Artículos y reportajes
Muro, pobreza y discriminación
El blindaje del sueño americano

Trompetas de Josué derribando los muros de Jericó. Grabado en madera del siglo XV

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“¿Quiere usted que llame a un guardia y que revise
si tienen en regla sus papeles de pobre?”.
Joan Manuel Serrat

Irónicamente, la caída del muro de Berlín preanunciaba, en los tempestuosos días de la disolución del socialismo soviético, el camino hacia la creación de nuevos blindajes entre fronteras. Estados Unidos se convertía entonces en la potencia hegemónica, unipolar, que derribaba el horadado equilibrio de la Guerra Fría.

La imposición global de su sistema político-económico careció de contraparte, con lo cual ese poder sofocante aniquiló los particularismos y la circulación integral de todos los intercambios. Y así como todo sistema de dominación, por poderoso que sea, produce él mismo su propio fermento de desaparición —a partir de, por ejemplo, la proliferación del terrorismo contestatario— así también genera sus contradicciones, al potenciar la exclusión social, la discriminación y la desigualdad.

“por lo que parece
tiene usted alguna cosa que les pertenece”.

El proyecto estadounidense de construir un muro en la frontera con México confirma esas contradicciones: la expulsión de desperdicios que el sistema libera, tras la profundización de la brecha entre ricos y pobres, refleja la intransigencia y el miedo de un imperio que niega sus desechos sin hacerse cargo de ellos, ya que esto implicaría aceptar aquellas contradicciones. La nación amurallada contra la inmigración, la detención y deportación de indocumentados y la vigilancia fronteriza para evitar el ingreso de seres marginales y desposeídos conforman una geografía medieval en una modernidad que exacerba la desigualdad y exhibe sin eufemismos los blindajes mentales y la “guetificación”.

El proyecto, que prevé la construcción de un muro de 1.200 kilómetros en ciertos puntos de la frontera entre la América opulenta y el mundo hispano, refleja la decisión imperial de evitar la inmigración latina, compuesta por miles de excluidos que el sistema hegemónico generó con su asfixiante política. Parafraseando al poeta Joan Manuel Serrat, a Estados Unidos:

“se le llenó de pobres el recibidor,
y no paran de llegar, desde la retaguardia, por tierra y por mar”.

De perdurar la idea, se dotará al muro de toda una tecnología de vigilancia: cámaras, sensores, aviones no tripulados, y se ampliará la capacidad de la patrulla fronteriza, lo que incrementará las agresiones, las amenazas y las persecuciones de los migrantes, y proliferarán los traficantes contratados para cruzar la frontera.

Así como las grandes urbes exhiben las dos caras extremas de la polaridad social, y en donde ricos y pobres están convenientemente separados —unos viven amurallados, aislados y protegidos de la sociedad por voluntad propia, y otros en barrios precarios, expuestos al riesgo—, de la misma manera el imperio pretende blindar el sueño americano. Con la excusa de la seguridad y la ilegalidad de los migrantes, Estados Unidos no hace más que echar nafta al fuego de su propia paranoia, vulnerar los derechos y contribuir a la ineficacia de su propio objetivo.

Pero también existe en México —y en toda la América Latina— un muro mental que exhibe el desprecio por lo propio y la fascinación por el american way of life. Amén de la autodenigración y de la desidia de las clases dirigentes —“los países que se despueblan son países mal gobernados”, había afirmado José Vasconcelos hacia 1929— el hecho es que infinidad de migrantes residentes en EUA reclaman la aprobación de un programa de legalización y la supresión de leyes punitivas, e incluso muchos de esos residentes legales suelen ser blanco injusto de la severidad de las normas vigentes.

“Traté de contenerles pero ya ve,
han dado con su paradero.
Estos son los pobres de los que le hablé”.

Blindar el imperio, crear una fortaleza ideal para que el mundo exterior no ingrese, parece una quimera en los albores del siglo XXI. Independientemente de las culpas ajenas, deberá ese imperio asumir la suya: años de estrangulamiento y asfixia económica y política en el mundo periférico modificaron el rumbo de la pobreza —que cobró dimensiones medievales— multiplicaron el número de desplazados y refugiados del hambre y provocaron el fermento de criminalidad que, al igual que el terrorismo, aparece como un claro síntoma emergente de la imposición.

En tanto, el mundo amurallado contempla, azorado en su propio encierro, el avance de su criatura más incontenible y menos deseada.

“Disculpe el señor,
pero este asunto va de mal en peor”