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Poemas

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Poema indiferente

Te gustan los gatos de mi casa
El humo de mis cigarros
El azul de las mariposas del cuadro impresionista
Que compré en un parque de viajeros
Y música de Silvio y Pablo,
Es un parque Viejo, lleno de palomas y niños ambulantes
De mujeres vacías que se esconden de los faros
Con una gracia de serpientes
Y un dolor de despatriadas.
Te gusta el cuadro verde de orquídeas
El tazón de los remedios de mi abuelo
La foto de los generales golpistas,
el lienzo de la Gioconda desnuda en mi cuarto,
El fusil de tres tiempos de mi tío
Y el candil de la carreta del peón muerto en la madrugada.
Sabes todo eso se que te vuelve loca
Y te da aires de intelectual
Lo que no sé
Es cuál de mis fríos te provoca
dulcemente en la lluvia del año.


En la frontera

Mírenme estoy aquí
Qué les parecen mis ojos
Tengo la misma Mirada,
menos rebelde y más triste quizás,
la misma talla de ropa
Un par de aretes volteados
Unos lentes versace,
Unas botas de charro
Una colonia Antonio Banderas
Unas maletas pesadas
Un diccionario de inglés
Un estuche de cuero
Un cuaderno de poemas
Escritos en un otoño
Con la muerte de la rosas.
Vean estas manos golpeadas por algunos aguaceros
Llevo unas fotos de amigos extraños
Se me olvidaban también
Los chocolates que le compré a mi madre
Y unos juguetes rebajados de precio
Para los niños más tristes del mundo que viven en mi barrio.
Por mi destino no se preocupen
Estaré fuera de su frontera entre mojado...

 

Poemas confusos

Te escribo estos versos ahora, Irene
Antes que la ciudad me robe los ojos
Antes que se apoderen los guardias del parque
Antes que haya un decreto anti poesía
Antes que digan que se debe abandonar el amor
Por no ser bueno a los burócratas...
Cuando tengas hambre recurre a ellos
Véndelos como un manojo de rosas tiernas por las mañanas y
Como si desde el planeta nacieran las amapolas de tus labios.
Si logras permanecer con ellos ponlos en el rincón con mis fotos
Donde estas tú con tu sonrisa de pájaros
Y tu cabello de ángel en la tarde de la casa.
Si se descubre que yo te amé y te di mis poemas
Otros amores que tuve vendrán a verte
Con cartas que les envié, procura entender
Por difícil que sea, que los poetas no padecen de soledad,
Ni se derrumban por las calles de sus peores años
Pero aman como si el mundo fuera a matarnos mañana.

 

Esta calle II

Esta calle,
Lee sus anuncios de castillos viejos
Lee también las manos que se amaron en sus veranos altos
Lee el rostro de los que la han visto vestirse de viajera,
Y las cicatrices de domingos de parábolas Viejas.

Esta calle inicia sus metáforas
En ella han muerto los patriotas,
Los generales del miedo
Los condes de la edad del hierro,
Y el amor sigue paseando su Mirada de lluvia
Reventándose en la sangre
Como un apóstol de fuego sin apagarse nunca.
Esta calle es tan antigua que aquí
Sólo quedan los muros y tus besos.

 

Epistolario

La postal de este viento,
Tus fotos de la última Guerra
y los cuadros del invierno
Queman estas memorias y sus cascabeles de hielo
El santuario de la luna es la órbita de un niño
y los peces
Esas gaviotas oscuras con llantos de la noche
Que atesoran nuestros miedos en sus cuerpos de cometas

La ciudad se desgasta en las sombras
En los gritos, en los cristales antiguos y amorfos del planeta
donde la noche busca su rostro
Llorando por las estrellas
Los críos están por todas partes dormidos, yacen aletargados
Como si de un tronco húmedo de árbol nacieran para enfrentar la calle
La calle es un ferrocarril, lleva su trafico de sueños y
Muertes de olvido
Dos, tres, diez, los campos floridos,
Otra vez los cenzontles se bañan con tu pelo.
La luna es larga, enorme como un puerto
La sombra exhala su sentido de ayer
hacia la orilla donde el viento hace promesas de aguacero.
la sangre se presenta con su sacrificio de sal, esos poros que gimen
duelen como el pan en los hornos\
el silencio es una boca con tristeza pronuncia tu nombre
Esta palabra ajena, te marchas,
el sol es un portero en una ciudad
de arenas y cuentos en la edad de las piedras.
Nada queda de la luz del día
La esquina tiembla en su adiós de puerto
Y las muchachas se precipitan en sus dolores de parto
La luna nace del vientre de una diosa
Para poner a la ciudad otra vez a viajar en la estación de los silencios.

 

Poesía de la edad

(A la noche
De Federico García Lorca)

Con sus manos escondidas
Dibuja un muerto la noche
La brisa que trae llanto
Retumba un patio en la boca.
Los lirios ya reventaron
Las rosas ya no te tocan
La calle que se retuerce
Es calle de amapolas
Por donde pasea la muerte
Sofocada, triste y sola
buscando niños perdidos
diamantes o caracolas.
Es la muerte la que viene
Federico García Lorca,
La muerte que ha remachado
Sus puertas en dura roca
Donde gimen desoladas
Las gitanas y las moras
Donde una fuente revienta
Un verano de sangres Viejas
Que Cuelgan con alas blancas
De las tabernas abiertas.
¡Ay! Federico la muerte
Es un montón de silencios
De carbones y de olvidos
De girasoles sin cuerpo.
De puntillas en las sombras,
¡Ay! Federico la muerte
Nunca regresa sola,
Su espalda siempre arrastra
Sangre y memorias muertas
Con que se duermen peleando
mártires y poetas
Mientras la luna los besa.
Ay la muerte es una cantina
Donde todos bebemos su aroma
Un pinchazo de dolor
una mueca de adiós
Y la sangre de la historia.
¡Ay! Federico allá afuera
La mañana se pregunta por su pestaña de oro
Mientras los niños lloran
frente a las únicas rosas
Como fantasmas de niebla.
¿Dónde quedó la sangre del barrio?
Tostada por el viento sola,
Untada en la madrehuerta
frente a los toros sin cerca
Prendida en la tierra negra
O es tinta de otros poemas,
¡Ay! Federico tus huellas,
Son guitarras en los huecos
De madrugadas eternas
Donde se ofician relojes
Cantos del tiempo muerto.
A caballo van los soldados
A pie va el poeta
Contando lunas de duelo
En los ojos lleva el cielo
De adioses en la puerta
Blancas están tus manos
Sin sangre son lirios huérfanos
Federico, se fue la tropa.
Ya vienen los sacramentos.
Al encuentro de los santos
Salen los viejos monjes
Rezando de los conventos.
Ay Federico la muerte
Secuestro tus ojos negros
ahora la noche
Es un vaso de veneno
De sueños y de silencios.

 

Ecodios

La noche es azul, sobre los pastos de sombra
El clima de los ríos es verde,
La calle arrastra las voces del día
Esas que han dejado bordadas en las palabras las mujeres.
El sol descendió tras las murallas de Galilea
Un zarpazo de silencio se fue amontonando en la esquina
Y a pedazos el invierno cayo frío sobre los tejados.
Las ardillas muerden la corteza de los árboles
Antiguos y rugosos como piel de lagartos
El pájaro de las madrugadas revienta las gotas de su canto
Contra las hojas de los almendros y helechos
Que cuelgan de los paredones donde hace siglos
Las manos de los dioses inventaron la sombra
El aire es un cristal respirable y blando
Por donde pasan simples los hilos abiertos de la vida.
Ningún hombre o mujer se reconocían dueños de nada
Los continentes eran paraísos de aguas y frutas fraternales
El olor de la tierra era a semillas y a hojas que no habían muerto nunca
Los mares eran infinitos como un sueño sin memorias en las nieblas.

Las orillas del mar eran las mismas orillas del tiempo
nada se había separado, la sangre y la savia del árbol eran una misma sinfonía

El Corazón de los hombres se agitaba con el viento y era un nido de pájaros y azucenas
El canto de los hombres viajaba en el viento,

Como un cenzontle de luz sin angustias ni dolor
Sólo la rosa descubre su origen de invierno.
El patriarca estaba desnudo
Las mujeres lo observaban con una curiosidad de fuego casi milagrosa,
De pronto del mar una gaviota dejó caer sobre la tierra
Una luna de jengibre olorosa y fresca
Con una lluvia de uvas que emborracharon a los hombres e hicieron deseables a las mujeres
El bosque se encendió con las nuevas ansias, la carne se revolvió con el ruido de las raíces
Entrando en la tierra húmeda y líquida
El sol caía en la hora de las estatuas
Y vinieron de todas partes a mirar el único motivo por el cual Dios
Hace que la hierba indague la edad del silencio,
El amor.
Un raro vino fue puesto en el sitio de las humaredas
Y los cristales del verano azotaron los ojos del crío
Que bebió una sombra de sangre de la que nació el dolor.