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Simón BolívarHerederos de Bolívar y Santander

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Al final de las guerras son célebres las ejecuciones análogas a la de Saddam Hussein, recibiendo los asesinos trato de héroes. Mark David Chapman mató a tiros a un hombre el 8 de diciembre de 1980 y aún permanece detenido: le dio fin a la vida del líder del cuarteto de Liverpool. Fue condenado a 20 años de prisión; no obstante, por la gravedad del delito y su poca rehabilitación no se le ha concedido la libertad. Chapman amó tanto a su dios John Lennon que encontró motivos para cometer el crimen. Pero la historia del resto del mundo y la de América Latina son muy distintas.

En Colombia la generación de la Independencia, famosa por haberle brindado la libertad a un pueblo, si libertad es cambiar de imperio dominante, pasando del español al inglés y de éste al norteamericano, cometió sangrientos crímenes: a los 35 años Simón Bolívar había dado la orden de asesinar a 800 prisioneros españoles; Francisco de Paula Santander en la batalla de Boyacá le dio fin a la vida de quienes se rendían, en nombre de la libertad y la democracia. Para honrarlos por tan valerosas gestas punibles, varios monumentos, inclusive la plaza y el principal parque de Bogotá, llevan el nombre del primer presidente del país, y la escuela donde se preparan los oficiales de policía recuerda al general Santander.

Dos siglos después un hombre ha confesado haber asesinado a 336 personas con lista en mano —pueden ser más—; confesó haber planeado algunas de estas ejecuciones con miembros de las fuerzas militares y altos funcionarios del Estado. El hombre es un importante ganadero de la costa atlántica que hasta hace menos de 4 meses disponía de protección militar y se movía por el país como cualquier ciudadano con los recursos para hacerlo, sólo que a él lo manteníamos con los impuestos los ciudadanos de bien, dentro del proceso de paz con los paramilitares. El jefe paramilitar Salvatore Mancuso está confesando sus delitos dentro del proceso de Justicia y Paz que han negociado las Autodefensas Unidas de Colombia con el gobierno nacional, con la tranquilidad de quien obtendrá como máximo 8 años de prisión en el peor de los casos.

Mancuso, Jorge 40, Ernesto Báez y los demás miembros de la cúpula de los paramilitares han cometido espeluznantes crímenes de lesa humanidad en venganza por los abusos de los que han sido objeto de parte de las guerrillas, en nombre de la economía de sus patrocinadores y de sus propias finanzas. Están cumpliendo con uno de los requisitos que el propio gobierno puso para el proceso de paz: la confesión de los delitos cometidos. Lo que no esperaban algunos funcionarios del gobierno es que lo fueran a realizar tan francamente, sin ambages, y personajes como el ministro del Interior y de Justicia Carlos Holguín sienten pavor ante las revelaciones, como el que teme ser delatado, y tildó a Mancuso de mentiroso.

Un hombre violó y asesinó sistemáticamente a 172 niños; la Fiscalía al computar el total de la condena de los casos en los que ya ha sido condenado computarizó un total de 1.853 años y 9 días. Sin embargo, Luis Alfredo Garavito, gracias a las laxas leyes nacionales, a la figura de unificación de penas, fue condenado a 23 años y no pagará más de 15 de prisión. Mark David Chapman cometió el error de acabar con la vida del más grande exponente del rock inglés en suelo norteamericano; si lo hubiese hecho en Cartagena, Bogotá o Gachetá gozaría de libertad hace mucho tiempo, gracias al trato preferencial que reciben los herederos de Bolívar y Santander por las leyes risibles hechas a la medida de la impunidad para un país de ángeles en el que los legisladores parecen no entender que esta guerra eterna, la principal herencia que recibimos al nacer, no terminará premiando a quienes a sangre y fuego imponen su poder y abren la puerta para que cualquiera delinca con la tranquilidad de saber que la justicia es para los de ruana y para los pendejos.