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La Creación del Hombre, por Miguel Ángel (Capilla Sixtina)Una voz en la oscuridad

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“Soy amigo de Platón pero soy más amigo de la verdad”.
Aristóteles

Cierta vez me encontraba muy orgulloso en el seno de la Universidad Centro Occidental “Lisandro Alvarado” (UCLA), rodeado de una pléyade de personalidades, con motivo de participar en un curso de filosofía, dictado con motivo de la presencia de un destacado profesor, proveniente de mi siempre recordada ciudad natal Caracas. Una de esas noches y esperando que terminara de llover, me dispuse a realizar un intercambio intelectual, directo, “face to face” con algunos de los profesores que todavía se encontraban en la oficina del coordinador, esperando también a que escampara, entonces se me ocurrió hacer una pregunta, y justo cuando esperaba la respuesta, ¡zas! Se fue la luz. Fue un largo apagón y una respuesta muy corta, la pregunta fue “¿Acaso no se ocupa la filosofía de investigar la existencia de Dios?”. Y la respuesta fue un rotundo, seco y castrante “No”.

Es en este tipo de oportunidades en las que me encuentro con personas que supuestamente son intelectualmente superiores, cuando viene a mi memoria la razón por la cual al filósofo y matemático Renato Descartes se le ocurrió desarrollar su propio método para encontrar la verdad. Resulta que, a pesar de ser lo que se consideraba un docto para su época, él mismo consideraba que todo el saber de las universidades en las que había estudiado no le servía de nada, que estaban plagados de errores, y por lo tanto él dudaba de todo lo que le habían enseñado sus profesores, y se dispuso entonces a comenzar de nuevo a construir un sistema de conocimientos válidos y verdaderos a partir de una primera intuición indubitable, y ésta era que él existía debido a que estaba pensando. Siguiendo el ejemplo de mi admirado mentor, me armé de valor y me dispuse a contradecir al oponente intelectual que se encontraba sentado ante mí, en esa húmeda y oscura habitación, ubicada en el supuesto recinto del conocimiento universal. —Acaso —le dije— ¿no han salido ya todas las ciencias del seno de la filosofía? ¿No es acaso una de las que aún quedan, la ontología, el estudio del ser? ¿De qué trata la filosofía entonces? ¿Qué significa “El ser es y el no-ser no es”, de Parménides? ¿Y la metafísica, no es acaso el estudio de lo que está más allá de lo físico, es decir el “Mundo espiritual”? —Ahora... —me interrumpió una voz en la oscuridad— no estudiamos a Dios.

Realmente me pareció totalmente insatisfactorio que los responsables de propagar el conocimiento, nieguen olímpicamente la posibilidad de la existencia de Dios, a pesar de haber establecido Parménides las cualidades de ese ser superior: inmutable, inmóvil, inmortal, infinito, a partir de la deducción de su famosa frase, fundamento todavía hoy del principio de “No contradicción” que se expresa, por medio del sentido común, al decirse: “Las cosas son lo que son” y no otra cosa, por lo tanto el Ser es... o, dicho de otra manera, “Dios existe” debido a que la idea de la no-existencia es imposible.

Al salir de esa habitación, no dejé buenos amigos, incluso algunos demostraron disgusto, al escuchar cómo el que había asistido para aprender terminaba dando una lección pero, al igual que el viejo Aristóteles, cuando era joven, me dije: ¡soy más amigo de la verdad!