
El 20 de mayo de 1996 circuló la primera edición de Letralia, Tierra de Letras, que fue recibida en los buzones electrónicos de doce suscriptores primigenios. Hoy, a once años de camino, con miles de lectores en todo el mundo y reconocida como una de las publicaciones líderes en su género, Letralia se saluda a sí misma: un grupo de escritores, llegados a la Tierra de Letras en diversos momentos de su historia, comparten con nuestros lectores cómo ha sido su experiencia letraliana.
Escribe tu propio saludo a la Tierra de Letras
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La gente linda
Querido amigo:
Quiero expresarte mis más sinceras felicitaciones por los 11 años de Letralia. Esto no hubiera sido posible sin tu empeño, tu talento y esa virtud que tienes de convocar a la gente linda. ¡Adelante! ¡No pierdas nunca el entusiasmo!
¿Cuándo hallé el territorio de letras?
Imprecisiones de la memoria aconsejan no dar una fecha. Sí recuerdo que buscaba a determinados autores por Internet.
Y encontré Letralia. Abrí la revista y después de varias lecturas supe que iba a volver siempre; como vuelvo al chocolate, a la menta, al sol (mis adicciones).
Busqué y encontré reglamentos de concursos, temas variados y una gran cantidad de escritores amigos, también conocí a otros que me gustaron y seguí informándome en otros sitios sobre ellos.
Advertí que el material estaba seleccionado, entonces quise pertenecer a ese lugar y, audaz, lo intenté.
Me agradó, Jorge, que incluyeras mis sonetos, mi poesía en general es libre, pero como no me agrada discriminar también escribo sonetos y además porque me gusta hacerlo.
Cuando recibo Letralia la reenvío a algunos lugares, es así como mi amiga Ana María Rodríguez Francia también entró a formar parte del territorio de letras, y cómo no iba a estar presente con su apoyo incondicional y su generosidad, el diario El Norte, de San Nicolás, enlazando los nombres de las dos amigas y el de Letralia en el Suplemento Cultural de su valioso papel que ya cumplió 80 años.
Jorge, esta heredad de letras que durante once años aumenta su caudal merece seguir cumpliendo aniversarios con los faroles del mundo encendidos y todos, a tu manera, tendremos que decirte: ¡salud!
Mejores tierras
Mis habichuelas en Letralia
yo he sembrado,
en ese conuco que de comer da
a ricos y pobres, niños y adultos,
a extranjeros y conocidos.
Las he sembrado allí,
en mejores tierras,
para su fruto no echar a perder,
para que de la mala yerba se libren,
de mi gramática.
En Letralia,
en esa América...
Cuando descubrí Letralia
Creo que fue en el año 2000, por casualidad mientras navegaba por Internet, y el encuentro constituyó un auténtico flechazo, cuyos efectos aún perduran; me enamoré de Letralia poniéndome acto seguido en contacto con Jorge al que pedí que me suscribiera a sus boletines, pero la dicha duró poco porque cuando menos lo esperaba Letralia desapareció de la red con gran decepción por mi parte.
La empecé a buscar sin ningún resultado; cada vez que descubría la palabra “Letralia” en algún buscador pinchaba saliéndome entonces aquella advertencia en inglés que te informa que no está la página que te interesa, y así durante meses primero y luego años, y yo sin perder la esperanza..., contra toda lógica, hasta que finalmente un día, también por casualidad, leí que a alguien le habían publicado un relato en Letralia, pinché... ¡Y era Letralia de verdad, la antigua y querida Letralia resucitada!
Como es de suponer, escribí inmediatamente y Jorge respondió, el resto es historia entre la revista y yo, un cuento publicado, “Será una vez...” y, mucho después, mi participación mensual en Ciudad Letralia con artículos sobre diversos temas de interés cultural.
¿La anécdota que puedo contar?, pues que yo creía en un principio que Jorge Gómez Jiménez era un señor mayor, pasada la cincuentena, que se dedicaba a su revista virtual como hobby, y un buen día al contemplar su foto en Letralia recibí la gran sorpresa porque el retratado era un hombre joven que aún no había cumplido los 40. Se lo conté e imagino que en la distancia nos reímos los dos de mi equivocación, yo en el futuro y él en el pasado por aquello de la diferencia horaria.
Lo importante es que Letralia ya ha cumplido sus primeros 11 añitos de vida a los que espero sigan muchos, muchos, muchos más, para satisfacción de todos los que componemos esta inmensa familia letraliana.
¡Feliz aniversario!
Un puente, un hogar, un amigo
Ahora que me separa de Venezuela mucho más que una masa de agua, mucho más que la distancia salvable con una oferta de Santa Bárbara, frecuento un puente que se tiende entre mi salto al vacío y las letras latinoamericanas: Letralia.
Para mí Letralia es un hogar, un espacio para la intimidad, donde coexisten mis esporádicas colaboraciones con otros textos verdaderamente buenos y sesudos, que dan a los libros una mirada que trasciende las decisiones empresariales y el canon. Es un hogar que viene a mí, que me espera en mi correo electrónico. Es el hogar de Jorge, que ha empeñado más de media vida en levantarlo con sólidos cimientos.
A Jorge, su padre y constructor, nunca le he estrechado la mano. Ya me gustaría brindar con él, en Cagua o Madrid, por la salud de Letralia, que coquetea con la pubertad. Decirle que me siento afortunado de verla crecer.
El océano está ahí y yo estoy lejos de la costa. Y los aviones de Santa Bárbara vuelan tan saturados de pasajeros que hace mucho tiempo que la compañía no vende de aquellos pasajes baratísimos. Recurro al puente, otra vez.
La edad de los perros
Cuando conocí a Letralia, vino a mi mente un mundo de letras, un torbellino de recuerdos gratos. De un compañero de juventud, venezolano amante de la literatura, Félix Primitivo Sánchez. Creo que después de salir del seminario claretiano donde nos conocimos, fue diputado de ese país hermano. Con él fundamos en Zipaquirá, una tertulia literaria que llamamos “Academia de la Lengua”. Escribíamos y nos criticábamos, pero él era la voz cantante.
Hoy es Jorge Gómez, otro venezolano quien me mantiene en vilo con las letras. Nos muestra otro mundo lleno de palabras. Y letras, a veces duras, a veces irónicas, a veces —las más— nos trae deliciosos textos sobre eventos, apariciones de libros. Su pluma es fluida, fácil, moderna, refinada, sin caer en expresiones desobligantes. Como todo un editor responsable, sabedor de que su ejemplo dará la talla de su revista.
Once años en el arte habrá que contarla como la edad de los perros. No se pueden contar como días calendario, como años corrientes. Trasegar en el arte es tarea difícil y de mucho cuidado y paciencia. De manera que contemos por siete cada año y alegrémonos por las ganas y por estar vivos. Y por cargar en la red esa cantidad de peces llenos de vitalidad.
¡Felicitaciones!
45 grados al sur
El imán de la vital Letralia, en su oncena cumpleañera, atrae mi vector rioplatense en esta tarde de garúas, tan otoñales como persistentes.
No sé qué tienes, Letralia, para que yo haya decidido emprender este viaje hasta tu vera y tu paisaje de cerros y de verdes, si no he transitado más que unas pocas veces tus poéticas callejuelas gomezjimenezcas, noctámbulas de prolíficos internautas hispanoparlantes.
Desde este sur de lo fraterno vale la pena dejar fluir el abrazo celebratorio por haberte sumado a la nómina de esas cosas, cuyos nombres que me acercan a tu país.
Si me dicen “Venezuela”, se apretujan y arremolinan desordenadamente, desde mis oídos hasta mi frágil memoria sesentona, los Úslar Pietri, desde un Barrabás que sigue enhiesto o los Sucre libertarios de Ayacucho, la majestuosa belleza de tantas misses universales propias o el inigualable reservorio energético del estratégico oro negro, la inédita reciente victoria caraqueña en el mismísimo Monumental de Núñez o la hermandad de la espuma, de las garzas y las rosas, hecha joropo migrante y eterno, sin omitir, por supuesto, al gran prócer fallecido en Santa Marta, sin trenes ni tranvías.
Y aquí estoy, desde 45 grados al sur de tu geografía, ascendiendo por mi meridiano personal con las amistades arrobadas de mi mochila de mayo, para acceder al balcón de tu propuesta, simplemente para descargar mis augurios, tan erguidos como contagiosos, tan frontales como sinceros, tan límpidos como musicales.
Muchas gracias, Cagua, por custodiar a Letralia, por albergarla y protegerla de las inclemencias y de las tentaciones.
No la abandones nunca y, si lo recuerdas, el domingo 20 despiértala tempranito con once tironcillos de las orejas, como hacemos por estas latitudes.
Alegre misiva para Jorge Gómez Jiménez, creador y auriga de once prósperos años de Letralia
Gracias por habernos dado un espacio en la red que nunca bajó de nivel sino que por el contrario con el transcurrir de la aventura se y nos enriqueció. Gracias por la generosidad de la acogida y el diálogo.
Gracias también por posibilitar a los letralianos que seguimos con entusiasmo la publicación facilitarnos el cumplimiento del bíblico mandato de creced y multiplicaos. Jorge querido, abrazo, salud y los más calidos augurios de Luisa Futoransky.
Parte de mi vida
En mi universo literario, Letralia pasa a conformar, desde hace tres años hasta el día de hoy, un triunvirato de actualización junto con los suplementos Papel Literario de El Nacional y Contenido del diario El Periodiquito. Es una ventana que te permite mostrar a un mundo sin fronteras los trabajos que nacen por la afición y el gusto por las letras; claro está, la primera vez que envié mis primeros poemas a la revista esperé por varios meses la aparición de los mismos (pensé que habían sido descartados), pero el producto final colmó mis expectativas. Luego vino el contacto personal con Jorge Gómez, persona amable y receptiva con la que puedes pasar horas hablando de literatura. Letralia ha pasado a formar parte de la vida de cada amante de las letras que aprovecha el ciberespacio para conocer y darse a conocer, no me queda más que felicitar a Jorge por tan loable labor desempeñada en estos 11 años.
Intraterrestres
Querido Jorge,
Espero que todo el mundo se sienta tan intraterrestre como yo en nuestra Tierra de Letras, nuestra Letralia. Felicidades y gracias.
Letralia
Di con Letralia por casualidad. Leí un artículo de la Revista Año Cero, que es de las favoritas de uno de mis hermanos y que hojeo para enterarme de cosas que en realidad nunca he comprendido. Como los fantasmas, los aparecidos, las supersticiones, los horóscopos, las cábalas y demás temas circunvecinos.
Un artículo me llamó la atención. El uso del sufijo “alia” para señalar lugares. Así mencionaban “Numeralia” para referirse a los números, “Vegetalia” para señalar sitios para vegetarianos, y de pronto pensé: ¿y si existiera Letralia? Así que esa noche tecleé la palabra y encontré la Tierra de Letras. He de confesar que me sentí un poco triste pues me sentía que había inventado el hilo negro al descubrir “mi” palabra, pero nada, resultó que la revista ya estaba lo suficientemente acreditada como para reclamar autoría por el vocablo.
Entré sólo un rato al site para quedarme casi hasta el amanecer. Leyendo artículos, viendo los links y sobre todo enterándome de los concursos. Sentí que había aterrizado al sitio seguro que había anhelado sin saber que existía. Desde entonces Letralia es una de las páginas obligadas y favoritas.
Leyendo a mis compañeros, celebrándolos, la cobardía crecía a la par de la admiración. Quise entonces enviar algo de mi material para ver si era digno de ser publicado. Me tomó más de dos años animarme a vencer la pantalla en blanco y por fin enviar ese mail que me pondría en el tocadero; no lo hice jamás. Tenía miedo de ser rechazada, criticada. La perspectiva de fracaso ofrece seguridad, una zona de confort. También tenía miedo de ser aceptada. Cómo pesa vencer la inercia de la inactividad. Cómo pesa intentar.
Escribo cuentos. Narro episodios de mi vida. No suelo leer poesía. Ni tampoco solía escribirla. Hasta que un día me topé con microhistorias que no cumplían la estructura de los cuentos. Esto es un poema, me dijeron mis compañeros del taller de escritura.
Quería una crítica objetiva, de alguien experto que no me conociera. Que no hubiera leído mi narrativa. Que no supiera nada de mí. Entonces volví a abrir el link de Letralia, “Cómo publicar”. Y dije, ¡va que va! Y les envié cuatro de mis poemas. El tiempo de espera fue una dulce agonía. Me van a refrendar mi falta de talento. Esperaba por respuesta un e-mail indicándome todo lo que a mi poesía le hacía falta para llamarse como tal. Esperaba la crítica más corrosiva y aleccionadora. Sin duda, aprendería algo de esta experiencia.
Y pues nada, que recibo el mail que me indica que mi material había sido aceptado. Mi sorpresa no pudo ser más grande. Yo, que pensaba era puro cuento, me abría paso en Letralia con poemas.
La publicación, además, coincidió con el cumpleaños de mi sobrino el más pequeño. Júbilo total en la familia. Júbilo en mi fuero interno. El universo entero derramó confeti sobre mi lacio transcurrir cuando vi publicadas mis letras en tu página web, Jorge, y hoy, que cumples once años en esta labor, es mi deseo que sientas lo mismo y sobre de ti, además de aplausos, el universo derrame montones de confeti multicolor.
Letralia imaginada
Ya viviendo en Estados Unidos, a donde llegué hace más de diez años, me encontré, gracias a las cualidades literarias de otro miembro de la familia con Letralia, esa maravilla digital. Sentí vergüenza de no haber sabido nada de ella mientras viví en mi país y me encantó que se editara en Cagua, al fin y al cabo siempre he tenido nexos con el estado Aragua y su gente.
Después de hacer una revisión profunda de su formato, leer sus Letras —mi sección favorita— por vez primera y encontrarme con un fino y delicado trabajo que no deja nada al azar, traté de imaginarme el taller donde se produce.
Al menos un buen pero muy buen equipo de computación y sus correspondientes periféricos, impresoras de lujo, scanners y la más confiable conexión disponible a Internet en una amplia oficina cuyo ruido de fondo habría de ser el rumor de un aire acondicionado y quizás buena música en ocasiones, todo interrumpido por el ruido incesante del teléfono o las charlas del grupo editor.
¿Y el personal? Un diligente equipo de asistentes editoriales —posiblemente estudiantes universitarios de letras o cualquier rama de humanidades, escritores en ciernes, lectores— y un afable editor, experimentado y canoso pero como comandante de barco, ya que un esfuerzo así requiere una mano firme. A él no sólo le correspondían las decisiones más trascendentales de la publicación, sino que jamás él perdería su tiempo leyendo cualquier colaboración que le enviase un escritor advenedizo, como me considero yo.
Y las cosas de la vida hicieron que, más pronto que tarde, me atreviese a mandar un intento de colaboración —parece que no sabe nuestro Jorge que es él el que colabora con el ego de uno cuando las acepta— después de leer y releer las condiciones, de sopesar el escrito, de asegurarme que nada estaba mal decido ni mal escribido. Meses de incertidumbre me dieron la respuesta anhelada, a los que siguieron otros en espera de la edición donde “Catorce”, mi primera publicación aparecería. Por supuesto mi idea de la oficina de redacción ideal se reafirmó, así como mis deseos de escribir y mandar más obras ego-estimulantes.
No quiero quitarle la ilusión al que se imagina la creación de Letralia de esa manera, quizás con ligeros matices. Pero los que hemos ido más allá del correo electrónico para acercarnos a La Tierra de Letras y su creador sabemos que no hay condiciones ideales, que es un esfuerzo titánico que tomamos por descontado, que involucra, si bien la satisfacción de llevar a cabo un sueño y la elaboración de un producto de alta calidad, mucha dedicación y recursos diversos.
Quiero la Letralia imaginada y sé que la mayoría de los que la seguimos también. No sólo para que no caiga en el peso del mundo real con su vulgaridad y falta de medios de expresión de verdadera cultura. La verdad es que merece darle su lugar como Patrimonio Digito-Cultural Iberoamericano, término que estoy inventando pero que considero bien merecido para la primera revista literaria iberoamericana de importancia que se paseó por el mundo electrónico.
Pequeña anécdota para el festejo
En el año 2002 comencé una Maestría en Literatura Latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y buscando autores y textos en la red aparecí en Letralia... y me quedé. Se convirtió en figurita de intercambio y recomendación para mis colegas. Mucho más tarde me animé a enviar algunos de mis textos, que fueron publicados. Ahora es lugar de consulta y tema de conversación con mis alumnos.
¡Gracias, Jorge, y gracias a los demás letralianos! Estoy en una tierra de la que no deseo salir.
Once de Letralia
Letralia cumple once años en su recorrido editorial, convirtiéndose en medio de expresión para escritores y aficionados a la literatura, como el suscrito, pero también siendo grata compañía de los lectores de ojos cuadrados, los de esta generación transeúnte entre las postrimerías del siglo XX y el inicio del tercer milenio. Lectores que en vez de mojar el dedo para pasar la página, han aprendido a leer en la pantalla, pulsando el ratón. La misma generación “sándwich”, definida por sociólogos, psicólogos sociales y periodistas como aquella que está atrapada entre dos miedos, el miedo ancestral a los padres y el miedo hacia los hijos.
Once años me hace pensar que somos más viejos y no necesariamente más sabios, menos osados pero igual de imprudentes. En todo caso, algunos llegamos al punto de contar canas y otros a descontar cabellos. Mi vínculo con Letralia no fue desde su comienzo, no hice parte de esos doce “apóstoles” que siguieron a Jorge Gómez, ese “profeta cibernético”, quien en buena hora unió las letras con los circuitos. Sin embargo, coincidencialmente, hace once años iniciaba mis labores como diplomático de carrera, luego de salir de la Academia de San Carlos en Bogotá. Cuatro años más tarde me encontraba en Venezuela, mi primer destino, viviendo en una ciudad milagro, forjada en medio de la selva y la sabana. Una ciudad de múltiples identidades, conocida generalmente como Puerto Ordaz, aunque su nombre oficial sea Ciudad Guayana.
Estando en esa urbe fundida en acero, anclada sobre el macizo más viejo del mundo, el Guayanés, al abrigo de cascadas eternas en parques naturales como La Llovizna y Cachamay, un día envié a cierta página literaria encontrada por casualidad, un artículo sobre José Asunción Silva, el gran poeta bogotano. Silva, santo patrono de los malos comerciantes y buenos poetas, quien estuvo en Caracas como diplomático ocasional y vería naufragar sus mejores páginas en un barco que regresaba a Colombia. La primera vez que me leí, con sincera emoción debo decir, fue en el año 2000, desde entonces, con la relativa frecuencia que permite mi trabajo, he intentado preservar el vínculo con Letralia, una entrañable editorial, a cuyos responsables, concretamente a Jorge Gómez, deseo un feliz aniversario y muchos años más de existencia.
El número once, el cual puede verse como dos lanzas que apuntan al cielo, es similar a la vida misma, empieza con uno y termina con uno. Los seguidores de la numerología, aquellos que piensan que nuestra existencia está fundamentada sobre una compleja arquitectura matemática, catalogan al once como un número maestro, una cifra de visionarios, aplicable a quienes desean descubrir secretos en los astros, los sueños, o quizás en el laberinto del alfabeto. Once es un número especial, no en vano, el deporte más bello del mundo, el fútbol, enfrenta a equipos compuestos por once jugadores. Que las dos lanzas erguidas, sean símbolo de constante éxito. ¡Salud!
Sorpresa familiar
Querido amigo:
Es bueno tener la oportunidad de compartir con tus letralianos la última anécdota que he vivido en este mundo virtual.
Hace varios domingos recibí una llamada telefónica de la tía Nena para participarme que mi primo Aquiles, estrenando Internet en su casa, se dedicó a buscar los nombres de la familia. Y cuál no sería su sorpresa al encontrarme como poeta en Letralia, pues él sólo me conoce como vendedora de inmuebles. Así como el primo, varias personas han hecho contacto.
Recibe mi afecto, un gran abrazo y ya prepararemos el bonche por esos 11 años y los del editor.
¡Salud, letralianos!
Estimado Jorge:
Todo nacimiento es motivo de alegría y esperanza, es como lanzar una semilla en tierra fértil para perpetuar la especie. Por eso, desde aquí, desde este lúgubre camposanto donde reposan aquellos seres que alguna vez transitaron por esta Tierra de Letras, te mando un abrazo y miles de felicitaciones por los once años de tu hija pródiga: Letralia.
Salud, hermano.
Nacionalidad reasumida
No recuerdo de quién fue la recomendación, pero sí me acuerdo que un día entré en Letralia y me encontré con una página literaria hecha a mi medida. Lo primero que me capturó fue el diseño (¿una imagen vale más que mil palabras?) y luego sus textos, y ambos me convirtieron en un frecuentador habitual del sitio. Me da placer la lectura de buenos trabajos de ficción como también las noticias importantes de nuestra lengua.
En cierto año gané un premio en Francia pero, como resido desde hace treinta y siete años en la Argentina, a pesar de ser uruguayo pasé a figurar como argentino, por lo menos para la gente que me dio el premio.
Tengo hijos y nietos argentinos, por lo tanto no me disgusta esa confusión, porque vivo con agrado en este país. Pero me puse a razonar que los uruguayos podrían suponer que renegaba de mi origen, y en ese orden les pedí a Radio Francia Internacional la rectificación. La cosa no era sencilla: ellos también tienen la desorganización que siempre le achacamos a los sudamericanos, y no hubo manera de que se arreglara el error. Además, ese error se había divulgado por otros sitios que tomaron la noticia. Algo parecido sucedió en otro sitio literario donde yo figuré, por un tiempo, como ¡norteamericano!
De todas estas confusiones vine a salir por el lado de Venezuela. Como se dice habitualmente, de los laberintos se sale por arriba, ergo, si vivo en el Río de la Plata era menester salir por el Caribe. En Letralia, nuestro excelente Jorge colgó mi cuento y, junto a él, mi nacionalidad verdadera. Para los que entren en Letralia no soy ni argentino ni norteamericano, soy uruguayo.
Sólo me queda una duda. Espero que esta rectificación sirva para esclarecer y no para que alguno, frecuentador de la web, diga: “Pero, al final, ¿de dónde es este tipo?”.
Felicitaciones, Jorge, por tu labor.
Un afectuoso abrazo.
Prehistoria personal
Letralia ocupa para mí un lugar apenas sí compartido por otros dos o tres sitios web. En efecto, Jorge, ha sido cuando todavía yo renegaba de la cibernética, cuando me negaba a transar con ella y hasta a comprenderla, que se produjo la publicación allí de textos narrativos de mi autoría. Ignoro, en verdad, cómo te habían llegado. Si por vía postal y a través de mí o si por vía electrónica y a través de algún amigo. Esto último que ahora establezco, me consta que había acontecido en aquellos años. En fin, en Letralia se inscribe mi “prehistoria” como autor en la red.
Un abrazo.
Carta al jefe de estación
Desde su catártica estación Adán, que ya había probado la manzana, dijo: Manda textos a Letralia. Buen sitio. Caí en la tentación y mis irredentas palabras viajaron a través de la red cibernética buscando un lugarcito donde acomodarse en aquella estación virtual donde la promesa era, nada más y nada menos, ser la Tierra de las Letras. Las palabras llegaron y se instalaron a sus anchas antes de lo que yo esperaba. Hoy las visito alguna vez para saludarlas y saber que siguen ahí, que están tan saludables como las dejé y para guiñarnos un ojo entre píxeles. Las veo bien. Han conocido muchas personas, más de las que conocerían de haber permanecido a mi lado. Están a gusto, rodeadas de amigos. Lo sé porque desde que ellas se fueron a vivir a Letralia yo recibo desde allá besos y abrazos internéticos cuyo calor atraviesa la pantalla y llega hasta los poros con la insolencia y el amoroso desenfado que sólo la amistad puede ostentar. No he tocado aún la piel del abrazador cuidador de mis palabras pero sé que debe ser cálida como una tarde al sol bebiendo cerveza. La “tierra” es el lugar donde se nace, se crece y se es feliz. De ahí que en muchos lugares de Hispanoamérica a la tierra se le llame “querencia”. La palabra es más que correcta cuando el lugar donde se vive nos quiere y lo queremos; cuando hay amor. Y en Letralia, la Querencia de las Letras, hay amor. Un amor que viaja a través de las intangibles moléculas que transportan palabras a la estación Letralia. Moléculas que viajan, incansables, día con día, conectando pensamientos y corazones a través de la mano generosa y cordial de un conductor cuya presencia virtual ha superado las frías esperanzas de la tecnología. Gracias Jorge por llevar a buen resguardo y mantener calientes y abrigadas nuestras palabras pero, sobre todo, por el cariño y el calor humano que prodigas al staff. Desde que mis palabras llegaron a tu querencia sólo puedo decir Gracias. Algún día, tal vez, podremos estrechar la mano como estrechamos la palabra. Entre tanto, por favor, continúa conduciendo este tren para beneplácito de los que amamos la literatura en Hispanoamérica. Va un gran abrazo desde México para continuar con la tradición.