Letras
Dos hombres

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Un hombre. Otro hombre. Dos hombres que se miran y tratan de reconocerse, porque en otro lugar se han visto, pero no lo recuerdan. No pueden pronunciar las palabras adecuadas, las palabras que deberían decir.

(...Atardecer discreto,...)

¿Por qué el viento camina más despacio donde necesito más frescura?

¿Por qué entre la tierra suelta y el follaje?

Ella me seguirá esperando hasta que se le sequen los ojos, se le caigan de las cuencas y las abejas construyan un panal dentro de sus parpados. Ella seguirá esperando y no podré llegar: ella se morirá de la tristeza.

—Hey amigo, yo a usted lo conozco. Déme una moneda.

(...mueres ante la noche...)

Y sigo sintiendo cómo el calor me penetra despacio, como acariciando mis poros y mis vellos. Aquí no tengo mi aire ni mi abanico; mis hijos lo van a descomponer. Pero qué importa, de todos modos ya me han olvidado.

—Nada se olvida, hombre, yo no me olvido de su cara. ¡Vamos!, para el trago.

(...pisando al sol contigo,...)

Entonces Bernardo se despertó: ni duda había. Una terrible pesadilla, quizás, una visión inducida.

Su mujer, de buen cuerpo pero de extraña cara, ni siquiera lo sintió. Ella había tomado la insana costumbre de perturbarse por cualquier contratiempo de su esposo. Sólo en la cama no pareces mi madre, le decía Bernardo. Pero la soportaba, en verdad la amaba tanto como para cansarse de ella. No obstante, siempre se preguntaba en las tardes, cuando la traía a casa: ¿cómo había pasado por alto esas contorsiones naturales de su rostro?

No había en realidad contorsiones, era sólo uno de sus ojos que no miraba más que sombras.

(...adornando melancólico...)

Entonces el hombre desconocido despertó y supo que su destino se acercaba. O por lo menos, se le había anunciado.

La casucha de lámina tronó de repente. Su botella lo estaba mirando y el hombre desconocido tuvo ganas de llorar nada más de verla. Y no aguanto. A veces olvidaba el sentido de su nostalgia, y a veces la botella apachurraba sus recuerdos con fuerza. El desconocido tenía la manía de llenar siempre su misma botella. Así fuera leche, licor, agua, no importaba: siempre quería beber de ella.

Era su botella verde.

(...rojos entre...)

Esto siempre es oscuro, pero aquí puedo verlo todo como más detenidamente. Oigo el llanto y cada gimoteo se extiende en larguísimos acordes que no termino de escuchar. Oigo el llanto y es del más pequeño de mis hijos. Él ni siquiera me va a olvidar. Él sólo llora, y come.

—Mi madre siempre me pegaba cuando lloraba. Entonces me iba corriendo hasta la playa y me metía al agua. Quería morirme ahogado por una ola.

(...oscuros torbellinos;...)

Daría cualquier cosa por volver a estar aunque sea un minuto en mi casa. Quiero oler de nuevo cómo el pescado se va convirtiendo en caldo. Quiero oír de nuevo los gritos estridentes de los chiquitos. Quiero abrazar a mi esposa por la espalda y sentir que es otra y a la vez ella misma. Quiero que no me descubra y lance entonces un suspiro. Quiero verla con su vestido verde y su escote pronunciado. Quiero...

—Mi madre era una ramera. Sí, una verdadera prostituta que no le importaba que yo viera lo que hacía. Pero con eso me daba de comer. Cómo extraño sus guisados.

(...permite al mar...)

Bernardo descubrió en medio de la oscuridad que su mujer seguía oliendo tan rico como en la mañana y que podía recordar donde estaban los paquetes del día siguiente. Quiso pararse pero le zumbó el oído, así como cuando la infección de la tos entra hasta el tímpano. Entonces su mujer le tocó el brazo con su mano y él sintió que quería quedarse ahí con ella para siempre, aunque la cara se le cayera a pedazos.

Bernardo recordó cuando le dibujo a pluma un retrato a su mujer.

(...adentrarse en tu partida,...)

El hombre desconocido se paró del lecho, tuvo ganas de ir al baño, abrir el grifo y refrescarse las manos, la cara, la cabeza y la garganta. Pero en la casucha no había baño, ni grifo ni agua. Sólo había por todas partes olor a orines y a estiércol, y él a cada rato lo pisaba. Pero no importaba, el calor era como sus cobijas y quería salir al aire libre. Entonces la pierna se le falseó, y le dolió hasta el apellido. Se tiró de nuevo en el lecho y una corcholata le lastimó la espalda.

El hombre desconocido recordó que su madre se llamaba Virginia y le gustaba mucho el alcohol.

(...obligándolo inquieto,...)

Sólo manchas de tinta y sábanas suaves. El silencio lo corroe todo, lo abrasa y lo desvanece. No hay tregua para mi llanto, ni siquiera sé cómo se escucha. No veo las gotas, tal vez me lo imaginé.

—¿Y en qué estaba pensando usted?

(...lacerándolo...)

La termoeléctrica comenzó su llanto; lento es su principio y su final se llama estruendo. El hombre desconocido no se da cuenta dónde está, sólo sabe que debe apurar. Debe caminar más rápido, la oscuridad pronto cubrirá el cielo.

Y el chillido de la termoeléctrica sigue.

El hombre desconocido aprieta el paso, acelera. Tiene miedo, un miedo innombrable, el frío está con él y lo persigue. Siente que alguien camina a sus espaldas. Toma otro trago y continúa.

Ahí están las vías y ahí chilla con toda su fuerza el tren, pero el hombre desconocido sólo recuerda las naranjas de la canasta, recuerda la arena perdida y los tamales. El hombre desconocido no sabe nada de fotografía y tampoco voltea al cruzar los rieles.

De todos modos la termoeléctrica tronó con más fuerza atrás.

Todo fue rápido. Unos segundos apenas.

La fuerza del acero lo tocó en la zona trocantérea. Lo aplastó jalándolo con vigor las vértebras cervicales, y la inercia evitó que lo aventara por los aires. Quiso la suerte o el destino que la pierna izquierda se atorara en una de las ruedas, de tal forma, que se destrozó en el tercio superior de la tibia. El hueso largo tronó justo antes de que el peroné se desquebrajara también, con todo y músculo. Ya cuando la fuerza de la rueda inclinó lateralmente la pierna, los gemelos se seccionaron y con ellos un chorro de sangre de la vena y la arteria femorales culminó con la mutilación.

El resto del cuerpo fue zarandeado mortalmente entre los durmientes y las ruedas. Cuando la máquina se detuvo, lo encontraron bajo el cuarto vagón.

(...atroz....)

—Al parecer es un hombre de aproximadamente 30 años, no está identificado... sí, el maquinista, el nombre del maquinista es Carlos Gómez, a cargo de la máquina 3009...

Bernardo apagó la radio. Era tarde y tenía que salir cuanto antes, el nerviosismo lo recorría hasta los talones y meditaba a escondidas que sería mejor no ir, quedarse con su mujer y acariciarle los pequeños vellos de su pantorrilla, los tiernos vellos que lo volvían loco.

—Hijo, de todos modos vienes el domingo. Te voy a preparar un rico pozole...

Pero Bernardo no escuchó a su madre. Subió a la camioneta y arrancó. Se acomodó la camiseta amarilla y pisó el acelerador. Había algo en el aire que le causaba grandes náuseas.

Volteó y vio los paquetes, tuvo miedo. Sintió la cabeza pesada, los recuerdos le giraban en la mente: recordó el sexo con su mujer, el olor de los alambres del taller de su papá, escuchó el llanto de un niño, un niño que no era su propio hijo.

(...Para:...)

El piso lucia brillante y azulado. La limpieza no podía objetarse de ninguna manera. En los camarotes los cuerpos descansaban un sueño profundo y hasta podría decirse que sus ojos reflejaban la paz de sus sueños. El aire acondicionado batía con singular fuerza la atmósfera, tanto que contrastaba con las ligeras sábanas de los que estaban acostados.

—¿Número de expediente?

—6400705092005.

—Es éste. Lo trajeron a las veinte horas del día de ayer. Arrollado por una locomotora. Lo golpeó por la cadera. Una pierna arrancada desde la pantorrilla. Golpes contusos y traumatismos en la cabeza que le provocaron la muerte.

—¿Datos personales?

—No identificado. Tenía 30 años aproximadamente. Indigente.

—¿Y el 4721505092005?

—Aquí está. Aarón Bernardo Roza. Con 38 años de edad. Está bajo custodia policial.

—¿Qué le sucedió?

—Perforaciones craneales en la zona cigotomática con proyectiles del tipo AV2. La autopsia reveló afectaciones en el tronco encefálico, el cerebelo e interrupción de las funciones del bulbo raquídeo: una muerte instantánea. En palabras sencillas, recibió tres disparos cerca de la oreja. Lo trajeron aquí a las cuatro horas.

Entonces el forense y el policía se quedaron callados, recordaron al mismo tiempo que se habían visto antes en un cine. En una de esas películas sobre Irak. Y no pudieron decir las palabras adecuadas, tan sólo salieron del piso de autopsias lentamente.

Mientras tanto, afuera, mucho más allá de cien pasos, en la lejanía, las olas del mar rompían contra la costa en un discreto vaivén de amanecer.