Editorial
El idioma que vendrá

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La ciudad colombiana de Cartagena de Indias fue durante los últimos días de marzo el foco de atención del mundo hispanoparlante, al albergar dentro de sus pretéritas murallas el más importante evento relacionado con el idioma que compartimos más de cuatrocientos millones de personas. El mismo idioma que ha deslumbrado a la humanidad en esa larga elipsis que tiene en sus extremos al Caballero de la Triste Figura y al coronel Aureliano Buendía.

El IV Congreso Internacional de la Lengua Española sirvió para apreciar la fuerza con que se mantiene vivo nuestro más importante medio de expresión. Una corroboración que no estuvo exenta, como es natural, de visos apocalípticos, pues entre los muchos temas analizados en el congreso se encontraba el siempre vigente de la batalla que libra nuestro idioma por conquistar nuevos territorios. La influencia del español en Estados Unidos, la interacción con otros idiomas, la hibridación que representa el fenómeno del spanglish, el 4,5% que ocupa el español en la torta de Internet, fueron algunos de los debates planteados en días recientes en Cartagena.

Una de las preocupaciones expresadas en el congreso se refería a la escasa participación del español en el ámbito de la ciencia y la técnica. No es un hecho que se haya constatado ayer nomás. En el primer congreso, celebrado en Sevilla hace ya quince años, el narrador y ensayista Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón, citaba un estudio realizado en 1989 por el investigador Brian McCallen, referido a la lengua inglesa como mercancía mundial: “Más del 60% de los científicos de todo el mundo puede leer inglés”, explicaba De Mora-Figueroa citando a McCallen, “el 70% de todo el correo va escrito en inglés y el 80% de la información almacenada en todos los sistemas electrónicos está en inglés”. Es posible que la proporción no haya variado mucho desde entonces.

La razón por la que este tema preocupa a los académicos es que la participación de nuestra lengua en el escenario tecnológico podría ser un indicador de desarrollo económico. Es económica, desde luego, la fuente del entusiasmo demostrado por César Antonio Molina, director del Cervantes, cuando en una declaración a la prensa aplaudía el hecho de que Chelsea, la hija del ex presidente estadounidense Bill Clinton, leyera a García Márquez en español —algo que a más de un “patriota lingüístico” le habrá parecido un exceso de parte de Molina.

La desventaja del español ante el inglés tiene muchas causas —se ha mencionado en diversas oportunidades, por ejemplo, la capacidad de esa lengua para resumir extensos contenidos semánticos en vocablos diminutos. Álvaro Marchesi, secretario general de la OEI, hacía hincapié, en el panel dedicado a este tema, en que la escasa presencia del español en tales ámbitos tiene que ver con el bajo nivel educativo de la mayor parte de la población hispanoparlante, así como con el escaso apoyo de las instituciones públicas y privadas al desarrollo científico.

En la misma tónica fluyeron las críticas al español hablado en la red, un tema que siempre convoca pasiones encontradas. Para José Luis Barcia, director de la Academia Argentina de Letras, los jóvenes de hoy escriben más que nunca, pero lo hacen como una mona. Lo cual no deja de ser cierto, pero quizás haya que empezar a considerar que, como todo idioma, el nuestro está en constante evolución y, para mal o para bien, la escritura de mona sea una de las variables incidentes en su propio proceso evolutivo.

No hay que olvidar, por ejemplo, que el fenómeno no es exclusivo de nuestra lengua. Aunque en el ámbito hispanoparlante suele atribuírsele a la masificación del teléfono celular, en inglés es incluso anterior. Con la llegada de estos aparatos se le ha dado el nombre de SMS language, y ha tenido otras denominaciones anteriores como chatspeak o Internet slang. Existe hasta un código, una suerte de seudolenguaje, el l337, que sustituye letras por símbolos y surte un tipo de comunicación muy específica para comunidades informáticas. Fenómenos similares también existen en otras lenguas, como el ruso y el francés. En el mismo foro del congreso, el investigador mexicano Raúl Ávila se sitúa al otro extremo de la discusión al proclamar que el español vivo es, justamente, el que usa la comunidad hispanoparlante para expresarse en Internet.

Una lengua no es un organismo estático e imperecedero y, con franqueza, en el pasado peores amenazas ha combatido este idioma nuestro pleno de eñes y haches. La academia no debe representar el papel de una Inquisición de la lengua, no tanto porque esto sea un despropósito, sino porque desgastará sus energías en intentar sofocar un proceso natural de la biología lingüística. Y, de cualquier manera, no es descabellado pensar que la mona acabe algún día escribiendo un sabroso clásico en un idioma brioso, incontenible.