Artículos y reportajes
Escribir sobre un libro de oro

Biblioteca Mazarina (París). Fotografía de Ludovic Maisant

Comparte este contenido con tus amigos

Lo más globalizado que puede existir en esta vida es la lectura y con ella, el libro. Como el amor, la vida y la muerte, el libro aparece como objeto universalmente contenido en todos los pueblos. Antes se los usaba para actos trascendentes, como los hechizos, las maldiciones, la transmigración de las almas o para servir de escudo ante la arremetida de los bárbaros. Sobre esto último quisiera detenerme en mi reflexión. En la Venecia de finales del seiscientos, Alessandro Marcello, ese exquisito músico de los cantos celestiales con el oboe, describe en su soledad la gran pasión que le producía contemplar la laguna y el Gran Canal de su adorada y Serenísima Venecia, después de leer un libro. Y es que la lectura actúa como escudo ante la permanente arremetida de los bárbaros y la barbarie, llamada ahora mal gusto. Porque de mal gusto está hecho el mundo. Por eso existen los libros, entre otras cosas, para conjurar tanta banalidad, trivialidad. Ellos se desprenden de la misma savia del árbol cósmico o axel mundi. Liber, corteza de árbol, fue el soporte que usó el hombre para pasar de la liber menti u oralidad a una más amplia memoria, como lo es el libro: sea éste inicialmente escrito en piedra, arcilla, papiro o en plástico u hologramas de la era actual. Así las cosas, el libro siempre ha sido un aliado nuestro en la defensa contra los bárbaros, esos seres ajenos, extraños, extranjeros que merodean a nuestro alrededor y constantemente nos intimidan, nos acechan y buscan destruir el vínculo original entre nosotros y lo más íntimo que tenemos: el lenguaje hecho texto.

Por eso los libros se deben sentir. Al abrirlos se nos abre a la vez un mundo donde el Otro nos revela su intimidad. Esa aproximación, ese rozarse las puntas de los dedos implica una manera de comunicarnos desde el ser que subyace en cada uno: y es la monologización, más que el diálogo, lo que permite, a través del silencio activo de la lectura, alcanzar la plenitud de penetrar los espacios donde un autor nos habla y nos revela otros mundos, otros universos, siempre en estructuras metafóricas, lo que antecede a lo más trascendente, esa oculta permanencia donde lo barbárico no tiene asidero ni se practica la miseria de la mezquindad de las lecturas triviales, enajenantes y que mutilan el alma. Por eso también se hace imprescindible regresar a las primeras lecturas y al primer libro que todos hemos de alguna manera leído: el libro de la vida; sus contornos, sus bordes, sus olores, sabores, sonidos y colores, junto con las formas infinitas que paulatinamente hemos incorporado a nuestra experiencia lectora. Es la vida misma y el mundo el libro más intenso que leemos todos. Esos códigos son la esencia que posteriormente nos posibilita adentrarnos en las particularidades de los libros que encontramos en la ruta de nuestra andanza vital y que ya no nos permiten ser iguales al semejante ni menos bárbaros.

Recuerdo mis primeros libros y también dónde estaban. En la Venezuela de inicios de los años sesenta, cuando las persecuciones políticas arrasaban cuanto hogar se decía de avanzada, la policía política de aquellos años llegaba a mi casa pasadas siempre la medianoche y entre empujones a mis padres e insultos a mis hermanas, nos interrogaban para que entregáramos a mis dos hermanos que estaban militando en grupos subversivos. Luego venía la requisa junto con las torpezas mientras destrozaban nuestros muebles y los bienes más preciados: los libros. Así, entre lágrimas de un niño de apenas siete años, vi cómo se llevaban mi libro marrón donde estaban las historias de la cucarachita Martínez y el ratón Pérez, también los libros sobre filosofía y hasta fotografías, libros de arte, de cocina y la misma Biblia. Por eso, antes de que llegaran esos bárbaros, pues nos íbamos al patio y hacíamos huecos para después enterrar, en bolsas de plástico, nuestros libros. Después que los bárbaros se iban, por la mañana me dedicaba a desenterrar los libros. Así conocí a Kafka, a Rilke, el bello título Así se templó el acero, El principito, La madre, de Gorki. Los limpiaba con cuidado y reverencia. Y también los leía con avidez, en mi ingenuidad por creer que eran amigos de mis hermanos y también clandestinos como ellos. Por eso cuando leo un libro en mí se despierta una íntima gratitud de existencia, un agradecimiento por la compañía que dieron a mi niñez, y por acompañarme también en mis silencios. Leer libros es la experiencia más globalizadora que pueda existir. Porque el libro no tiene fronteras. Él establece sus propios límites. El libro escapa a cualquier alcabala donde los bárbaros se esconden. Allí hay un discurso de la intimidad del ser. Hay una pasión que se desborda y construye redes de redes donde transitamos junto con personajes, tanto de carne y hueso como aquellos tan importantes y trascendentes, como una simple hoja, o un cocuyo. Es esa luz que viene del fondo, esa voz que habla nuestro anhelo de real y verdadera libertad. Y esa libertad está más dentro de nosotros, en la amplitud de nuestro lenguaje, que en los límites físicos de una frontera regional, nacional o internacional.

Alessandro Marcello para mí seguirá en su mirada silente frente al Gran Canal de su Serenísima Venecia, en los atardeceres donde el sol se enrojece y se oculta. Quizá escuche en ese silencio el adagio para oboe mientras lee la tarde de su amada città. En un libro de oro quedaron grabados los nombres de quienes fundaron la que una vez fue la Serenísima República de Venecia. Y en los acordes de su concierto se continúan escuchando las voces de esos personajes que viven y espantan bárbaros...