Ya la peste no se toleraba. Era lógico: tres semanas sin la ducha diaria harían lo mismo en cualquier cuerpo.
Cuando la esposa lo mandó a bañarse con aquel carácter de ultimátum, Ildefonso no pudo sino aceptar, no sin antes refunfuñar con los dientes apretados, aunque a sabiendas de que esa reacción de malcriado era un reflejo de tantos años a todo lo que le decía la mujer, y no una negativa real a la orden dada.
Desde hacía algún tiempo atrás, Ildefonso había empezado a sentir algo muy raro cada vez que se disponía a su ducha diaria. Era muy tenue al principio; tanto, que él mismo no podía precisarlo. Sin embargo, a medida que empezaron los años a hacerse sentir y a manifestarse con todo su esplendor y sus miserias, la misma situación lo obligó a investigar de dónde le venía esa sensación tan desagradable que le ocupaba todo el pecho y la parte superior de las piernas, cada vez que se disponía a asearse.
Poco a poco fue descubriendo aquello que aterraba su ser hasta lo más profundo: era una fobia. Al menos así la definió el doctor, uno de tantos, de aquellos que ven la cabeza, o mejor cabría decir: la mente.
Dicho psicólogo en particular (cabe destacar que no había dinero para tratarse con un psiquiatra y esa fue la razón por la cual Ildefonso aceptó la oferta del orientador del liceo en donde estudiaba uno de sus sobrinos, y que resultó ser psicólogo) lo definió como una fobia, término que no le desagradó a Ildefonso ya que pensaba que, de tener algo, alguna patología, era mejor que fuera rimbombante, algo así como una fobia o un síndrome, sin importar el significado real de la palabra. Total, lo importante era el sonido de la misma y la prestancia que pudiera dar en algún momento en que se necesitara hacer referencia a dicha situación. Definitivamente, tener una fobia era más sonoro que un simple resfriado o alguna miserable y poca advertida alergia.
Efectivamente, después de hacer unas pruebas y someter al paciente a descifrar unos cuantos dibujos aleatorios y de total mal gusto, el diagnostico oficial del doctor fue: “Señor Ildefonso, usted lo que tiene es una fobia y de las buenas”.
Eso “de las buenas” le sonó muy extraño a Ildefonso, ya que no sabía qué era exactamente lo que quería decir el médico, debido obviamente, a lo ambigua de la expresión.
—¿Qué quiere decir exactamente con eso, doctor?
—Lo que le dije, joven, usted sufre una fobia muy fuerte que hay que tratarla con mucho cuidado.
—¿Fobia? y ¿qué cosa es eso?
—Bueno, no voy a explicarle con tecnicismos. Lo que importa, en todo caso, es que usted padece de un temor, un pánico, un terror desmedido a una cosa muy común, de uso diario, y necesito saber por qué.
Ya Ildefonso se había empezado a dejar caer de la silla, escurriéndose muy poco a poco, como hacía siempre en los momentos de angustia. Quedó casi al borde de la misma, a milímetros de caerse. Allí, preguntó de nuevo:
—Doctor, pero, ¿es definitivo el diagnóstico? —siempre supuso que era eso a lo que le temía, pero la confirmación científica le impactó de gran manera.
—Sin lugar a dudas, joven.
En el camino hasta su casa, no recordaba con exactitud lo que el doctor le había dicho, mucho menos el tratamiento. Todo eso había pasado a un segundo plano cuando por dentro, en todo su pecho y la parte superior de las piernas, le había empezado un cosquilleo y una sensación de vacío que eran las típicas señales del pánico que estaba a segundos de distancia. Como una migraña amenazante, cuando la cavidad de su pecho y la sección entre las rodillas y las ingles se llenaban de aquella ansiedad que tanto conocía, la inminencia del ataque de pavor era indiscutible y casi siempre imparable.
Cuando llegó a su casa la mujer estaba en la cocina preparando el almuerzo, que evidentemente, por el olor, sin lugar a equívocos, era un arroz con pollo, y si todo salía como lo había previsto la hacendosa esposa, quedaría de concurso gastronómico. Ildefonso atravesó la sala a paso redoblado, muy similar a aquel de los que practican caminata olímpica.
Durante el trayecto desde la oficina de orientación del liceo “Teófilo Gallo” hasta su hogar, Ildefonso no había hecho otra cosa sino pensar en lo que venía, ya que el diagnostico que le había dado el galeno se mezclaba como agua y harina con el ultimátum que le profirió la esposa y el resultado era una ansiedad y un miedo tan poderoso como su misma fobia.
En el momento en que cruzaba el umbral de la sala y se dirigía al baño, la mujer se percató de su presencia y sin volver su mirada hacia él, concentrada en una masa amorfa de color amarillo ocre que batía afanosamente, le dijo con tono neutral pero muy firme: “Ya sabes lo que te dije. No quiero sorpresas”.
Ildefonso, mientras salía del umbral de la sala, oyó las palabras que su esposa vomitaba y más que las palabras, el tono y la intención con la que su propia mujer lo había puesto entre la espada y la pared. Hizo caso omiso a lo que acababa de oír y con el mismo impulso que traía, siguió hacia lo que podría ser su destino final.
Era definitivo, tenía que superar ese miedo o mejor dicho, esa fobia, porque de lo contrario no podría seguir con Julieta, su mujer, la que lo amaba o al menos pretendía hacerlo. Alguna vez oyó que los miedos había que enfrentarlos, ya que era la única manera de vencerlos y eso precisamente es lo que Ildefonso se disponía a hacer: enfrentar su mayor miedo, su terror, su pánico paralizante, su fobia.
Abrió el baño y allí estaba, escondido tras la cortina pero latente, como siempre, como todos estos años. Ildefonso se quitó la ropa lentamente pero no tanto, lo suficiente como para asimilar el proceso y a la vez, darle un toque masoquista a todo el ceremonial.
Al cabo de un rato, se encontraba como su madre lo había parido, aunque sin los cuatro dientes con que nació, según cuenta su madre, ya que en aquel accidente en la playa, los cuatro dientes frontales, dos arriba y dos abajo, le salieran volando de la boca de la manera más diáfana y limpia. Desde ese entonces, maldijo el haber nacido con esos cuatro dientes ya que según él, esa era una maldición que había heredado de uno de sus ancestros españoles y que por alguna razón que aún desconoce la familia, lo odiaba a muerte.
Ya completa y antiestéticamente desnudo, pensó unos minutos antes de hacer lo que tenía que cumplir, meditó en aquellas sabias palabras, aquellas de enfrentar los miedos para vencerlos y empezó lo que se podría llamar: el comienzo del fin.
Con el marco del desorden hecho por la ropa en el piso, los zapatos y la camisa en frontal desafío a la estética, junto a los pantalones, las medias, el reloj y un par de papelitos doblados y olvidados en uno de los bolsillos del pantalón, Ildefonso abrió ambas llaves del agua para enfrentar el miedo de su vida, al menos con agua tibia. Al calentarse el agua lo suficiente como para desplumar a cualquier ave comestible en vísperas de banquete, ingreso a la ducha. Empezó a empaparse rápidamente. Con la misma vehemencia con que se mojaba, se enjabonaba todo el cuerpo, tan rápido como podían sus manos, todo con el fin de salvar esa prueba y dominar de una vez por todas ese pánico que lo perseguía desde hacía un largo tiempo y fue allí donde empezó el infierno. No podía ser en otro momento, tenía que ser cuando el jabón chorreaba por todo el cuerpo, en que la maldición que lo había atormentado desde hacía tantos años y que poco a poco había ido en aumento hasta llegar a ese punto determinante se hizo manifiesta, y pasó lo que Ildefonso jamás pensó que sucedería a pesar de la lucha que estaba dispuesto a dar.
Poco a poco, mientras trataba de ver en los pocos momentos que el agua dejaba un haz de visibilidad mientras caía a raudales por su cara, Ildefonso vio con pánico cómo sus pies se derretían y se iban colando a través del drenaje, poco a poco al principio y con más velocidad a medida que avanzaban los segundos.
Eran curiosas las formas que se dibujaban con la mezcla de la mugre que salía del cuerpo de Ildefonso, la sangre que brotaba de sus extremidades y por supuesto el jabón. Las tres sustancias, sumadas al giro natural de los líquidos que se descartan por los drenajes, hacían las combinaciones visuales más excéntricas que Ildefonso hubiese podido ver en circunstancia alguna. A pesar de lo que pasaba, no sentía dolor, aunque el vacío maligno había empezado a ocuparle las entrañas. Poco a poco, la ansiedad se multiplicaba y ya Ildefonso iba por la mitad de los muslos. La combinación de sustancias era aun más fuerte ya que la masa de los pies, que fue lo primero que Ildefonso vio desaparecer por el desagüe, es mucho menor que la masa de los muslos. Poco a poco, la maligna y furtiva succión estaba llegando a la cadera y fue allí que Ildefonso pensó por primera vez que moriría si no hacía algo.
Demasiado tarde, mientras pensaba en lo que pudiera hacer para salir de ese húmedo y extraño atolladero, ya el drenaje se había tragado hasta la mitad del pecho, e Ildefonso no sólo estaba mudo de la impresión sino que allí se dio cuenta de que, a pesar de que el dolor empezaba a merodear la escena, estaba venciendo el miedo al drenaje del baño, y justo cuando se disponía a gritarle a Julieta, su mujer, la buena noticia, terminó de sucumbir la cabeza entera a través del desagüe de la ducha, dejando una pasta multicolor, llena de pelos, alrededor del pequeño hoyo de metal que instantes antes había engullido completamente a Ildefonso.
Julieta no se molestó en avisarle a su marido que la comida estaba lista, ya que según ella el olor a arroz con pollo sería suficiente para atraerlo a la mesa como mosca hambrienta, pero, en vista de su ausencia, se acercó hasta el baño y al ver la puerta abierta, entró llamándolo: “Ildefonso, Ildefonso, ¿Dónde te has metido?”.