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El citatorio

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Nací en la Unión Soviética a principios de los años 60. Me imagino que todas las personas son marcadas por su nacionalidad, pero la mía determinó el rumbo que seguiría mi vida. Algunas personas dicen que fui increíblemente afortunado. Yo, por el contrario, pienso que tuve muy mala suerte. Un pequeño error dictaminó lo que sería el resto de mi vida.

Cuando tenía la corta edad de ocho meses recibí una citación para unirme al ejército. Mi abuela me estaba cuidando, como todos los días mientras mi madre salía a trabajar. Lo cierto es que tan pronto leyó la carta, mi abuela me cambió los pañales, me vistió con el abrigo más caliente que encontró, seguido de gorro, guantes y botitas. Hizo una pequeña maleta con pañales limpios y un cambio de ropa, y se encaminó a la oficina de reclutamiento, donde la citación decía que debía presentarme en 48 horas.

“Vengo a traer a mi nieto, Maksim Baikov, quien recibió un citatorio para unirse al ejército”, declaró mi abuela con la voz firme y la cara en alto. El oficial sentado detrás del escritorio no pronunció palabra, esperando que el tal señor Baikov se presentara ante él. Después de unos segundos de silencio, el oficial le preguntó a mi abuela dónde estaba su nieto y por qué no hablaba por sí mismo. “¡Pero si está aquí mismo, y si no habla, es porque aún no puede!”, le contestó mi abuela con total franqueza.

El oficial no podía creer sus ojos. “¿Me está diciendo que trae a este bebé para enlistarlo en el ejército?”.

“Por supuesto, recibí el citatorio esta mañana y es mi deber patriótico presentar a mi nieto”, decía mi abuela ante la mirada estupefacta del militar, “la Madre Rusia lo necesita”.

“Señora, debe haber sido un error. Por favor muéstreme el citatorio”. Mi abuela sacó la hoja de su bolso y se la entregó al hombre, quien desapareció detrás de una puerta con la enorme bandera roja con la hoz y el martillo dorados.

Al poco tiempo, el hombre volvió con cara de pocos amigos. “Puede quedarse tranquila, señora. El pequeño Maksim no tiene de qué preocuparse hasta que cumpla los 16 años. Entonces recibirá su citatorio”.

Mi abuela recibió la noticia del oficial con impavidez. Tomó el cochecito donde yo dormía inocentemente sin saber que mi futuro estaba siendo decidido y se fue a casa.

Desde ese entonces las cosas no volvieron a ser iguales. Mi abuela me cuidaba bien. A pesar de nuestra humildad, no recuerdo haber pasado hambre o frío, pero cada tarea la cumplía con una severidad absoluta. Carecía de cariño, ternura, afecto... casi como si tuviera miedo de encariñarse conmigo. Mi madre siempre estuvo ocupada con la emancipación femenina, el trabajo y su total devoción al partido comunista; nunca mostró demasiado interés en mí.

Y así las cosas, crecí privado de afecto, como tantos otros niños sin hogar de la Unión Soviética. La gran diferencia era que yo sí tenía familia. Una familia absolutamente dedicada a convertirme en un peón de la causa. Desde que tengo memoria, me estaban preparando para el día que llegaría mi citación para unirme al ejército. “Cuando cumplas 16 años, tendrás el honor de unirte al ejército y hacer algo por la patria”, me repetía mi abuela incansablemente.

Mi vida no era demasiado diferente a la de los demás. Mis amigos del instituto vivían en condiciones similares a la mía. El deber de las familias era criar a sus hijos en el código moral del comunismo. Cuidaban de nuestro desarrollo físico y nos instruían y preparaban para que fuéramos útiles a la sociedad. Del mismo modo, los institutos sólo se preocupaban por crear al “nuevo hombre soviético”.

En la escuela aprendí sobre el patriotismo soviético, la devoción a la Madre Rusia, a amar el trabajo, a ver la vida desde una perspectiva ateísta y la importancia de poner los intereses de la sociedad antes que los míos.

Y así, transcurrió el tiempo y llegó el día de mi decimosexto cumpleaños. La casa tenía una energía distinta aquella mañana. Casi como si todos esperáramos que ocurriera algo extraordinario, fuera de lo común, algo que le diera un poco de chispa a nuestras monótonas vidas. Saltábamos al menor ruido y nuestros ojos repasaban la puerta de la casa una y otra vez.

Transcurrió el día, dos días, una semana, tres semanas, y la citación no llegó. No sabía si sentir felicidad o decepción. Por un lado me estaba librando de la dura y peligrosa vida que enfrentaban los soldados en aquel entonces. Por otro lado, me sentía como un traicionero y un fracaso para mi familia. ¿Qué podía hacer? Decidí tomar el asunto entre mis manos. Me armé de valor y me presenté en la oficina de reclutamiento para enlistarme voluntariamente.

“Me llamo Maksim Baikov y vengo a enlistarme”, le dije al primer oficial que encontré. El militar me miró de arriba a abajo. Me pidió que me sentara y esperara un momento. Se retiró de su escritorio y a los minutos regresó con un fajo de papeles en la mano. “¿Cómo dijiste que te llamabas?”.

“Maksim Baikov”, le repetí, mientras el hombre no despegaba la mirada de los papeles que tenía enfrente. “Pues el único Maksim Baikov que aparece registrado ya cumplió el servicio militar hace unos dieciséis años”, me dijo finalmente el oficial.

Estupefacto y sin saber cómo reaccionar, di media vuelta y salí de aquel lugar. Caminé sin rumbo fijo un par de horas antes de regresar a mi casa. No sabía cómo enfrentar a mi abuela y a mi madre. Sabía que se sentirían decepcionadas.

Mi abuela lloró tres días seguidos, clamando que era una vergüenza para la Madre Rusia. Mi propia madre inmediatamente me consiguió un trabajo en una planta automotriz. Si no iba a cumplir mi deber patriótico de enlistarme en el ejército, lo menos que podía hacer era ser útil a la sociedad, insistía.

Pasaron los meses y los años monótonamente. Casi todos mis amigos estaban en la guerra soviética en Afganistán, en China o en Cuba. Los pocos que quedaban en Rusia, no podía verlos nunca debido a las largas horas de mi trabajo. Me sentía totalmente aislado e inútil, hasta que un día un par de años después recibí una postal de un amigo. La foto era una hermosa playa con arena blanca, agua cristalina, palmeras altas y frondosas, cielo azul. En la parte de atrás tres palabras: “Ven a Cuba”.

Desde que la Unión Soviética y Cuba se hicieran aliados, muchas personas se habían ido a la isla. Tenía varios amigos que vivían allá y nunca más había vuelto a saber de ellos. Suponía que eran felices allá, y ahora tenía prueba de ello. No tenía nada que perder. Mi madre seguía igual de ocupada con su devoción absoluta a la patria y mi abuela casi no me hablaba desde que me rechazaran en la oficina de reclutamiento.

En menos de un mes me encontraba en Cuba. Mi amigo Andrei me recibió en su humilde casa, donde vivía con su esposa cubana y dos niños. A pesar de la pobreza en la que vivían, siempre se escuchaba música y risas en la casa. Andrei trabajaba en un frigorífico y Carmen en el comedor de una fábrica. Entre los dos se apañaban para mantener a su familia. Andrei a veces vendía productos en el mercado negro, Carmen a veces traía un poco de arroz y frijoles de su trabajo, y así se las arreglaban. “Todo por culpa del bloqueo americano”, afirmaba Andrei.

Andrei me consiguió un empleo en un restaurante fregando platos y sirviendo mesas. Iba y venía todos los días con una bicicleta que me prestó Carmen, ya que ella tomaba la guagua para ir al trabajo. A los pocos días de mi llegada les anuncié que no quería seguir importunándolos y me iba de su casa, pero ellos insistieron en que me quedara. Con mi sueldo los podría ayudar un poco; no era mucho, pero cualquier cosa era bien recibida.

Los días pasaban y yo era inmensamente feliz. Me sentía liberado. Mi trabajo era humilde, pero estaba todo el día en contacto con gente diferente, gente conversadora y alegre, lo cual me dio la oportunidad de aprender mejor el idioma. Los días siempre estaban llenos de colores, sabores y olores. Había hecho muchos amigos y había una muchacha cubana que me tenía embelesado. Mi bicicleta me llevaba a donde yo quería. Los días siempre eran calurosos, perfectos para pasear por la playa en mis ratos libres. Todo era perfecto. No podía pedir más de la vida.

Hasta que algo lo cambio todo. Algo que habría de tener un impacto inconcebible en nuestras vidas. Se disolvió la Unión Soviética; y junto con ella, se acabó el apoyo financiero que le brindaba a la isla desde hacía más de 30 años. Esto significó una crisis muy fuerte para todos. La gente comenzó a irse de la isla, tratando de escapar de la total miseria en la que nos habíamos sumido. Se quebró la confianza de la gente. Confianza en nuestro estilo de vida, en nuestras ideologías. La Unión Soviética era nuestro modelo, el patrón a seguir, y ahora que ellos habían fracasado, ¿qué significaba para los demás?

La vida se hizo más dura que nunca. No teníamos que comer. Todos los días había que inventar algo nuevo. Resolver. Inventar y resolver. Para sobrevivir. Nos habíamos convertido en transgresores de la ley. Nos sentíamos en falta con la sociedad, ¿pero qué otra opción teníamos? Escapar.

Ya muchas personas habían dejado las costas de Cuba en barcos improvisados. A estas personas les llamaban balseros. Muchas de ellas habían desaparecido o muerto en busca de un futuro mejor, pero habían preferido arriesgarse que morir en Cuba. Empecé a averiguar cómo podía conseguir un par de puestos a bordo de una de estas balsas y a las pocas semanas me llegó la noticia de que al día siguiente saldría una pequeña embarcación con cuatro muchachos y que estaban dispuestos a llevar a dos personas más. Esa noche le conté todo a Lourdes, mi esposa desde hacía cinco años. Sin decir palabra, empacó algunas cosas en una pequeña bolsa y se arrodilló al borde de la cama a rezar.

Sólo le dijimos a la madre de Lourdes que nos íbamos de la isla. De otra forma, nos hubieran descubierto. Cuando llegamos al malecón, ya los muchachos estaban allí arreglando la balsa. Al ver cómo azotaba el oleaje y la diminuta balsa de confección casera con la que nos pretendíamos meter en alta mar, se me heló la sangre. Pero esta era la única opción que teníamos. El hastío, el cansancio y la desesperación de los últimos años nos habían llevado a este momento. A esta última esperanza.

La balsa de poliestireno apenas se mantenía a flote con el peso de nuestros seis cuerpos. Algunos de los muchachos habían traído imágenes de la Virgen de la Caridad para que los protegieran. Habían oído que la Virgen acompañaba a los balseros en su travesía. Estuvimos cuatro días en alta mar y ya al segundo día nos habíamos quedado sin agua y sin comida. Lourdes se encontraba muy mal. Estaba deshidratada y deliraba. El bote tenía un hueco en el fondo y tratábamos de sacar el agua con dos cacharros de aluminio. Hacía mal tiempo y el oleaje estaba muy fuerte. La balsa apenas se mantenía a flote y todos estábamos tumbados por la debilidad. En ese instante me pareció ver una imagen dibujada en las estrellas y sentí un frío terrible estremecer todo mi cuerpo. Mientras nos hundíamos hacia las profundidades del mar, recordé por una fracción de segundo ese citatorio errado que había escrito mi destino.