Letras
El museo de las vírgenes

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La capilla de velas quedaba al lado de la puerta principal de la iglesia. Al ingresar no se podían distinguir ni la fuente de agua bendita que anunciaba el cartel de afuera, ni la gente que había ingresado antes que nosotros; sólo se observaban, apenas, el lento parpadear de pequeñas luces entre las sombras. En el interior, sobre una columna central de piedra a modo de mesa larga, se congregaban varias familias de velas, ya febriles por su reciente alumbramiento, ya diluidas e inclinadas unas a otras, lamentando sin remedio el resto de cera derretida entre sus pies. Un hombre taciturno, con espátula en mano, iba recogiendo estos últimos restos hacia los recovecos de la gran piedra. Nosotros pusimos también unas cuantas pensando en cada uno. Rezando también para que duren lo suficiente en su corta vida antes que sean arrasadas.

Había hecho el viaje con mi familia a Copacabana, más por el interés de ver el museo de la virgen —un amigo ya me había hablado de él— que por el espíritu religioso que significaba viajar a estos recodos olvidados del lago Titicaca. Por lo demás, el pueblo no estaba tan mal, ofrecía hoteles de hasta cuatro estrellas; una playa muy fría pero playa al fin, envidiable para cualquier ciudad altiplánica. En el día previo a nuestro regreso, luego de distraernos por la tarde con bicicletas, motocicletas y botes, los dejé para dirigirme hacia la iglesia. Compré un solo boleto para entrar al museo pues ellos tenían planeado comer esos raros platos de truchas y ancas de rana en el hotel. Acordamos vernos en la misa de las siete.

La iglesia a esa hora estaba desierta, ni una figura negra entre sus bancos, sólo se escuchaba el eco temeroso de mis pasos ante las miradas petrificadas de las estatuas. Al lado izquierdo del altar se abría un espacio, al fondo, una puerta. Un curita que atendía en un escritorio, con un acento ibérico y algo sorprendido, me dijo que esperara a otras personas para ingresar a la pinacoteca. Se dirigió a continuación hacia una de las puertas del lugar para desaparecer, no sin antes decirme que tomara asiento en una banca medieval. En realidad, el lugar y el hermano de la tercera orden —traía el lazo franciscano— que se había marchado tan sigilosamente, me habían recordado la novela El nombre de la rosa y me sentí estar esperando apreciar, no la parte perdida de La retórica, desde luego, pero por lo menos una reliquia antigua de libro.

En esas especulaciones estaba, cuando el eclesiástico retornó acompañado por un viejo de vestimenta humilde: era el taciturno de la capilla de velas. El primero me dijo que no se habían vendido más entradas que la mía, que el guía oficial del museo no estaba, pero que Don Lázaro me acompañaría con gusto, pues también antes había sido ése su oficio. Acepté pensando en una excursión más personalizada, además, al día siguiente no se atendía y yo ya me iba de regreso a La Paz. Don Lázaro, asintiendo condescendientemente, recibió unas llaves del hermano y unas palabras de advertencia en voz baja antes de despedirse. Mientras nos dirigíamos hacia una puerta de varias llaves, el anciano —no me parecía al verlo de lejos— me explicó que los devotos en domingos preferían visitar los tesoros de la virgen por las mañanas pues por las tardes ya estaban de regreso a la ciudad. Me dijo también que se me había permitido la entrada porque de lo contrario la virgen se enojaba. Noté un cierto desdén cuando se refirió al guía que usualmente cumplía funciones allí. Según él, no comprendía las historias de los regalos a la virgen y adolecía de falta de fe hacia los objetos sagrados.

Quisiera poder explicar las cosas que vi aquel atardecer, y, más que las cosas en sí, la especie de presencia que había detrás de las cosas: miradas, tanto de las imágenes en los cuadros como de los cristos y vírgenes, que parecían disimular así como volvías los ojos hacia ellos, inicios de susurros que desaparecían apenas prestabas oído. Pero creo que no sabré hacerlo. Por esos pasillos, entre la penumbra de las luces y los fondos más oscuros de las sombras, empecé a sentir una angustia que nada parecía justificar. Lo primero que hizo fue subir la palanca de electricidad, sin embargo las luces eran tenues. Nuestras sombras y las sombras de columnas, imágenes y adornos empezaron a danzar por las paredes. A mí me faltaban ojos para mirar. Me enseñó el gran cristo tallado en una sola pieza de marfil, al lado del cofre donde se guardaban los mantos donados a la virgen (los había programados para cada tres meses hasta el año 2067). En el mismo centro de la sala había una muñeca rubia regalada por la embajada sueca, sus pies estaban clavados en el suelo con un clavo en mitad de cada pie. “Si no la clavo, se cae...”, me dijo, y me dijo que me hablaba desde tan cerca para que ella no pudiese oír, porque no sabía que estuviera clavada por los pies. A la derecha, en hilera, estaban aquellas imágenes de la virgen que habían sido esculpidas mediocremente pues no se parecían a la única hecha por Tito Yupanqui. Me dijo que sólo ella podía estar en el altar y no aquí, que sólo ella estrenaba los mantos y podía retener a las víboras que yacían debajo de ella. Mientras las que yo miraba tan sólo eran para que salgan a las procesiones en las fiestas de la patrona. La primera tenía un manto blanco, bordado de perlas grises y flequillos dorados. Se acercó a ella y le besó la punta del manto y me dijo que también yo tenía que besarla y me la presentó como la segunda más bella luego de la del altar. Me ofreció la mano de esta virgen, no tuve más remedio que tocarla: la tenía como si fuera de hielo. Entonces me mandó a ver las demás, me explicó que ellas ya estaban cansadas pues querían que se las cambie aquellos mantos viejos.

Me enseñó unos cuadros majestuosos al otro lado, en uno de ellos unos angelitos renacentistas volaban alrededor de un sol y por encima estaban las deidades supremas, el caso es que me pareció que los tres ángeles me miraban y que el del centro, el que en el dibujo llevaba las cintas de terciopelo, se sonreía un poco.

Pasamos a otro pasillo. Caminábamos uno al lado del otro. Entonces vi en un atril una gran Biblia abierta de la que salían acartonadas hileras de tela coloridas y sucias, estaba escrita en latín, también con letras de colores. Me dispuse a hojearla, no alcancé a ver bien una ilustración que mostraba dos figuras sobre nubes mirando un círculo de sol rodeado por ángeles (el paraíso). No lo vi bien porque Don Lázaro, que se había alejado, me llamó y me dijo que anduviera con cuidado de no hacer ruido. Estaba limpiando candelabros, los había de muchos tipos, me preguntó si quisiera ayudarle, pues a veces no lo hacía bien y entonces las vírgenes se ponían intranquilas. Le dije que no tenía inconveniente, pero que pensaba irme ya porque... Me puso la mano sobre la boca con tal fuerza y furia que hasta que la levantó tuve el alma en vilo. Mi cuerpo también experimentó algo inexplicable. Tenía los ojos desorbitados y respiraba fatigosamente. “Usted es un bendito”, murmuraba, “un bendito, pero no sabe lo que se dice...”. Se calmó enseguida y me dijo que odiaba a las mujeres, en especial a la que colocaba flores en los altares. Con una voz que no era humana dijo que las vírgenes no eran malas; sí, tal vez había unas cuantas que renegaban de algo, pero que se les pasaba. Yo sobre la espalda y en voz muy baja le dije: “Vámonos”. “Sí”, me contestó, “vámonos, mañana me espera mucho trabajo”.

Me pareció interminable esa hora y media. No sé si fue un sueño, pero guardo el recuerdo de unas sombras difíciles de identificar que cambiaban de sitio sin que nunca lograse ver cómo se movían, de ruidos insólitos, gemidos ahogados, como si las cosas, santos y vírgenes, se me acercasen con la boca llena de palabras reprimidas, mordiéndose la lengua para no decirlas. Luego de salir, no hicimos comentarios sino hasta que llegó el momento de despedirnos. En la misa, me acoplé a mi familia un poco turbado. Me persigné con la mayor reverencia que pude, como si estuviera agradecido de haber sido salvado de que mi cuerpo se amontone con otros como resto en paz.

Mientras permanecíamos en misa, hubo tormenta y había llovido. Los adoquines de las calles brillaban por doquier, al llegar al hotel tuvimos que sacudir nuestros zapatos llenos de barro. Y yo, en mi interior, me sentía extraño, como si algo se me hubiera roto.