Artículos y reportajes
El texto como exorcismo

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En la antología 17 narradoras latinoamericanas, la argentina Cecilia Abzats expone en un breve prólogo o comentario que precede su cuento “La siesta”, lo siguiente: “El primer libro que se escribe suele ser una historia que uno tiene atravesada en la garganta: ponerla en palabras funciona como un exorcismo” (19). Confieso que no habría podido encontrar mejores palabras para referirme al libro que esta noche presentamos en la librería McNally Robinson de Nueva York, mi querido Al Norte del infierno. Y aunque la máxima de Abzats es de por sí sumamente abarcadora, me he adentrado en ella por otros rumbos que ésta me ha sugerido: en efecto, el primer libro que escribimos es usualmente un exorcismo, un dolor que uno tiene clavado en el pecho, una especie de trabazón que no nos deja respirar. Esa condición de texto-nudo es la que hace salir el libro con la fuerza de un bocado atragantado en las vías aéreas, para evitar así, tal vez, la muerte por asfixia.

Y esa gestión inevitable —sacarnos ese nudo del interior— tenemos que realizarla con toda la rapidez que una situación de peligro conlleva. La urgencia con que el texto demanda salir a la luz hace que éste no siga, por lo general, las pautas que siguen los textos reposadamente concebidos (la inmensa mayoría de ellos), ni los que resultan de esmeradas investigaciones bibliográficas, ni siquiera las que siguen ciertos textos mesiánicos. Ese primer libro que llevamos dentro no puede esperar tanto. Su existencia viene tocada por el apremio, por la violencia, por la inmediatez: o me lo saco del gaznate o perezco.

Al Norte del infierno nació bajo esas condiciones agónicas. Su texto se me había atorado no sólo en la garganta sino en toda mi alma. Lo sentía como un molesto padecimiento, como si se tratara de un proyectil que desde hacía tiempo llevaba alojado en los sesos y que ahora buscaba, por sí solo, salir a la superficie a través de la piel. Sacarlo de mí se convirtió en mi mayor prioridad, sin tiempo que perder y sin detenerme a pensar en cómo lo haría.

Pero arrancarnos un texto que vive en nuestro interior como un organismo vivo e independiente es un proceso de exorcismo que tiene sus propias reglas. En primer lugar, la urgencia que el texto exige ni siquiera deja un espacio para echar un vistazo a las pautas literarias que rigurosamente establecen las épocas y la tradición, ni para analizar los estilos en boga para configurarlo, ni nos permite remitirnos a las diatribas, valores, pareceres o maneras que consciente o inconscientemente nos impone desde alguna parte “el canon” o sea, sin siquiera prestar mucha atención a la literatura misma. Escribí Al Norte del infierno sin poderme acercar o considerar el mundo literario que transcurría a mi alrededor, sin tenerlo en cuenta, sin saber si eran éstas las formas que la narrativa exigía de los escritores de mi época.

Escribí la primera y única versión del libro en unos 8 meses, todo en 1982. El manuscrito apenas sí tuvo una revisión sintáctica. Desde mi salida de Cuba a través del éxodo del Mariel en 1980, los personajes formaban enormes algarabías y tumultos en mi mente, insoportables estrépitos, alborotos inenarrables, verdaderos motines de seres que al parecer sólo querían decir su verdad y estallar, como si sus vidas dependieran del mero hecho de la enunciación de sus gritos. A veces, el estruendo de las voces era tal que ya no podía hacerme el desentendido; entonces me hacían levantar en medio de la noche invernal y a las tres de la madrugada tenía yo que escribir lo que ellos iban a dictarme. Como autor yo sólo recibía alivio cuando terminaba de plasmar por escrito el mensaje de los más agresivos. Sólo después me permitían dormir un poco, pero yo sabía que muchos de ellos permanecían de pie en aquella cola metafísica hasta que les llegara su turno para hablar o sea, para reventar. Cuando terminaba de escuchar, recoger y escribir la exposición de una de aquellas voces, ésta parecía calmarse. Sus gritos continuaban pero ahora desde la página mecanografiada, no ya desde mi interior. Entonces comprendí que el nudo era una especie de hinchazón que yo debía evacuar con cierta regularidad para aliviar así la enorme presión craneana acumulada o de lo contrario, el dolor acabaría conmigo.

Y así salió este libro, a deshoras, en medio de grandes desvelos, sin pretensiones de ningún tipo y sin la menor expectativa, obedeciendo únicamente el agónico clamor de unas voces que se habían adueñado de mí y que exigían su materialización, su salida de mi cabeza y su relocalización física aunque fuera en lo textual. De no haber cumplido con las demandas de las voces, de seguro que hubiera enloquecido. Cuando transcribí el último clamor, sentí un vacío en mi interior que me pareció igualmente aterrador: volví a ser el joven de 23 o 24 años que por entonces era, con todas las angustias que mi condición de refugiado cubano implicaba.

Con el paso del tiempo y una vez publicado este texto endocrino, me ha ocurrido con Al Norte del infierno lo que le ocurría a Alejo Carpentier con su Écue-Yamba-Ó: me ha dado por huir de mi texto, por lo que apenas lo releo. Carpentier rechazaba su texto primigenio porque, según él, éste le parecía inmaduro. No me parecen razones válidas las suyas. El texto sólo se hace inmaduro a nuestros ojos, porque estamos conscientes de nuestra evolución física e intelectual. Pero el texto permanece congelado en el tiempo, almacenando dentro de sí los códigos de nuestra identidad en el momento de la creación. Las razones de mi rechazo son otras: el libro me hace recordar un doloroso capítulo de mi vida que no quisiera volver a padecer. Aunque apenas releo las viñetas que integran Al Norte del infierno, estoy feliz de que exista tal y como es, tal y como me lo dictaron sus personajes, los más auténticos de cuantos han invadido mi mente. Por lo que agradezco a mi editor Carlos Zequeira, de la Editorial Artimaña, el haber reeditado el libro, volumen del que no me avergüenzo sino que sencillamente observo desde cierta distancia.

Hace algún tiempo, un amigo poeta me hizo ver algo extraño en Al Norte del infierno: los personajes están en el aire, me dijo, no tienen un espacio adonde asirse, no tienen una plataforma que los recoja, no hay un setting demarcado o descrito donde ocurra la acción argumental. En efecto, los personajes de esta obra están en el aire. Tras analizar la observación de mi amigo he llegado a la conclusión de que tiene toda la razón: el libro no se detiene en la formación de un espacio literario donde los personajes puedan existir. Pero no lo tienen porque los personajes no lo necesitan, porque ellos no son sino gritos, voces, willies, ánimas que revolotean en el viento estival, en la ingravidez, en el estupor de una época malsana, acaso desde un Más Allá inaprensible. Este es un libro donde el espacio literario lo edifica el lector (no el narrador) a partir de los discursos que emiten, desde la textualidad, las voces.

A pesar de que este texto no ha seguido los parámetros considerados prestigiosos o canónicos, Al Norte del infierno ha hecho una verdadera carrera triunfal. Me pregunto cómo ha sido posible esa maravilla. Y he llegado a la conclusión de que la respuesta está en que la literatura no es una disciplina fácilmente encasillable, ni que funciona de un modo único, sino que prioriza, por sobre todas las cosas, su primordial objetivo que es el echar un poco de luz, aquí y allá, sobre el hombre y su tragedia. Por ello es que, a mi juicio, Al Norte del infierno ha cosechado triunfos que sobrepasan incluso mis propias expectativas: porque su razón de ser ha sido exponer la furia, la miseria, la desesperanza y el anónimo martirio de unas víctimas con quienes una época y unas circunstancias se ensañaron en sus individualidades. Para nada cuentan aquí las fórmulas literarias, ni los modismos, ni siquiera el autor. Si para los estructuralistas sólo importa lo textual, éste es su libro ideal.

Gran parte de la crítica que se ha acercado a este libro mío —y desde hace tiempo ya también de ustedes— considera que uno de sus valores del mismo es su apabullante actualidad. Al Norte del infierno no es un libro de tesis, ni de protesta, ni siquiera de reflexiones: es un libro donde sus personajes-voces sólo quieren que alguien los escuche. La actualidad del libro se debe a la postración del contexto histórico y sociopolítico que generó a las víctimas aquí tratadas: la tiranía castrista que desde la segunda mitad del siglo XX asola a mi país, ese hermoso archipiélago bañado por las cálidas aguas de la corriente del Golfo y por la enceguecedora luz tropical pero dominado también por la miseria, el estalinismo y la estupidez.

Ojalá que el libro perdiera toda la actualidad que desde siempre le ha caracterizado. Ojalá que dentro de poco los acontecimientos que narra sean algo del pasado. Y que el libro pierda toda su vigencia. Le pido a Dios que así sea. Porque pertenezco al grupo de los que consideran que la literatura no es más importante que el hombre.

Muchas gracias.

 

Bibliografía

  • Rivera Izcoa, Carmen, ed. 17 narradoras latinoamericanas. Puerto Rico: Huracán, 1998.