Letras
El malabarista

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Por fin descubrí mi vocación. Quería ser malabarista. Últimamente no hacía otra cosa más que eso. Juegos malabares. Desde que me levantaba hasta que volvía a la cama. Supongo que será difícil ganarse la vida con esto, pero quién dijo que la vida fuera fácil. Además, al final todo se reducía a una cuestión de suerte. El empeño, la tenacidad, el esfuerzo, servían de bien poco. En cambio, el azar, la fortuna y la casualidad, eran tres palabras a tener siempre en cuenta. La vida se podría resumir con aquella frase de: “Abran juego, amigos”.

La mayoría de los malabaristas solían jugar con bolos, antorchas o pelotas de goma. Sin embargo, yo lo hacía con ilusiones. Cada día pensaba en tres, las lanzaba al aire y les daba vueltas. Despacio. Con cuidado. No había que tener prisa. Podrían caer y romperse. Las ilusiones estaban hechas de un cristalito finísimo. Más de una vez intenté reconstruir alguna con cinta adhesiva, pero todo fue inútil. Una ilusión dañada era tan poca cosa.

Ayer fue uno de esos días donde las ilusiones entran en juego. Se me cayeron dos. Fue de aquellas cosas que uno no se espera. Yo estaba tan tranquilo, jugando con ellas. Dándoles vueltas en el aire. Las sentía rozar la palma de mis manos. Estaban vivas, bien alimentadas, y pronto se harían realidad. Porque ese era el fin de una ilusión. Tener vida propia, levantarse y caminar por sí misma. O al menos yo lo creía así.

Enfrente de mí tenía un espejo. Me miré en él y me sentí absurdo. Un treintañero movía las manos de forma circular, como si tuviera entre ellas pelotas de goma o cualquiera otra cosa. ¿Pero qué sabía aquel espejo? Sólo era eso, un espejo. Y yo era un tipo afortunado. ¡Tenía tres ilusiones en movimiento!

Justo debajo del espejo estaba mi escritorio. Un sonido agudo salió del ordenador y me indicó un nuevo mensaje recibido. Lo abrí y lo leí sin dejar de mover mis ilusiones. Era una alerta de trabajo. De una ETT. Estaban interesados en mí. Decían que estaba capacitado para su empresa, que necesitaban a alguien como yo, con mi formación académica y mi currículum. Me sentí bien y alcé mis ilusiones hacia el aire con más fuerza. Pero lo que leí era la letra grande. La pequeña decía que mi jornada laboral sería de diez horas y mi sueldo no llegaría a los 600 euros al mes.

De repente, perdí seguridad en mí mismo. Algo pasó en mis manos, en mi equilibrio. Fallé. El golpe fue durísimo. Una de las ilusiones se precipitó al vacío. Se partió por la mitad como si fuera un huevo de chocolate. Con sorpresa, eso sí. Apareció un título universitario grapado a una nómina con el salario mínimo y un montón de promesas de ascenso a base de horas y horas de dedicación a la empresa. Pisoteé aquella sorpresa y seguí con mis juegos malabares.

Me quedaban todavía dos ilusiones. Flotaban en el aire. Las lanzaba alto y seguían su curso, como un par de planetas en órbita. No me sentía en absoluto mal por haber perdido una ilusión. Todavía confiaba en mi suerte. En la probabilidad de lo improbable. De reojo miré hacia mi escritorio. Tenía la mesa llena de notas y de libros. Me había pasado la noche escribiendo. Llevaba entre manos una nueva novela. Estaba reescribiéndola. Retoques, andamios, cortar de aquí y pegar allá. Ya la daba casi por terminada. Es más, podía decir que ya estaba para enviarla a las editoriales. 365 folios listos para volar alto y lejos.

Solía mandar mis novelas mientras las depuraba. Así se abrían camino poco a poco. Harto ya de las negativas de las pequeñas editoriales, había enviado mi manuscrito a una grande. ¿Y por qué no? Si los pequeños no confiaban en mí, tal vez lo harían los grandes. De todas formas, por mucho que hiciera uno, todo se reducía a una confabulación de combinaciones. Uno debía encontrarse en el momento justo, a la hora justa y en la situación justa. O sea, pura suerte. Ni más ni menos.

Pero sí. Esta vez me iban a llamar. La novela se lo merecía. Llevaba intentado publicar desde hacía diez años. Cada año con un nuevo libro. Pero sólo recibía verdaderas maravillas de cartas diciéndome que no. ¿Por qué harán esas cartas tan bien escritas para decir que no les gusta tu novela? Podrían ahorrarse los halagos y publicar la obra. Que porque a ellos no les guste, no significa que no sea publicable. En el fondo, los editores se creen que saben, que tienen olfato para cazar nuevos autores. Y si no que se lo pregunten a las cuarenta editoriales que rechazaron el manuscrito de Harry Potter. ¡Menudo olfato tuvieron!

Al lado de la pantalla del ordenador, el contestador automático daba una señal roja. Mensaje. Sin perder el equilibrio, le di al play. Mis ilusiones hacían bucles en el aire. Preciosos arcos invisibles en esta mañana de abril. La voz del aparato sonaba metálica. Lejana. Mientras el hombre se presentaba, escuché el clic de un Zippo y una intensa calada. ¡Era el editor de una importante editorial! ¡Y me llamaba a mí! ¡Bien, bien, bien! Si te llamaban de una editorial era para decirte que sí. Que te publicaban. Que ya pertenecías a su catálogo de escritores. Todo lo contrario a cuando recibías una carta. Uno se acostumbraba ya a ellas. Me las sabía de memoria: Estimado autor: su novela es muy atractiva, pero no entra en nuestra línea editorial. Le agradecemos mucho que haya pensado en nosotros, y siga escribiendo, sus palabras tienen calidad. ¿Pero si mi novela es tan atractiva y tiene calidad, por qué no me la publican?, me preguntaba cada vez que leía aquellas cartas. En fin, misterios de las editoriales.

Esta vez no se trataba de una carta. Me llamaban de la editorial. Y eso, era por algo. Por una buena noticia ¿Por qué si no molestarse? Mientras pensaba en todas estas cosas, el mensaje ya había terminado y yo no lo había escuchado. Lo puse de nuevo. Me senté en la cama, mis manos dibujaban, incansablemente, círculos en el aire. Escuché con atención a partir del chasquido del encendedor y la calada: “Acabamos de leer su novela, Amor que vienes, amor que vas, y lo hemos hecho con suma atención. Lamentamos comunicarle que no nos ha gustado nada”. Al oír esto por poco se me fue al suelo una ilusión. Logré salvarla. Por los pelos. Seguí escuchando. “Por lo que su novela, sintiéndolo mucho, pasará al departamento de destrucción de manuscritos”.

Cuando el editor colgó el teléfono, una de las dos ilusiones cayó al vacío. Intenté salvarla pero las cosas cuando caen, caen. El suelo de la habitación se llenó de trocitos de papel. Tenía ante mis ojos mi novela triturada. Fue la última nevada de la primavera. Ya sólo me quedaba una ilusión. Y ésta no podía romperse. ¿Y por qué no? Las dos anteriores se habían roto. ¿Qué tenía ésta de especial? ¿Acaso era irrompible? No, seguro que no. Como las otras podía desaparecer en una décima de segundo. Por eso debía cuidarla, creer en ella hasta el final. Tenía entre mis manos una esperanza y no debía tocar el suelo. Ya había perdido suficientes sueños hoy. Un empleo y una novela. Que no era poco. Así que de momento di descanso a la suerte y guardé mi ilusión en el bolsillo.

 

Por la ventana entraba un olor a primavera. El sol de la tarde, rojo, como un picotazo en la piel de un bebé, avisaba de un bonito atardecer. Subí a la terraza del edificio. Descalzo. Tenía ganas de tomar el aire, de respirar. Eso de perder ilusiones, me agotaba. Menos mal que todavía me quedaba una. Me metí la mano en el bolsillo y sonreí.

Como cada atardecer, desde hacía un par de semanas, Julia estaba apoyada en el muro de su terraza. Salté varias separaciones y me acerqué a ella por detrás. El viento de poniente le mecía el pelo negro. Se lo enredaba con dulzura, suavemente. Puse mis labios muy cerca de su nuca, soplé. Se giró y me sonrió. En aquel momento me pareció de una belleza extraordinaria. Tal vez era así de bella, o quizá era mi deseo que la hacía más bella aun. Julia transmitía pasión, desenfreno, delirio. Era como las mujeres que salían en las novelas que yo escribía y luego me rechazaban y yo volvía a escribir y me volvían a rechazar. Julia era sensualidad en estado puro. Con su piel blanca, en la que como constelaciones lejanas, brillaban varios lunares en su pómulo derecho. Su boca era la perfección geométrica del deseo, con sus labios púrpuras, húmedos. Sus ojos eran marrones, profundos, inciertos, allí parecía esconderse el mayor de los misterios. Julia llevaba una blusa a medio abrochar. Miles de pecas nadaban en su escote y yo sólo pensaba en absorberlas con mi boca. Dos semanas había bastado para enamorarme de ella.

Aquella tarde había decidido pedirle una cita. Por un momento pensé en no hacerlo. Ese mismo día había perdido dos ilusiones y, seguramente, por probabilidad, ésta también saldría mal. Pero bueno, no todo iba a ser siempre mala suerte. Había que confiar en la posibilidad del cambio.

Me senté junto a ella. Con los hombros juntos mirábamos hacia el patio interior. Cientos de ventanas distribuidas en varias alturas. Al mirarnos nos deshacíamos en sonrisas. Sabía su nombre porque tenía en el cuello una cadenita de plata donde decía, entre violetas y amapolas, Julia. Más allá de eso, no sabía nada de ella. Salvo el sabor de su boca. Sabía a mandarina. Sentados en aquel muro compartíamos gajos, mientras un sol ya anaranjado bronceaba las paredes del patio interior. Después juntábamos las caras, las bocas, y nos besábamos hasta que aparecían las sombras de la noche.

Ninguno de los dos habló durante dos semanas. Pero hoy era el día. Todavía conservaba mi ilusión. Así que le rocé los labios, le acaricié la cara, la miré y le dije en un susurro:

—¿Te gustaría salir conmigo algún día?

—Me encantaría. Aunque no sé nada de ti. ¿Qué haces en la vida? —su pregunta sonó suave, dulce.

Recordé la ETT, la novela rechazada, los bucles en el aire. Y dije:

—Era malabarista de ilusiones —sin saber por qué hablé en pasado.

—¿De verdad? Vaya, me encanta. ¿Ya no lo eres?

—Bueno, en realidad no sé si lo sigo siendo. ¿Y tú, qué haces?

—Yo comía mandarinas al atardecer.

—¿Y no lo volverás a hacer?

—Creo que ya no.

Nos abrazamos entre risas. Sentí todo el calor de su cuerpo en mi piel. Me sentí feliz. Me había dicho que sí, que quería salir conmigo. Mientras la abrazaba, pensé que iba a echar de menos nuestras puestas de sol en el muro de su terraza, comiendo mandarinas y besándonos. Sin hablar. Sin conocernos. Sólo tocándonos, palpándonos, sin decirnos nada, saboreando el amor como dos sordomudos.

La vida iba a ser distinta a partir de ahora. Cuando se hace realidad una ilusión, uno deja atrás la ilusión. Entonces, adiós a los juegos malabares, adiós a los besos con sabor a mandarina.

Bienvenida a mi vida, Julia.