Editorial
La biblioteca de Tlön

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Internet (que algunos imaginan como una biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales. Una de las caras libres de cada hexágono da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. No es de extrañar que en Internet, como en la delirante biblioteca descrita por Jorge Luis Borges, abunden contenidos de naturaleza informe y caótica.

“Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias”. La frase de Borges no constituye una descripción de los contenidos que pueblan la red, sino de los libros que pueblan la Biblioteca de Babel. Para el caso es lo mismo: poco a poco intuimos la constatación terrible de que Borges no podía imaginar, sino sólo describir.

Otra ficción del escritor argentino alude a una raza que produce objetos materiales al sublimar a la calidad de ideal un modelo real. Se trata, claro, de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, y de la intrincada —como concisa— mitología que Borges construye alrededor de Tlön, un lugar cuyos habitantes tienen la certeza de que “todo sustantivo (hombre, moneda, jueves, miércoles, lluvia) sólo tiene un valor metafórico”.

En Tlön es inconcebible que alguien encuentre un objeto que, previamente, ha sido extraviado por alguien más. El supuesto se considera absurdo pues implicaría el concepto de identidad: la realidad del sustantivo como un contenido semántico que se refiere a una persona o a un objeto. Las monedas que un hombre encuentra no son las que otro ha perdido; sólo tienen la capacidad de ser iguales, en forma y cantidad, a las que perdió el primer hombre, pero no pueden ser las mismas porque igualdad no es identidad.

Tal estructura de pensamiento derivaría en la concepción de los hrönir como explicación para el acto imposible de encontrar. Un hombre no puede encontrar algo, la búsqueda es un sistema evidente de creación. El objeto no ha sido hallado, ha sido creado y ha tomado como base un objeto ideal. Los hrönir, por lo tanto, no pueden tener un parecido perfecto con el objeto que los inspiró: tales objetos secundarios “son, aunque de forma desairada, un poco más largos”, y Borges los consideró “hijos casuales de la distracción y el olvido”.

Hay un punto en el que ambas imaginaciones coinciden (y no nos referimos a la repetición, en ambas, del vocablo imposible “axaxaxas mlö”). Los libros de la Biblioteca de Babel recorren “leguas de insensatas cacofonías” porque el número infinito de los anaqueles en que se hospedan deriva en un número igualmente infinito de combinaciones de palabras y caracteres. Un pensador de Tlön podría argüir, por supuesto, que tales combinaciones son infinitas en realidad porque derivan ad aeternum de un número desconocido de objetos ideales.

En esta biblioteca de Tlön en la que estamos inmersos, son inevitables las leguas de cacofonías por cada recta noticia. La producción de información en la actualidad se desenvuelve a un ritmo frenético que crece en forma exponencial. “Cada ejemplar es único, irreemplazable”, continúa Borges describiendo su mítica biblioteca, “pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma”. Sólo la existencia de artilugios como los motores de búsqueda y los feeds nos previenen del torrente de datos inútiles (asumiendo, claro, que la utilidad de los datos es un asunto completamente subjetivo).

Profusión de información por lo general conlleva a degradación de información. No es descabellado, en este sentido, el futuro que plantea el documental Epic 2014, de Robin Sloan y Matt Thompson: los medios de comunicación han desaparecido, y el público se vuelca sobre contenidos de interés eminentemente local. La gente participa en forma masiva en la producción de información, pero los contenidos son fragmentarios: una colosal corporación —“Googlezon”— los distribuye entre los usuarios de la red basándose en sus características personales.

“En su mejor versión”, dice el narrador del documental, el servicio ha sido “diseñado a medida para los lectores más inteligentes: la muestra de la visión del mundo más amplia, profunda y detallada en la historia. Pero en su peor versión, no es sino una muestra de trivialidades culturales, muchas de ellas falsas, superficiales y sensacionalistas”.

Información y consumo es la mezcla que prevalecerá, sin duda, en ese futuro que ya empieza a ser presente. Datos que se repiten, por lo general sólo diferenciados en la disposición de la plataforma que los muestra o, llevando el razonamiento al paroxismo, por una letra, por un dígito.