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Unas horas en la cama

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Llegás antes que yo, eso ya es raro. Te parás en mi esquina sin carraspear. Pantalón. Chaquetita. Desbotonado, todo normal. Ahí nomás ves pasar al fanfarrón del barrio con tu próxima novia. A los besos. Pantalón negro. Suéter algo viejo. Galantería elongada, percha rotosa. Vos te decís —torcida la boca con ácido—, Zorra. Pateás una hojarasca, a falta de caja de vino en el hombro y facón en el cinturón de cuero. El viento te ignora y va a esconderse bajo el auto. “¡Qué va ser!”, otra cosa que decís. En las comisuras ubicás la saliva pegándose al bigotito, tierno y espeso, como manda el invierno. Hacés la media vuelta, la misma hojarasca. Zapato. Estás esperando que a las once te lleguen las ganas de irte. No hacés nada para detenerte. Tenés las bolas arrufianadas por el silencio. En casa dejaste las causas. Adentro sentís algo, algo, algo que te morterea el corazón, la panza, los genitales. No hay duda: estás perdido, hermano. Eso no espera a las once. Llega.

Veo que te arreglás, te estás preparando para algo. Anillo plata nueve cincuenta. Te lo tocás dándole vueltas así con el pulgar, hasta que te suda e hincha el dedo anular, hasta que te raspe y ya no lo puedas hacer más sin lastimarte. Portás la mirada estupidizante del gladiador rendido, la transitoria sabiduría de una gallina. Sabés que no es nada, porque nada va a pasarte, lo sabés. Arriba: mirás al cielo. Pocas ideas. De pronto te alborotás como si una nueva urgencia te estuviera avisando que te arponeará. Llega... llega... no. No pasa nada. Sacás un chispero negro y al vuelo encendés el cigarrillo, como esperanzado de picarte el alma con los suspiros chamuscados y ablandados por una coraza de humo. Sin carraspear aún, para que la puerca vida se pinte de gris y no joda más. Ya tanto no sé. Pero lo aparentás con dulce éxito. No lo sé. Lo adivino —te confieso.

Pantalones caqui. Con costo me mirás la falda. Las tetas nada, como si no estuvieran. En realidad no mirás nada: ni siquiera la carne dentro de esta manzana —mordida— te puede ya salvar de tu infierno. Fumás con la velocidad de una venganza que presiento casi propia. Espiás un bus que pasa. Te mirás mirado. Te da placer. Ese placer te evade, radiándose a los otros animales de la calle. Perro. Paloma castilla. Perro. Lagartijón. Semáforo. Ahora chica con el pantalón carcomido en el talón. Campera German, culo talla seis. Te abrís un nuevo paquete para brindar por el espectáculo. Paquete Francis rojo, porque sos hombre. “La encarnación del gran tuleque”, ese fue el piropo que se te ocurrió. El gran tuleque. Algodonosa muletilla por donde se te mire. Jodido. Con razón estás solo.

Roído por el colmillo de la noche. Es ruda esa amargura. Si así sobrevivís todos los días, sos mi héroe. Más todavía: sos mi artista. Ludópata a fuerza de la naturaleza. ¿Qué te enojaría más que te dijera en este momento: que ya te amo o que ya te odio? Me tiento. Levás la cabeza. Anillo. Cultivás un silencio lampiño y seco. Por algún poro tapado sentís el instinto de platicar, te llamea el poro ese, te grita, querés hablar con alguien. Claro, yo te entiendo, flaco. Me gustaría entenderte. Miento: sí, te entiendo, pero solamente porque me importás bien poco. Nada. Un poco.

Sos de afuera, lo adivino, tu peinado lo promete. La calle se abarrota de signos que indican las once. Te decidís a irte. Por fin. Mal acompañarse es mejor que mal soledarse. No sabés estar solo, apuesto mi nombre por eso. Lo que buscás no está ni en el aire, ni en la arena, ni en la cama sucia ni en los libros, tampoco está en mi culo. Ni en el volcán. Aunque sí me mirás el culo, pero nada. Aburrido, ni orgasmo cortado, no alcanzás ni siquera la categoría de duda existencial. Tu sangre te calienta, sentís que por inteligencia un buen poema te va a suceder. El mejor poema que podemos escribir, el del epitafio. Te vas como media cuadra. Qué sabias son las mariconadas del destino. Pero no: volvés. No hay caso.

Retornás a tu asiento, acá, a pocos metros. Te está faltando el coraje para resolver tu soledad de la forma más fácil, poco a poco te vas llenando de medias mentiras, de ensoñaciones que solamente los magnates devoran, te embriagás de amores mancomunados y violentamente fofos. Pero no te das por vencido, entendés que sos una criatura hecha para podrirte soñando. ¿Qué soñarás? ¿Qué estarás soñando? Yo misma pagaría por ver eso. Ser soñada y que te sueñen. Soñar sin malabares, bañar las frugalidades del alma con las mejillas calientes, rosadas, la sonrisa bala en boca y las manos húmedas, una para la vida y otra para la muerte. Que en la calle escampe. Pero a vos te falta mucho. Necesitás un refugio, eso necesitás: un lugar donde sea imposible frustrarse, un refugio. Qué sexy que te queda el papel de odiador. Te vas levantando con el silencio rumiado, se ve que ya mascada la “zorra”. Ahora me querés hacer trampa mirándome por el rabo del ojo. Te irás. No te cuadra mucho el frío. No te queda bien el rezongo ni la escupida amarga, ni el puterío a Dios. Te alborotás, te llega... te llega. No. Manos sobre el pantalón. Limpiándose.

Taxi. Mañana no me encontrarás acá, ni sabrás que Claudia es mi nombre artístico. Tampoco tendrás los dineros para comprarme unas horas en la cama. Aunque los tuvieras, no te las vendería. Tu sangre me daría vergüenza. Tu saliva me engulliría en un agujero negro. Tus sueños me arruinarían. Tu semen me sabría a lava, magma, o cualquier otra cosa ignífera. Achicharrante. También tendría un miedo gordo de ser la odiada en un momento de amor. Llámale como vos quieras. Pero no. Yo no estoy con animales, sólo con cabrones. Vamos a fumar, si querés. Por separado. Vos acá, te dejo este espacio, te heredo este invierno hecho harén solitario, este latido en el plumaje, esta chanchita para que le pongás, allí sentado y ofuscado, todos los días unas moneditas al alma... Aunque no vengas más. Yo, desde otra vida, te hago el aguante. La barra brava. Lo sabés, lo adivinás, mis caderas lo prometen.

Te fuiste. Almorzando un carraspeo de seguro, con un churrasco encebollado entre medio. Comés porque soñás que comes para algo —al fin y al cabo, comés porque soñás. Así, de una vez por todas. Tus brazos alados, la boca seria, la lengua con olor a nicotina, un pf. Me mirás de reojo con una sorna incurable, pero no me importa porque eso ya es arañazo en saco roto. Tampoco me dirás puta, lo presiento. Ahí está. Espalda de camisa. Lejos con tus pasiones pírricas, envenenantes. Por fin. Te dejo. Pienso en todo lo que duró lo nuestro. Y ahora te pienso ya no más. Te beso con una profundidad que nunca puedo encontrar. Que vuelvas nunca. Y suerte, suerte, mucha suerte.