Letras
Dos relatos

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Geo

Toco tu piel, estás seca, enjuta, una áspera sonrisa atraviesa tu rostro de arcilla. Intento besarte para devolverte la brisa, pero me agota tu osario de arena y cal. Te estás muriendo, y yo aquí, en silencio, tosco y huraño ante la devastación.

Me dicen que soy culpable, que me bebí toda tu belleza a borbotones intensos de lujuria, que te escancié sin hartazgo ni mesura, que tomé tu riqueza prístina desde las entrañas mismas de tus venas.

Y sí, es posible que sea yo responsable de la presente mutilación de tu belleza húmeda y acuática, que mis años de irreverencia te hayan finalmente estrechado y agostado hasta convertirte en lo que ahora miro con resignada angustia.

Sin embargo, no me culpes del todo, tú te entregaste sin condiciones y me dejaste poseer toda tu territorial belleza, cediste tus vírgenes manantiales a mi salvaje arresto de piraña, dejabas que talara tu selvática piel con certero abuso de confianza, que exprimiera tu goteante limo, tus termas abismales. Te otorgaste amante y satisfecha, me alegraste con monumentales senos perfilándose en el horizonte, me bebí todas tus lágrimas de miel, tus gotas de ambarino néctar. Te prodigaste en las noches de canto otróptero y luciérnagas al dracúleo habitante de las sombras. Te rendiste a mi mordida rapaz y a mis caricias de bestia, tomé todo lo tuyo con ignorante prepotencia: tus frutos de colores, tu mies, tus negras fosas de pedernal, tu paisaje feliz, tu pureza milenaria.

Luego, cautiva ya de mi destructivo abrazo me volví caprichoso y exigente con tus generosos dones, herencia de los dioses.

Mas luego, aunque ignorada, cuando yo emigré siguiendo la sirénea copla del asfalto, seguiste prodigando tus savias subterráneas.

Al final, cuando tus estertores me llamaron con telúrica tristeza, asistí a tu agonía todavía un poco escéptico. Hasta que sentí hambre y sed me di cuenta de la catástrofe.

Ahora te miro, toco tu piel y ya no me das nada, ya no puedes, aunque quieras. Tu muerte es inminente, durante años te he matado. Pero, me arrastras tras de ti en cumplimiento del destino que nos une, amantes milenarios engarzados en fatídica y parasitaria relación universal.

 

Flora

Flora nació de veintitrés años. Cuando la conocí llovía torrencialmente y lo primero que me llamó la atención fueron sus finos pies dentro de un par de zapatos que brillaban como dos enormes lágrimas. Nos refugiamos del aguacero bajo el mismo toldo azul con letras doradas anunciando el Café La-tinta. Un vestido verde con escote recatado y tela suave resbalaba por sus curvas, su cabello húmedo exhalaba una fragancia primaveral, en mitad de su pecho descansaba un dije de extraña forma. Con apacible sonrisa ella inició un comentario que habría de unirnos: ¡Cómo llueve!

Aquella cafetería y las doce de la noche inauguraron una serie de confidencias inconclusas que me llevaron a desear verla otra vez.

Los días de lluvia continuaron, los cafés y las citas. Me contaba tramos de su pasado, fragmentos que era necesario remendar, hilvanar, zurcir; costaba trabajo admitir que le hubieran pasado tantas cosas a una mujer de su edad.

Luego de un mes ya no intenté ordenar el caos que planteaban su etapa licenciosa, su encierro en el convento, un matrimonio fallido, el breve lapso de locura por seguir a un hombre casado, las escapadas al campo con un pintor, multitud de visitas a orfanatos y asilos, su carrera política, y otras situaciones extraordinarias, relatadas por ella, con tal veracidad y confianza que me hacían por un momento dudar, si no sería yo el que bien poco había vivido al presente.

Terminé por aceptarla, y comprendí que me eligió como auditorio de sus fantasías. Desde entonces la escuché seducido; sostenía atento sus miradas: de tristeza cuando evocaba en voz alta el episodio del poeta esquizofrénico que la amó hasta el suicidio; de arrogancia, si confesaba haber sido amante de un mafioso; o de inocente desamparo, ante la breve desgracia de su primer amor. Sus labios se abrían cuales pétalos en cada historia; era como mirar una flor surgir, albergar savia por unos minutos, y luego volverse polvo en el universo; y así, incansablemente, otra flor la sucedía siendo fugaz trono de una nueva existencia ficticia.

Asumí el riesgo de enamorarme, aunque yo no formara parte de ese torrente de evocaciones derramadas en el transcurrir de nuestras citas, siempre en el mismo café. Determiné al fin ser sólo un respetuoso espectador del entramado maravilloso, un testigo de sus pasos por aquellos parajes imaginarios que parecían dar sentido a su existencia.

Después del primer mes la besé. Ignoro a qué le sabría mi beso comparado con los labios del pintor que la sedujo en una isla desierta, ni sé si mis brazos la sostuvieron con el fervor que mostró aquel joven de quince años que ella inició en la pasión; pero sí vi su piel encrespada ante el hormigueo que la situó por unos instantes a mi lado: en sus ojos germinó una luz no incendiada antes por ninguna historia. Sentí que me miraba por primera vez. A partir de aquel beso, ese mismo día, le conté sobre mí. Ella, al escucharme, acomodaba su largo cabello a un lado y se acariciaba las puntas sin perder el hilo de mi confesión. Acabé de relatar en una cita la mayor parte de mi vida y un largo silencio nos recorrió a ambos. No hubo más palabras. Flora se levantó despacio, indicándome con un gesto mudo que me esperaba afuera.

Llamé al mesero y pagué la cuenta. Ella me tomó de la mano y caminamos largo rato por la noche hasta que llegamos a un edificio donde las ventanas, como rostros apiñados, mostraban su miseria. Mientras subíamos por las escaleras despostilladas y sucias, observé las puertas de las que nacían murmullos constantes, de seres grises. En el cuarto piso empecé a jadear un poco. Mi llave, torcida, entró con dificultades en la cerradura que se abrió para envolvernos dentro de cuatro paredes macilentas. Había pocas cosas: la cama, casi incrustada en la sala-comedor-cocina; una mesita con su lámpara, libros, y un montón de papeles regados junto a una máquina de escribir dormida. Cuando nos desnudamos el silencio fue total, sólo murmuraba extraños acertijos, desde una esquina, el pequeño refrigerador blanco. El infinito enmudeció para percibir el origen de nuestra historia. Pasamos de la tempestad a la calma, del jadeo al suspiro, de la risa a las lágrimas. Flora brillaba surgiendo en la oscuridad y se ofrecía cual corola silente.

Desde la profundidad de la noche un tecleo irrumpió junto con el grillar nocturno, su música rítmica me arrulló hasta que cerré los ojos colmado y satisfecho.

Al despertar, ella ya no estaba. La busqué desesperado; en cada rincón, por cada grieta; oculta, podría ser, en el rayo de luz que se colaba por la ventana, o entre los pliegues de la almohada. Finalmente, su voz etérea me llamó desde las letras que florecían en el papel junto a la máquina de escribir, ávidamente leí el último renglón...

En el vaso con agua turbia una flor languidece, sus pétalos caen irremisiblemente y niegan la eternidad...