Letras
Crónicas de una escritora anunciada
Un cuento para el Gabo

Comparte este contenido con tus amigos

He visto un cadáver. Fue el primero que atravesó mis pensamientos, supongo que todos nos tenemos que estrenar en el arte de morir de alguna manera, en mi caso, tan inesperado como excitante. Eran los libros que lograba robar como ladrón en la noche durante mis años de escolar, que me convirtieron en la cómplice del crimen perfecto, y sin escrúpulos podía ser amante, asesina, vagabunda, abogada, monja, prostituta, hombre, mujer, niña; viajar, volar... Podían ser efectos de otra hojarasca, de otra historia tras historia de una biblioteca robada. Libros, terribles conspiradores que a través del tiempo penetraban en mi alma para llevarme a un viaje sin retorno.

Era el origen de una obsesión página tras página, pista tras pista; tenemos que salvar a esa víctima aunque entreguemos como rescate todas nuestras horas libres, o las usurpadas al sueño, a la intimidad del inodoro, a la maestra o al jefe. No exagero, antes de que muriera el anunciado candidato a occiso, hubo en mi vida unos ojos de perro azul mientras el olor de la guayaba me seducía a penetrar nuevamente aquella biblioteca, en el sótano del antiguo hogar de mis padres.

Me di cuenta de mi irremediable necesidad de escribir; fue un miércoles endomingado, no me importó que mis amigas me invitaran al día de damas del cine, con lo que me apasionan las películas desde pequeña, pero en ese momento tenía diecisiete años, con siete en el vicio de los mundos apalabrados, y es que los síndromes de abstinencia son como aquella carta que nunca llegó, como quedarnos abandonados, con el gallo de un hijo y no tener comida, sólo recuerdos en los bolsillos y sin dinero para comer, y concluir con la palabra mierda, pues como el coronel de las soledades hay tantos que no tienen quién les escriba. Yo seguía sin remedio hacia mi destino, decidí escribirle la carta al Coronel para que no se ahogara en la mierda (con la que el Gabo cierra ese libro), un sello y dirigida a Macondo, Colombia. Mi madre se rió con el sobre de vuelta “no such address”, claro, quizás Macondo no queda en Colombia, sino en la ciudad que nos habita tan cerquita que no nos damos cuenta.

El hombre iba a morir, y no lo podíamos evitar, tampoco se pudo evitar que el General envejeciera en su propio laberinto y maldijera a la vejez. La maestra seguía hablando de mecánica cuántica, de la raíz cúbica de A sobre B, y me quitó un papelito en el que le escribía a desgraciado Santiago Nasar, que abandonara el pueblo, que lo matarían. Ella se rió cuando vio aquel libro escondido bajo mi carpeta, pero me regañó y saqué mala nota en su clase.

Sí, es que todos sabían que moriría, como de costumbre, excepto él, que no guardaba memoria ni de sus putas tristes... y es que nosotros podemos ser una crónica dentro de una crónica como decía mi abuela Hortensia, la primera poeta de la familia. Y es que en la vida misma así como en los libros, nadie oyó nada, mucho menos vio. Tampoco les importó cuando el candidato a muerto salió con mejor ropa y su corbata morada. Murió como venganza. Terminé el libro y, como de costumbre, sigo otro y me sumerjo en esa pasión tan intensa como el primer amor, así como mi primera sorpresa ante el sexo masculino, fue el ahogado más hermoso y más dotado que unió a las mujeres del pueblo, consecuencia lógica comencé a escribir mis primeros cuentos y le hice una versión de la llegada de aquel hombre desde la playa de Piñones.

Definitivamente moriría otro personaje de otra historia y tendría que acudir nuevamente al depósito de sueños, que según el diccionario de la Academia de la Lengua se llama biblioteca. En fin, existía un brujo mayor que podía vivir más de cien años de soledad, en un mundo macondianamente maravilloso, pero no tan diferente de las historias que leía mi padre en el periódico, y que comentaba en voz alta cualquier domingo durante el desayuno. Le pregunté a mi progenitor, como perito siquiatra, cómo la abuela de Eréndira podía ser tan desalmada, siquiatra al fin, él me dijo que los libros me iban a enloquecer como don Quijote, además la casa de la vieja se quemó. Lo miré, con temor, él también tenía la marca del lector empedernido. Sin embargo, mi padre no entendió demasiado el camino que tomé, fueron muchos los culpables de que no estudiara leyes, demasiados abogados en la familia, pero muchos más libros.

Comenzaba a independizarme, ¿sería posible un amor durante los tiempos del cólera? Llegaba el fin de las páginas y temía lo peor, que el amor no triunfara, que la familia Buendía llegara a quedarse sin descendencia, y que el pobre Santiago muriera sin que nadie le avisara. Recordé aquel día cuando al terminar una lectura escuché una detonación, sí era un disparo. Sentí que el corazón se me salía del pecho y tuve que salir de mi casa al umbral de la madrugada mientras todos dormían.

¿Y si ya estaba muerto? No era otro libro de García Márquez. Abrí la puerta y salí entre el concierto de coquíes, me encontré bajo una lluvia de palomas, la calle runruneaba a coro con mis pisadas. Sentí un poco de vértigo, pero corrí hacia el final de la calle de donde creí provenían unas voces. Doblé la esquina y las palomas se convertían en flores muy hermosas, según llegaba a la casa de doña Úrsula. Sentí una alegría que comencé a olvidar mis preocupaciones. Llegué frente a la señora que estaba sentada en una mecedora con un bebito muy tierno y acerqué mi mano para acariciarlo, me dijo mamá y sentí unas fuertes palpitaciones. ¿Cómo?, pregunté. Doña Úrsula ahora tenía mi rostro, pero no el de veinte años que tenía al salir de casa, sino en los treinta pasados como mi presente. Tengo tu clave, pídeme tres deseos, y luego regresa a la lectura, dijo y no la vi más, sino con el pasar de los años frente al espejo.

Los deseos como los sueños siempre deben estar cargados de esperanza. Regresé a casa y mi hermano me contó que la vecina llevaba cuatro días comiendo tierra porque le dijeron que curaba el mal de amores, su novio la había dejado y ella no volvió a vestirse de otro color que no fuese violeta. Han pasado veinte años y sigue vistiendo del mismo color y yo tuve un hijo muy hermoso al que le encanta escuchar los cuentos de la familia y del vecindario.

Hace tiempo que dejé el pueblo y la lluvia de palomas y pétalos sólo fue reseñada en un periódico universitario. Fui yo quien la presenté, pero no la reconocieron como noticia, al menos me otorgaron mi primer premio como cuentista. Luego del asesinato de Santiago, el patriarca se quedara en su otoño, la abuela desalmada dejara de maltratar y prostituir a la Eréndira... ¿Qué hicieron las mujeres de aquel pueblo con el ahogado bien dotado? ¿Llegó la carta del Coronel? La muerte real y la maravillosa, la magia se funde con lo cotidiano, así en la vida como en los libros. Sí, el Gabo fue uno de los culpables como tantos otros escritores de que, además de estar sentada frente a una computadora todo el día, en un empleo drenante, pueda volar y ser cómplice de tantos mundos apalabrados como de la vida misma.