Letras
Tres monedas

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Hacía varias horas que Matías estaba sentado en la sala de espera, desde donde veía pasar los trenes. Las luces de los vagones al pasar iluminaban su cara, haciéndolo parpadear. Tenía la mente en blanco, no podía pensar, su pasado y el devenir flotaban indiferentes quién sabe en qué galaxia.

Cómo había llegado hasta esta estación ferroviaria, lo ignoraba, o que había ocurrido en su vida para hallarse en esta situación, tampoco lo preocupaba, sólo sabía que tres monedas plateadas tintineaban en su bolsillo. Con la mano izquierda jugueteaba con ellas, mientras en su mano derecha apretaba un papel.

Volvió a releer las breves líneas: “Tren azul de las 24hs”. Con una de las monedas sacó un pasaje sin saber el destino, tomó otra y la tiró dentro de la gorra de un vagabundo, que parecía dormitar, la tercera moneda la guardó porque no sabía que hacer con ella.

Esperó el tren, y no bien llegó se apiñó en el vagón junto a cientos de personas desconocidas para él. Nadie hablaba ni sonreía, todos parecían ensimismados en sus pensamientos.

—¿Piensa que llegaremos en horario? —preguntó a quien estaba a su lado, tratando de entablar una conversación.

—Siempre lo hace —contestó escuetamente, sin darle oportunidad de seguir hablando. Intentó con otra persona haciendo una pregunta pueril, pero tuvo la misma suerte, por lo que optó guardar silencio en medio de los poco amigables pasajeros.

Cuando llegaron a destino, una luz enceguecedora invadió el tren y los pasajeros comenzaron a salir en orden, sin inmutarse.

Al cruzar la puerta de salida se acordó de la tercera moneda y entonces resolvió qué hacer, compraría el boleto de regreso antes de que fuera demasiado tarde.

Recorrió el andén, casi apurado, tratando de hallar la máquina expendedora; al dar con ella introdujo la moneda y marcó el destino, fue cuando apareció en la pantalla un simple “gracias”.

Insistió varias veces, y viendo que no le daba el boleto, comenzó a golpearla con el puño. Hasta que un nuevo cartel avisó: “No insista, ya llegó a destino”.

Matías no se quedó conforme y decidió averiguar el motivo por el cual había llegado hasta ahí. Salió de la estación y se encontró frente a una gran extensión de tierra árida y estéril que terminaba en una loma. Buscó en derredor a algunos de los pasajeros que habían viajado con el, y sólo pudo ver cómo los últimos desaparecían tras el promontorio.

Caminó apurado y al traspasar la loma se encontró con lo más parecido a la Nada. Un vacío nebuloso en donde se mezclaban niebla y seres que blandamente parecían confundirse con el entorno, hasta desaparecer. Temeroso volvió sobre sus pasos y entró nuevamente a la estación. La soledad era estremecedora, las luces estaban apagadas y sólo se filtraba una tenue luminosidad por las ventanas. En un alejado banco alguien lo miraba fijamente, se acercó y creyó reconocer al vagabundo a quien le dejara una moneda.

—Usted tampoco se animó —le preguntó éste suavemente.

—No, tuve miedo, además ignoro qué está pasando y por qué estoy aquí —contestó Matías.

—Yo me fui dando cuenta solo —dijo el extraño con un dejo de tristeza—. Durante mucho tiempo, puse como excusa la falta de una moneda para realizar el viaje, por culpa suya ya no tuve más pretexto.

Matías se encogió de hombros, ya no podía pensar más, el cansancio lo dominaba y entró en un profundo sueño. Cuando despertó, estaba solo y rodeado de un abrumador silencio.

Amanecía y la luz comenzaba a filtrarse por las claraboyas. Algo llamó su atención en el fondo de la plataforma, eran las luces de la máquina expendedora de boletos, que titilaban provocándole el impulso irrefrenable de intentar nuevamente sacar el suyo. Buscó en los bolsillos, infructuosamente, una moneda, recordando luego que las únicas que tenía las había utilizado.

Una gran desesperanza le acometió, haciéndolo maldecir por su suerte, hasta que sus ojos tropezaron con una moneda que asomaba debajo de la máquina, tal vez perdida, olvidada o como esperándolo. La apretó muy fuerte, con miedo la introdujo en la ranura y esperó impaciente que saliera la inscripción: “Destino”, pero no lo hizo, sólo largó el boleto. Uno muy extraño, totalmente en blanco por el frente y por detrás con la inscripción “Operación anulada”, y en tinta roja bien destacado: “Regreso”.

En el tren varias personas fueron ocupando los asientos, algunos sonreían, otros conversaban y hasta alguien lo saludó con la mano desde lejos. Lástima que el vagabundo no regresó, parecía una persona agradable, aunque algo enigmática.