterida, la sílaba tras. Desperdigados por el suelo, también una miríada de pequeños fragmentos de palabras, letras y signos útiles para la escritura.

Cobo es un escritor serio, pero no es un hombre que se deje afectar con facilidad por aquello que es trascendental apenas en apariencia. Así que, después de reponerse de la perplejidad en que por unos momentos lo tuvo sumido aquella contemplación, se agacha y comienza a recoger los retazos de su historia y a ponerlos con extremo cuidado sobre la mesa vacía de objetos. Ejecuta esa tarea con lentitud, con meticuloso cuidado. Sus manos tiemblan, pero no vaya a pensar el lector que es a causa de los nervios o de la expectación por rearmar su historia. No: Cobo es un bebedor empedernido, y para colmo de males, se alimenta y duerme mal. Tal vez por eso ha tardado tanto en darle siquiera forma a la primera línea de su cuento. Ha intentado en una, en dos y tres oportunidades, pero las palabras siguen sin alcanzar el orden que él les había terminado de dar hace apenas unos momentos, antes de que bajara a buscar cigarros a la tienda de la esquina.

Pasado un tiempo vano, se da cuenta, entonces, de que es una tarea prácticamente imposible, pues son en verdad innumerables los fragmentos regados acá y allá. Sonríe con desencanto, se lleva las manos a la cabeza y piensa que en otras circunstancias hubiera tenido que escuchar la sostenida perorata de su mujer, que es una obsesa del orden y la limpieza. Pero ella no se encuentra allí, y Cobo, resignado ya a que tendrá que volver a sentarse y a comenzar la historia de nuevo, de una fuerte manotada en la mesa hace caer lo que hasta ahora había conseguido levantar del suelo.

Finalmente, mientras se procura los elementos necesarios para recoger el rimero de palabras —que se ha mezclado con hojas secas, colillas y cabellos de su mujer— y tirarlo al bote de la basura, Cobo piensa con nostalgia en ese personaje de ojos tristes que, abandonado en el rincón de la sala, parecía implorarle que le permitiera llegar con vida al final de la historia.

 

Final para una conocida historia de amor

A Rubén Blades, por supuesto

El trompetista de la vecindad sigue viviendo en un cuarto chiquito, con muy pocos muebles. Pero ahora está viejo, triste, lleno de melancolía y terriblemente solo, pues Ligia Helena, la cándida niña de la sociedad con la que un día se fugó (como lo hacen los personajes de las grandes historias de amor), murió al poco tiempo a causa de una innombrable enfermedad, sin que el afán de su padre por buscarla ni los lamentos de su madre preguntándose en dónde habían fallado hubieran cesado ni un solo instante.

Amargamente se escurren los días en aquel cuartito, mientras él yace postrado en una herrumbrosa y chirriante cama, en un estado de decrepitud tan lamentable que sería iluso de su parte esperar que una sola de sus notas (la más sublime, digamos) logre despertar algún suspiro de amor, siquiera en la más ingenua de las niñas que habitan las mansiones lujosas de la sociedad.

Aun así, él es el héroe de esta historia.

 

El lector

Los dioses tejen desdichas para
que a las futuras generaciones
no les falte algo que cantar.
Homero, La Odisea, canto VII.

Sucedió el otro día a un minucioso lector de periódicos esto que me dispongo a relatar, y que quizás, si se le medita bien, se salve de ir a dar en el saco roto de la intrascendencia.

Dicho sujeto había estado hojeando sin entusiasmo las páginas de un vespertino local, cuando de pronto halló —oculto entre las noticias de interés general— un titular que le llamó la atención sobremanera, en el que concentró la mirada y que al cabo le dejaría un motivo para reflexionar: “Turbamulta toma por asalto casa de un escritor”.

Los detalles de la noticia informaban de una enfurecida multitud que, tras derribar puertas y ventanas, llegó al modesto cuarto que servía de habitación al autor (el nombre de éste no se revela; el redactor se limita tan solo a decir que se trata de un “desconocido escritor de cuentos fantásticos”) y, procediendo con inexplicable saña, ante los rostros atónitos de algunos testigos, prendió fuego a cuanto encontró. Después, de la misma manera intempestiva como había llegado, la turbamulta abandonó el lugar dejándolo reducido a cenizas y envuelto en una sombría atmósfera de desolación.

Cerrando el diario, el lector de periódicos comenzó a cavilar: “Ah, de modo que es un escritor. Como Stevenson tal vez, de quien leí la otra vez que creyó siempre que, mientras dormía, unos duendes le ‘dictaban’ sus historias. Me pregunto: ¿con cuánta vehemencia no habría quizás anhelado que, de súbito, algún terrible hecho sacudiera los cimientos de su vida?, ¿cuántos serán los días en la espera inútil de ese oscuro suceso, alimento para la obra que le mantiene a merced de la vigilia? Y he aquí que el destino se muestra generoso y le ofrece uno. La Providencia, de la que suele renegar, pues le hace vivir en medio de la más insufrible monotonía, ésa a la que, entre improperios, ha llamado ‘fastidiosa dama’, mueve de manera tal sus hilos que le convierte a él mismo en objeto de su probable fabulación”.

El lector recuerda ahora que la imagen de un escritor que ve arder su casa en llamas no tiene antecedentes en las letras, o por lo menos él no conoce ninguno. Y puesto que no es perspicacia ni lucidez lo que le falta, concluye feliz: “Habrá que esperar que el espíritu de este autor merezca en verdad esta dádiva del destino y que, en lugar de sentarse a escribir, no empiece a lamentar su suerte, a llorar amargamente el dolor de ser un hombre sin fortuna”.

Dobla el diario y lo pone sobre la mesa, al tiempo que comienza a tararear una festiva melodía y, sintiéndose ingrávido, va de un extremo a otro de la estancia. Su corazón es una campana que tañe de alegría ante la certeza de haber sido partícipe de esta revelación.

Y con una sonrisa y la mano quemada comienza a escribir.

 

Breve historia

Hay un hombre sentado en la esquina. Ha permanecido allí durante horas y horas. Nadie advierte, al pasar, su cuerpo recogido en la esquina. Tal parece que a él eso es lo que menos le importa: no reclama una mirada, no pronuncia una sola palabra, no tiende la mano. Simplemente sigue allí, impasible, y hasta se diría que sin ver, sin oír.

Poco a poco el hombre se fue sumando al paisaje de la esquina. Ahora apenas se nota. No hay un gesto de asombro, no hay sorpresa entre los transeúntes. Es como si la esquina, con sus paredes manchadas por el tiempo, hubiera concertado con él hacerle parte suya. En adelante, este punto del vasto universo sólo existirá con el hombre. Si se levantara, si diera unos cuantos pasos y se perdiera por la primera calle, echaríamos de menos su presencia, comenzaríamos a preguntar en seguida hacia dónde ha marchado. Pero no hay aquí lugar para los sobresaltos: su figura sigue allí, como agregada a la porción de oscuridad que con lentitud empieza a tomarse la esquina.

No hay sufrimiento, no hay dolor ni angustia en él. Ninguna razón que nos mueva a acercarnos, menos a afligirnos. Nada que nos obligue a bajar la voz, ninguna pena que importunar. Ni siquiera deja un resquicio para que finjamos piedad. Sólo hay un hombre sentado en la esquina. Eso es todo.

Estos cuentos forman parte de Una mosca que no deja dormir, libro inédito que reúne 23 piezas.