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Tarde en la Neue Pinakothek

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Le gustaba cómo sonaban sus pasos en aquel edificio en forma de caracol, con sus facciones metálicas, con cortes estrictos, decididos. De vez en cuando se paraba a escuchar cuán lejos estarían los demás, pensaba en las piezas que ellos verían y que él ya había contemplado, y se forzaba en reproducirse sus expresiones pétreas, fortificadas por una indiferencia hiriente. Pegado a una ventana intentaba comparar el susurro que se acercaba con alguna música conocida, pero inmediatamente otro elemento le llamaba la atención: quizás era la vista, el paisaje... o la repentina conciencia de su presencia en medio de todos aquellos cuadros..., que no le pertenecían, pero de los que se sentía el creador. Sería por ello por lo que no se complicaba en penetrar en su secreto, pues pensaba que su significado estaba ya en su espíritu, aunque en aquel preciso instante no le viniera a la memoria. Su mirada no podía captar significado preciso alguno, su alma se había llenado de una tal euforia que el análisis artístico, psicológico o histórico de una pieza le hubiera sido imposible. Sentía tanto, veía tanto, veneraba tanto todo aquello que pensar en ello en aquel instante hubiera sido la insensatez del hombre corriente, del hombre fenoménico, tal como le gustaba llamarlo. La musicalidad en la disposición de los cuadros, en las expresiones, en los personajes... ¡cómo pensar aquello..., cómo reproducirlo en uno mismo! ¡Cómo someter a examen algo que ni siquiera existía! Había leído sobre aquellas obras, había soñado verlas durante una vida entera, pero ahora, al hallarse delante de ellas tenía que aceptar que no eran más que quimeras suyas, que todo había sido concebido en una noche de soledad, la única noche que había vivido... Un monumento que todo el mundo conoce es tan abstracto como una idea platónica..., no puede hallar su sede en ningún bosque, a orillas de ningún lago. Y tampoco puede ser antes de que nosotros seamos delante de él.

En cualquier caso hubiera aceptado que lo creado fuera expuesto en una especie de santuario abierto solo a unos cuantos, a unos pocos fieles. Se figuraba aquello una especie de profanación, un sacrilegio. Frenaba su ira contra aquellos cuerpos inertes, que se paraban delante de alguna obra sólo para enfrentar su materialidad a la suya...

Había subido y bajado durante horas por las galerías marmóreas. También encontró salas vacías, laberínticas y absurdas. Cruzó pasillos enteros por haber antes vislumbrado una obra conocida en algún rincón insospechado. Era un cuadro que había soñado ver, experimentar durante años. Ahora no lo reconocía. Exhausto, colérico, vetusto, se paraba delante de él. Intentaba recrear la emoción que años atrás le aturdía. Se sentaba; cerraba los ojos y se lo imaginaba... Sí..., mejor así..., ahora lo veía..., ahora... Mas al despertar y al analizar de cerca el cuadro advertía que muchos elementos no coincidían con lo imaginado. El recuerdo, tan familiar, tan cercano..., construido a través de los esquemas de un estilo propio, muchas veces contrastaba con la obra, tan abierta, tan pública, tan una en relación con todas las demás opiniones. Repentinamente se fijaba en el movimiento de unos dedos; la conmoción del rostro le recordaba el ser de la obra... Rememoraba vagamente..., sí..., se acordaba de sí mismo en el momento de leer sobre aquel cuadro. Rápidamente se tornaba iracundo; él tampoco veía nada, él tampoco le encontraba ningún sentido a todo aquello. ¡Oh, sí, el sentido estaba dentro de él..., dentro de él! Pero él se había distanciado tanto de sí mismo, había abandonado su antigua imagen, que ahora lo único que quedaba era el ideal..., la sombra de una sombra, el recuerdo de otro recuerdo más remoto aun. Se sentó en el banquillo que había en medio de la sala. Apoyó las manos sobre las rodillas y empezó a buscar frenéticamente la salida. Una ventana al menos, la visión de algún patio interior, con una fuente, con un poco de césped. La necesidad de la novedad, del olvido... Ahora era lo que necesitaba; el elemento que le sustrajera de esa tensión, de esa dialéctica torpe. La mirada se cruzaba con tonos violetas y verdes, con mezclas oriundas y sarcásticas. No cabía posibilidad de reconocimiento ni de estilos, ni de autores..., ni de historias. Su mirada estaba vacía..., sólo percibía la estética de los rostros inexpresivos, sólo era capaz de atacar al otro, de analizar su perfil insoportable..., de declarar su imbecilidad. Era imposible la huida; las paredes camuflaban las salidas, cuadros gigantes comunicaban entre sí; las escenas se confundían en un espectáculo grotesco; los personajes habían bajado al cuarto, habían abandonado su escenario, habían descendido a una dimensión más inmediata, más actual.

 

Volvió muy tarde, cuando las luces chillaban en medio de la noche, cuando ellas solas, altivas, rutinarias, eras las únicas compañeras de viaje. Cruzó el pasillo de la pensión..., no se encontró a nadie, todos estarían abrumados por otras realidades más convincentes y categóricas, mundos oníricos que hacen dudar de la existencia de lo presente. Entonces pensó que los otros estarían siempre durmiendo, y él deambularía solo durante la existencia entera esquivando sus vidas inverosímiles. Le llenó de repente esa euforia que se manifestaba sólo cuando estaba seguro de sí mismo. Estaba solo, estaría solo durante toda su vida. Se sacó el traje, luego la camisa empapada. Estaba sacudido de tanta felicidad, de tanta dicha repentina. Él no había unido su destino a nadie..., se había mantenido como al principio, estaba listo en cualquier momento de reanudar el juego. Se secó la frente acordándose de pronto de la charla que había tenido con un antiguo compañero...; hacía 20 años de aquello. El compañero le había echado en cara su egoísmo, su enfatizada impasibilidad.

“—La única forma de egoísmo que veo posible, dijo entonces, es la de la negación de la maravilla que la vida supone. Un hombre que quiere todo para sí mismo no es en ningún caso un egoísta, se podría decir que ama demasiado todo lo que la naturaleza pueda ofrecerle, se encapricha con su espectáculo, se olvida de los dogmas cristianos, que la humanidad, como entidad o institución se ha atribuido, y se entrega simplemente a la existencia. Su voluntad no es capaz de acaparar los deseos de otras voluntades. Y esto último sería un absurdo. Cómo puede querer un ser que pretende afirmarse por encima de los demás, ayudar a esos otros para que algún día le aplasten en la lucha por el éxito, por la “fama”, por el gran trofeo y el culto a la personalidad. Jaja, sería un absurdo... La gran huella de egoísmo es mostrarle a uno que empieza el alivio que se siente al acabar, porque, al fin y al cabo, no ha sido tal como uno se esperaba.... La única muestra de egoísmo posible es negarle a la vida sus misterios, sus bellezas..., sus razones para afirmarse. (Lo había dicho todo de golpe, sin pensarlo, sin analizar el efecto que tendrían en el otro estas palabras. No sabía cómo le habían llegado a la memoria tales frases..., hacía tiempo que no pensaba en ello, de hecho no sabía con certeza si eran suyas, o si las había leído en alguna parte).

”—A todos nos espera lo mismo (había afirmado el otro apresurado, disgustado por el poco compañerismo, colérico...)...

”—No amigo, no a todos nos espera lo mismo, teniendo en cuenta que la dimensión en la que ese esperar se hace patente y recibe su castigo o recompensa es la vida, no podemos decir que todos van a tener una vida semejante. Aquí es donde nos podemos diferenciar..., desprendernos de ese magma del que hemos salido, sentir nuestro ser más íntimo, deslumbrar al mundo con su originalidad. El que estemos hechos de una misma materia no quiere decir nada..., aunque retornemos a ella”.

El otro le había dado la espalda, había cerrado el diálogo, gesticulaba dejándose entender que ya no había nada que hablar, que aquello era inaguantable. Estaba viciado por las escuelas de la época y no entendía cómo su amigo se había convertido en discípulo de tales bagatelas.

“—Vamos, todo es historia, todo es historia, ¿qué es lo que no entiendes, qué intentas defender? ¿Crees que eres un Hegel, un Schiller con sus razones infinitas, con sus espíritus universales? Ahora eso está mal visto... Pero mira, algo ha quedado, algo bueno habrán hecho... Ha quedado esa antropología pragmática desde la que ha de analizarse y revisarse todo... Hemos de mirar a las cosas, ja Freunde..., hemos de verlas bien, bien..., con los ojos, con estos ojos sensibles y perecederos... Las cosas... (Había parado de repente. Los gritos le provocaron espasmos, se interrumpió temblando, apoyándose en un radiador).

”—Las esferas de la conciencia varían de la tragedia a la nada... (le contestó). Los individuos que toman demasiado en serio la materialidad/evidencia/rigidez/severidad de las cosas no han logrado superar el estado de inercia en el que estaban cuando eran tan sólo materia”.

 

¿Había mantenido alguna vez aquella conversación? Ahora que la recordaba le parecía harto distante, artificial. Ahora ya no se hablaba de aquella manera... ¿Qué eran esas palabras..., de quién habían sido? Seguramente sería un monólogo improvisado en las estancias de la Neue Pinakotheke..., asimilado ahora, cuando los demás/visitantes dejaban por fin de insistir en su figura, abandonaban por algunas horas su penetración en mundos ajenos.

Abrió la ventana...; abajo se sentía el río, con sus resonancias estereotipadas, tan conocidas..., tan vetustas y sinceras. Habría deseado encontrar otras cosas; abrir la ventana y que del caudal estallara una pieza mozartiana..., un fragmento que le recordara a algo, no sólo las miserias de la tierra..., sus fragancias viciadas. La artificiosidad sabía mentir mejor, sabía aplacar las dudas... Las invenciones propias, los productos seniles de la memoria tranquilizan más que la evidencia presente... La verdad ha de ser trágica para ser creída..., ha de ser nuestra. De esta idea llevaba ligado un entero episodio de su vida, el recuerdo de la ruptura con su última compañera..., porque desde entonces decidió que nadie le acompañaría a ninguna parte jamás.

Su amante le sorprendió una vez distante y caído, frustrado como un animal apaleado. Ella había terminado los estudios, trabajaba ahora en una empresa de la construcción, en una ciudad lejana, olvidada por todos. Venía al apartamento que compartían en Hilser una vez a la semana. Ese viernes lo encontró recatado, hojeando un periódico. Había escrito algo, el cuaderno yacía sobre la mesa arrugado..., flaqueado.

—Me han dicho que te vas a casar...

—Hablan demasiado en ese rincón del mundo... No hay mucho que hacer, los espíritus se cansan...

—No siempre la razón se alimenta de quimeras, querida... El que lo haya dicho un tal Nietzsche no demuestra nada... Jaja... Y cuéntame, ¿cómo es él? No quisiera averiguar que me estás engañando con un ingeniero..., una bestia de esas automatizadas, tecnologizada.

Elsa le sonrió con esa figura inexpresiva que le impacientaba, que le acordaba la poca cosa de la naturaleza de aquella mujer, tan común, tan opaca.

—Espero que no te pongas otra vez a insultar mi profesión, mi falta de ideas e ideales..., mi superficialidad. Tú ocúpate de tus dioses, de tus esencias... A mí déjame vivir, no me vengas con mónadas y fundamentos inconcusos...

Serían las últimas palabras. Ella abandonaría Hilser esa misma noche...y se casaría dentro de dos meses... ¡Jaja! ¿No había sido genial? Había logrado reducir esa relación a un fenómeno cuya fuerza ya se había agotado... Elsa, sus caprichos, sus quejas, todos los sonidos que sacaba aquel animal fantástico, habían cesado... Su enigma se había corrompido..., de hecho nunca pensó en ella como en alguien que podría esconder algo de precio. Al principio intentó construirle una historia sagrada, oculta e ideal, como todos los amantes... Luego renunció a ello..., las miradas demasiado directas, las palabras reglamentarias de aquella mujer..., su hermetismo de tierra fértil, que ansía ser..., en fin...

Ahora también le entraban ganas de reír... ¿Qué se había esperado descubrir detrás de ese cuerpo masivo, de estatua? Se había acordado de las palabras de un buen amigo de la facultad... “¿Y qué es esa broma de la conciencia en un ser que es mero aparecer, que es mero fenómeno, en el que nada hay de profundo ni abismal, sino el ideal que él mismo se ha forjado? ¿Y por qué concibe el hombre dioses que nada tienen de humano..., dioses sólidos y putrefactos, dioses que no envejecen jamás? Dios es de hierro. El hombre es puro aparecer. Aparecer y cambio. Sí, ya se sabe, se trata de la proyección de sus deseos, de sus ideales y miedos. Dios es antropomórfico. Dios es anthropos. Pero el hombre no es sólo deseo que proyecta, sino enfermedad, melancolía y locura. Busca lo trágico, lo ansía, pues es lo único que puede satisfacer sus anhelos de dominio, de perfección, de autoflagelamiento. Dios es un ser calmado en su quietud desde la que no le queda ni siquiera la contemplación. Dios lo sabe todo, lo posee todo, es ese todo que el mismo ha creado, que continuamente representa en su volver sobre lo mismo en el pensamiento. ¿Pero el hombre? El hombre no puede ser sino demencia y desmesura. Y cae en los excesos al intentar captar lo verdadero. Lo busca en los lugares más peligrosos, en lugares que le hagan sentir lo verdadero. Si no se siente la verdad, si no se percibe el estar en la verdad, aunque esa verdad se haya descubierto, no nos convencería ni lo más mínimo. La verdad no basta con que sea verdadera, ha de ser trágica. Ha de producirnos náusea, ha de introducirnos en el éxtasis”.

Aquella tarde no se encontraba bien; alguna cosa le había producido realmente náusea, pero prefería verlo como un efecto de las palabras de su amigo... Había sido tan verdadero, tan auténtico e indiscutible lo que Jean le había confesado, que todo aquello le había producido náuseas. ¿No era eso lo que se sentía delante de la verdad? Quería caer en locuras como los héroes dostoievskianos..., mas juzgaba que nunca sería capaz de tanta sensibilidad, de tanta corporeidad ... ¡Jaja! Ahora sí se podía reír..., cuando estaba a salvo..., cuando las demás identidades ya no se confundían con la suya.

Se acostó sobre la cama..., cerró los ojos y vislumbró el único panorama que se le aparecía en los bastidores. Las salas marmóreas... Le gustaba cómo sonaban sus pasos en aquel edificio en forma de caracol, con sus facciones metálicas, con cortes estrictos, decididos... (Sería el único personaje de la farsa..., los demás ya no tenían cabida).