Me encontraba en el centro de la ciudad, en una tienda de artesanías, veladoras con aromas, saché, porcelanas, flores con el rocío de la mañana incrustado en sus pétalos de tela..., y miraba todas aquellas cosas que calman mi espíritu, llenando mi alma de una triste armonía, cuando percibí una figura antiguamente conocida a mi lado. Mi mente a veces me hace jugarretas y aparto esas imágenes risueñas pasando mi mano por la frente. No obstante, aquella cercanía continuaba. ¡Era alguien, algún conocido de antaño! Apareció Leo. Recibí una gran alegría al encontrármelo, un duende que se corporeizó entre aquellos objetos. Eso siempre ha sido, un duende que aparece y desaparece cuando menos uno se lo imagina.
De pronto aquella tienda de curiosidades tomó otra fuerza, recobró un encanto que quizá vino en ondas desde alguna caverna de La Alhambra o de los riscos de Gibara, o quién sabe si de algún planeta ignoto donde también cae la tarde, donde también se bebé té.
Leo y yo nos agarramos de las manos, y nos fuimos a un rincón a contarnos cosas, porque hacía diez años que no nos veíamos. ¡Diez años! La cantidad de tiempo específica para reencontrarnos con nosotros mismos, con nuestras viejas amistades dispersas. ¿Número cabalístico o casualidad de las vidas errantes? Por ahora es imposible saberlo.
Leo había venido para México en mil novecientos noventa, para trabajar en una isla mexicana. La Isla III, como él le llamaba, contando —por supuesto— la Gran Canaria de sus abuelos. Allí trabajaba en una suerte de universidad de arte, impartiendo cátedra de escritura, teatro y pintura.
Durante mucho tiempo supe de él por su madre, Sita, a quien el lector ya conoce. Somos muy buenas amigas, vivíamos cerca, en la misma ciudad, la de los cerros verdes y mañanas con neblinas, allá en Cuba.
Cuando vino para México, mi hijo Asael se dedicó a buscar a Leo, pero nunca pudo dar con él. Hoteles de paso les acunaron sin encontrarse. Galerías de arte les vieron pasar hacia rumbos distintos, como esas aves migratorias separadas irremediablemente por cualquier tormenta. Cuando llegaba al lugar en que posiblemente se encontraría el errabundo amigo, ya se había marchado sin decir adiós o sin dejar un nuevo paradero, harto de los seres humanos. Y así pasaron tres años sin poder encontrarlo.
La soledad y la nostalgia me asfixiaban ya en México, la llegada de Leo fue para mí el bálsamo que necesitaba para curarme. Cuando llegué a la casa con Leo, Mi hija Runa se haló los pelos de felicidad y mi esposo Andrés levantó los brazos, diciendo que Dios milagroso lo había llevado hasta mi hogar, para recuperar, con una ráfaga de brisa nueva, todo aquello que creíamos perdido para siempre.
Pasó unas vacaciones junto a nosotros. Risas y llanto entraban a raudales con los trozos de sol que bajaban de las iglesias cercanas. Las palomas se acercaban a los laureles de abajo, cerca del balcón de mi cuarto.
Ahora Leo nos ayudaba a mí y a Runa a encontrar y descubrir lugares mágicos por toda la ciudad. Durante el día salíamos, escabulléndonos del tráfico ruidoso y entrando a cuanta librería se nos aparecía en el camino. Y así, una tarde lluviosa y gris fuimos a dar a un viejo sitio de la Colonia Roma, donde se venden libros estrujados, casi deshechos; buscamos entre ellos y encontramos una Biblia con portada de cuero muy oscuro. Su olor a humedad me trajo la imagen del museo de mi ciudad, ya catapultado por el tiempo. La Biblia lucía hermosa, repujada de cruces. Tenía muchas, muchas cruces sobre su forro antiguo, y sobre las cruces se veía una ligera capita de oro. La tomé con devoción, sin rozar apenas sus hojas de cebolla; sabía que si osaba soplar su capa de polvo y rémora de otras épocas, se desprenderían los dibujos de oro, perdería quizá toda su belleza, sin remedio. El dueño, un anciano de gafas con gruesos cristales, notó mi interés y, contrariamente a como reaccionaría un viejo usurero, nos ofreció a buen precio aquel libro amado y maltratado. Deslumbrados con la acción y acostumbrados a que nos sucedieran cosas de esa índole cuando nos uníamos los tres caminantes, compramos la Biblia y salimos corriendo de allí..., tal vez por ese extraño temor de los seres agradecidos que, recibiendo la dádiva, siente que no la merecen y que alguien podría arrebatársela.
Una noche fuimos hasta La Catedral, en pleno Centro Histórico de la ciudad de México, y allí se encontraba una exposición magnífica. Eran réplicas de la Sábana de Turín hechas en computadora. Aparecía allí en toda su magnificencia la imagen sagrada del cuerpo de Jesucristo, a tamaño normal. Casi lloramos al ver aquello. Emocionados, gracias a esta técnica, pudimos tocar las huellas de la sangre de Jesús, la impresión de su cuerpo endeble, el cuerpo en martirio del más grande de todos los humanos hasta siempre, el que —con Su amor— intenta aún reivindicar la maldad de los desagradecidos.
Y llegó el estreno de la obra de teatro que había traído a Leo hasta la ciudad de México. En escena, apenas sin luces y con una pobre escenografía, veíamos al actor decir, recitar el monólogo que había escrito Leo: Mozart en su sufrimiento, Mozart en toda la magnitud de su genio, Mozart admirado, Mozart consentido, Mozart humillado, Mozart ignorado, Mozart perdido en la fosa común del cementerio de Saint Michéle, Mozart ahora presente y después, futuro.
Llamé a Miami por teléfono, y le comuniqué a Asael que Leo se encontraba aquí, en nuestra casa; le hablé de su obra de teatro y me dijo que él estaba ayudando a un pintor muy conocido en el medio norteamericano, en la construcción de la escenografía de otra obra que Leo estrenaría en la Florida, protagonizada por una bella actriz famosa en Cuba. Me aseguró que gustaría mucho, que tendría éxito con toda seguridad, pues trataba un tema que conmovería a los cubanos: la historia de la isla desde otro punto de vista, desde su lado poético e irremisiblemente trágico.
Anduvimos yo, Leo y Runa errantes por la ciudad... Algunas noches temíamos que salieran los vampiros del Zócalo a chuparnos la sangre, a arrancarnos la vida y las alas, entonces yo les decía que no temieran, que traía siempre conmigo un crucifijo sagrado. Las lecturas de la obra de teatro que Leo presentaría en Miami llenaron las tardes en mi casa, té de limón, té de jazmines, té de hierbabuena..., no hay necesidad de drogarse, ni embriagarse con vinos o rones. Nosotros estábamos embriagados con la magia que heredamos de Cuba, que siempre puede ser recuperada de súbito, con un chiste, con una simple mirada, con un abrazo, con un trocito de chocolate que llevamos a los labios, con el maullido de un gato, con un poema aprendido de memoria, con una canción dulcemente tropical, con la llamada furtiva de un amigo desde otras tierras lejanas, con la relectura de una carta, contemplando un grabado, probando una comida a la que intentamos imprimir el sabor de antaño.
El golpe de las desuniones siempre llega, nos golpea incesante, así mi hija Runa se fue un día para Miami, llena de sueños. En una mochila echó apresuradamente todas sus cosas humildes, sus vestidos, sus libros adorados, sus fotografías..., y cruzó la frontera que nos separa de Estados Unidos, exponiéndose a la misma muerte. Esos minutos, días de espera para tener la certeza de que llegaría bien, sin contratiempos de abusos u otros peligros, fueron eternos. Una madre jamás halla la tranquilidad, sobre todo cuando todo nos ha sido negado, cuando nos fue arrebatada la tranquilidad de existir como derecho.
Runa está ahora allá, lejos, con su hermano Asael y mi familia, pero me dice por teléfono que echa de menos a Cuba y a México. Ella no quiere aprender, no quiere darse cuenta de que el pasado tiene el encanto de la vejez, de lo irrecuperable y que nunca se puede comparar al presente; no quiere darse cuenta de que ya no somos los mismos después que hemos tomado la decisión de cruzar una frontera.
Yo y Leo fuimos a visitar varias exposiciones de pintura en esta tarde del sábado. Ya llega el otoño y, aunque aquí no veo que caigan las hojas de los árboles, mi alma sí siente su presencia de oro viejo y aires estancados. El otoño pervive quizá en mi alma, porque incluso las estaciones ya no son iguales a las que disfrutaban nuestros abuelos. A todo esto le llaman inversión climática, problemas de la capa de ozono, pero yo sé que no es eso; sé que es una especie de venganza natural. Hemos sido castigados. Lo que se aguardaba de las criaturas pensantes quedó en una esperanza sin cumplimiento. Da terror intentar contemplar un río. Los ríos de Velasco, donde mi abuela lavaba la ropa, donde mis primos y yo recogíamos guayabas tras la tormenta, están resecos, muertos. Y los que aún conservan la corriente de sus aguas, están podridos, inservibles, contaminando la tierra.
Un dragón muy malo pasó volando por encima de los árboles, por encima de las aguas, por encima de las cabezas de oro y plata, por encima de las casas hasta marchitarlo todo, hasta arrancar de raíz todo lo puro que pudo contenerse en una gota de rocío, o en un soplidito de niebla.
Pero, ¿qué se puede hacer contra un dragón que no cesa de escupir fuego?, ¿qué se puede hacer cuando una bestia milenaria nos enseña a odiar, al quitarnos las armas del amor? ¿Qué podría hacerse si la impotencia es la principal virtud humana? No lo sé y creo que ya no podría aprenderlo. He buscado la clave en mis propias líneas, en el rostro de mis seres amados, sin hallar nada.
Runa se encuentra en Miami junto a Asael, Lía está en Cuba con sus niños, mi nieta Dayana se pone jazmines sobre su pelo largo y oscuro, el bebé crece rápido y dicen que se parece a su tío, Andrés pinta un lienzo de azul, Pantera maúlla a la noche porque ama a la gata del segundo piso, Frida.
Ahora estoy aquí con Leo, sentados en la Alameda, contemplando la hilera interminable de coches que quieren llegar cuanto antes a ningún lugar. Nos tomamos de las manos y corremos hasta el pasto verde y debajo de un álamo gigante, empezamos a danzar y hasta cantamos. Aún tenemos fuerzas para cantar: imagina eso y todo habrá sido dicho:
Alánimo, alánimo,
la fuente se rompió.
¿Con qué se hace el dinero?,
¡con cascarones de huevos!
Allá está Runa en Miami con Asael, hasta allá iremos. Es el karma que une a los cubanos en la Florida. Allá lejos; si se va por Cuba, cruzando el mar; si se va por México, cruzando el río Bravo, allá está aguardando siempre la otra casa donde nos seguimos amando y peleando, creciendo y quizá, floreciendo.