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“La burla del tiempo”, de Mauricio ElectoratMadres y huachos en La burla del tiempo de Mauricio Electorat

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En la novela de Mauricio Electorat La burla del tiempo, se presenta el conflicto de un hombre que debe afrontar, desde el exilio, la muerte de su madre y el afrontamiento con el hombre que lo delató provocando su exilio. El proceso que vive el protagonista se ve directamente influido tanto por la presencia de su madre en la constitución de su propia identidad, como por el hecho de asumirse como un huacho, y la superación del conflicto psíquico en el que se encuentra consiste en identificarse con su agresor, en cuanto ambos son huachos.

En su libro Madres y huachos, la antropóloga Sonia Montecino establece que Chile se ha constituido sobre la base de un mestizaje racial y cultural, que ha traído como consecuencia un predominio de la figura de la madre como base del constructo social y el huacho, sus hijos, como identidad adquirida por lo masculino. En este sentido, la madre de Pablo Riutort se muestra como un personaje complejo, representa el quiebre, la trasgresión de la tradición (hace gimnasia desnuda, y no le importa aparecer sin ropa frente a individuos poderosos, como el empresario que negocia con su marido), pero a la vez tiene el poder y la autoridad para permitirse ser conciliadora, mediadora entre los miembros de la familia, simpatizante del PC, pero católica y autoridad frente a su marido (su propio marido le entrega una cuota de poder al engañarla con una prostituta). La madre de Pablo Riutort se presenta como un personaje potente, fundamental en la psiquis de su hijo, y de ahí la necesidad de su continua presencia a lo largo de la novela a través de sus cartas. Se presenta como una madre muy sana, no castradora, que asume su sexualidad sin tapujos ni vergüenzas, incluso mostrándose como un cuerpo deseable y poderoso hacia todo el mundo. Esta misma estrategia de detentar poder es la que utilizan las mujeres subversivas de la novela, Rocío y Soledad Fortea, quienes se relacionan con los hombres que conforman el partido de resistencia a través de su cuerpo, de crear el deseo en el otro y estimularlo, pero no satisfacerlo más que con un solo hombre (no satisfacerlo las colocaría en la posición de inactivas sexualmente). Incluso Rocío se vale de este mismo mecanismo de poder para zafarse de la presión de Aguilera, el “soplón” que le pide delatar a sus compañeros de izquierda.

Este poder que se instala en la sexualidad femenina es explicada por Montecino con el verso de Gabriela Mistral “bendito sea mi vientre en que mi raza muere”, “Una raza que muere toda vez que la mujer se niega a parir, gesto de inversión de imagen salvífica de María... pero a la vez estrategia que coloca a la mujer en un sitial sacro” (Montecino, 57, 58). El cuerpo de la mujer tiene de por sí el poder de dar la vida... y de no darla. Esta cuota de poder es equivalente a la de matar o no matar que podría haber tenido un militar en época de dictadura.

En cuanto a los personajes masculinos de la novela, es interesante comprobar que ambos jóvenes encomendados a la tarea de delatar a los compañeros marxistas son, de hecho, huachos de padre, e hijos de mujeres que deben avocarse a tareas de servidumbre y prostitución, en cada caso, lo que las sitúa en una categoría de madre genésica, reproductiva y no afectiva (Montecino, 56). El rencor que nace en estos dos personajes no se basa en ideologías políticas, sino en su propia condición social: “El bastardo buscará su legitimidad en lo heroico —la cofradía de los huachos que luego se troca en bandidaje, en protesta social o en violencia contra lo femenino— pugnando por superar su estadio de hijo, asumiéndose como ‘macho’ ” (Montecino, 56), que se contrapone a la de los “niñitos bien” que conforman la resistencia universitaria, que tienen madre y padre, incluso se valen de su trabajo en la Secretaría Nacional de la Juventud, y no de sus méritos académicos (que los tienen) para sacar a sus madres de la vida que llevan, porque es desde ahí donde pueden hacer que el que no nació huacho se transforme en huacho, y el método que utilizan para esto es el envío al exilio, el alejamiento del individuo de la patria (patria, de la voz latina que significa padre) “enhuachándolos”, obligándolos a vivir en esta condición mientras dure en el gobierno el poder que los ampara.

La escena de la violación de Nelson y Aguilera ilustra lo que según Montecino fue un fuerte móvil de las mujeres que reclamaban su patria usurpada por el marxismo durante la UP: “La recriminación de la poca hombría expresada en el plano de la sexualidad, que puede leerse como la percepción extrema que las mujeres tienen de los hombres. El arrasamiento vital de la patria se debe a que los hombres no se comportan como tales, permitiendo la violación de otros (o)” (Montecino, 110). En este sentido, y si nos adscribimos a la teoría de que Chile conforma en su esencia una “matria” más que una “patria”, hecho asumido incluso por la masculinidad hegemónica de la época, los propios militares: “Y Kakariekas, que su carácter tenía la mujer chilena, y el comandante, que se lo iba a decir a él, si en este país mandaban las mujeres, oiga (...), si este gobierno se había llenado de señoras que mandaban lo mismo o más que un general” (Electorat, 309), entonces se explica el hecho de que el teniente Espina haya debido vestirse de mujer para someter a los jóvenes a torturas y vejámenes, todos ellos afectándolos en su sexualidad, poniendo en juego su virilidad “homosexualizándolos”. Decidora resulta la imagen de ambos torturados unidos por el ano a través de un palo. Durante esta época aquel que traicionaba a la derecha traicionaba a la “patria”, este hecho era consecuencia de “falta de hombría” y era denunciado por las mujeres, que era quienes “en verdad mandaban el país”.

De este modo se articula el universo planteado por Electorat, que sin duda refleja una realidad vivida hace treinta años. La madre continúa posicionándose como plataforma social, y el hijo todavía es un huacho, que con el tiempo deviene en machista. En este sentido el mecanismo a través del cual el protagonista, Pablo Riutort resuelve su conflicto psíquico, que no es otro que haber perdido su “patria”, es el de afrontar a su delator para conocer el motivo de su rencor, y al descubrir que éste se basa en su propia condición de huacho se produce una suerte de identificación mutua en este hecho. Al final, ambos son huachos, han pasado veinte años y ninguno está mejor que el otro, la madre y la esposa han desaparecido de su vida y ellos hoy, son más huachos que nunca. Bajo este panorama común, el rencor da paso a la compasión, tanto del otro como de sí mismo.

 

Bibliografía

  • Electorat, Mauricio. La burla del tiempo. Bogotá: Seix Barral, 2004.
  • Montecino, Sonia. Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno. Santiago: Sudamericana, 1991.