Letras
Tres relatos

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Envidiosos empedernidos

El pulso arrítmico de la máquina de escribir ahogaba el musitar de los dos oficinistas, así que resultaba innecesario hablar tan en voz baja.

—No soporto a ese cretino —eso lo decía el mayor, sentado a su mesa de trabajo y haciendo coincidir las puntas del pañuelo al doblarlo como una bandera de paz postergada—. Parece que no sabe otra cosa: todo el tiempo se ufana de que entre sus conocidos se cuentan cientos de renombrados escritores, y de que aquí y allá su nombre no deja de aparecer...

—Todavía peor —el otro permanecía de pie, en su postura confidente y dirigió una mirada torva al que trabajaba, la boca rota en un mohín avinagrado—. Además se jacta de ser el más veloz en la tarea mecanográfica, el recordman de las pulsaciones digitales.

Entretanto, ajeno e impasible en su pupitre, los ojillos agudos fijos en el papel, Gregorio Samsa aporreaba la multiplicidad del teclado con sus patitas pareadas.

 

¡Me tienes harto!

Ella se obstinaba en permanecer aferrada al contorno de su figura, aunque él daba muestras de no poder soportar el afán constrictor que le impedía el resuello.

—Eso es lo que he dicho —crecía su agitación—. No tienes freno, siempre queriendo ir un poco más allá... ¿Y mis expectativas? —movía los brazos como si los demonios que intentara espantar lo observaran a un palmo de distancia de su cara—. Todas mis privaciones, los esfuerzos que hago hasta la extenuación para contentarte, para meterte en cintura con tal de no tener que cambiarte por otra, ¿me entiendes?, no son suficientes.

El obeso mórbido por fin se zafó de su abrazo y la arrojó sobre la cama deshecha donde fue a caer yerta, describiendo con su piel brillante un trazado de carretera mojada y sinuosa. Ahora sobre las sábanas la correa yacía ondulada como una serpiente muerta.

 

Gran reserva

Comisario, no siga vuelto hacia mí. De espaldas a sus chicos parece un escolar castigado y aquí, no lo olvide, es usted el que parte el bacalao. Deje de preguntarme quién lo ha hecho. Podría contarle que se confunde. Que no ha sido ninguno de esos pichacorta de gatillo ligero que opositan a la cátedra Corleone. Que lo de Saturnino Scaccia se coció en otros fogones. Los de este restaurante “Il forno di Dante”. Para asombro de ciudadanos intachables y de esos gacetilleros a los que les gusta remover la mugre y picar las gallinazas, le diría, no que la venganza es un plato que se sirve frío, eso ya lo sabe, sino que esta vendetta la firma el cocinero. Así es, tendría que largarle la lista de berrinches que Saturnino le infligió durante años. Lo redujo a pelele. El capo le estrujó los nervios hasta hacerlo un prevaricador de la hornilla. El muy canalla le obligaba a estar delante, y riendo ponía ketchup en los boccato di cardinale preparados con esmero maternal. También me iba a ver en la necesidad de aclarar que ese rojo no es sólo de sangre y tomate, sino que además interviene el gran reserva tinto con que el capo iba a tragar unos spaguettis con albóndigas. No me mire más preguntándome, comisario. No es que sea de natural reservada. Es que puedo oírlo todo, pero la facultad de hablar, a las paredes nos ha sido negada.