Letras
Dos cuentos

Comparte este contenido con tus amigos

La mancha

Sus pies hinchados de tanto deambular las calles apenas caben en los zapatos rotos, abiertos, exactamente por donde respiran perpetuos los callos punzantes; sobre todo cuando descansa la jornada, frente al aparador, cada tarde, a la sombra del techo plegable, predilecto por extender su frescor hasta el pavimento. El techo ha olvidado escurrir la lluvia y la lluvia los escupitajos del viejo por más de tres meses; distrayéndose un rato de seguir ofreciendo fastuosos tesoros traducidos en cheques al portador con el amparo de la suerte; pero sobre todo de la Lotería Nacional.

Sus ojos dejaron de ser confiables de tanto verse en apuros. Ahora son esos delgados anteojos escurridos hasta la punta de su gruesa nariz los que lo alertan ante quien quiera canjearle billetes por cheques sin fondos o su pan a cambio de nada.

El resto de los sentidos reconocen no sólo el linde y edad de toda moneda, olores o acertijos de pájaros de cuenta capaces de violar cualquier nido con tal de hacerse de dinero fácil; siempre listo de espantarse pajarracos de mala muerte a punta de bastonazos a la menor provocación de su tacto-audible, diestro al guiar mil pasos rotos hasta aquel cuarto de azotea, al fin sacarse los zapatos, los andrajos: jirones de camisa y pantalón colgantes de idéntico matiz al rostro abotagado en resignación; mientras el corazón se le sale por los pies.

El sol rasante, reflejado en el cristal, al cegarlo lo vuelve a la vida. El ansia de confort insiste en abstraerlo pensando cómo hacerse de ese par de zapatos sin que nadie lo advierta; sobre todo los buitres al acecho de su botín.

A medio crepúsculo suele colocarse frente a ellos. A fuerza de costumbre ha llegado a convencerse, enfocando inútilmente las gafas, de que son de su exacta medida, quizás un número más grande para beneplácito de las monstruosas callosidades; y por supuesto que se encuentran en mejor estado que los suyos.

Le atrae sobremanera el moño formado por ambas cintas, como si el par coquetearan con su orgullo: “Ven, tómanos, somos tuyos, te estamos esperando”; mientras lanza dos que tres muletazos más espantándose las moscas que también se turnan para alimentarse de él como sanguijuelas.

Con mucho tiento, para que nadie lo descubra, el desgastado hombre desliza el bastón armándose de paciencia infinita, paso a paso, imitando al caracol que parece seguir inmóvil a lo largo de las horas a pesar de haber devorado la planta de pies a cabeza; sin perder de vista los zapatos que parecen seguir llamándolo a través de la apetitosa transparencia del cristal. Algo le dice que si no lo intenta hoy, mañana será demasiado tarde. Seguramente no es el único que los desea, que los necesita, que está dispuesto a correr el riesgo a pesar del peligro latente; y es que el bello corte estilo mocasín con florituras en los lados y los tacones tan perfectos lo cautivaron desde un inicio. Las semanas se convirtieron en meses y los meses en necesaria obsesión para olvidarse de una vez por todas de esas burlescas bocas siempre abiertas en sus chanclas horrendas que hasta los tacones arrastra al caminar por el Zócalo, gritando sus billetes.

La punta metálica del bastón, con cientos de abolladuras opacas, ocultando a la vista del incauto otras docenas más, perdidas en las calles, al fin logra introducirse en uno de los dos seductores rodetes del moño, entre profundos jadeos del viejo, manipulando la operación secreta con sus ojos saltones, entornados a más no poder jalar aire; a punto de perder el equilibrio.

Ya no hay marcha atrás. Esos zapatos deben ser suyos hoy mismo; de lo contrario bien presagia las consecuencias.

El caos citadino provoca que su mente se aísle del entorno, incluso sus oídos silban en ascendente. Es un soldado decidido a llegar antes que sus camaradas al pillaje, a la rapiña absoluta entre bombas enemigas. Las bisagras giran en silencio. Tiene medio abdomen más allá de ese espejo de sorpresas. Los callos insolentes lo martirizan con punzadas no deseables al adversario que sigue lanzando granadas desde su trinchera; incitando al anciano achacoso a un último esfuerzo, a sacudir la lengua asquerosa al sentirse tan cerca del manjar; a pesar de su escasa y desgastada dentadura.

Una mueca maliciosa, que podría interpretarse como sonrisa cansada, puja lo suficiente para que el bigote relamido y la barba descuidada se tornen grisáceos en el momento en que el sol termina de ocultarse en el último edificio de enfrente. El bastón logra al fin que los zapatos se muevan ligeramente. Hasta este momento ningún peatón parece advertirlo, aumentando la emoción del abuelo. Penden apenas de la punta de metal ante el pulso titubeante y su rostro sudoroso, ambicioso. La mano derecha apoyada, a punto de resbalar junto con todo ese cuerpo regordete, desparramado, oloroso insoportable; con gran peligro, en cualquier momento, de convertir la osadía en simple anécdota policíaca en la última página de los diarios de mañana.

No puede más. Tiene que decidir ahora mismo entre dar la vida en nombre de la presa o salvar la propia vida. La cabeza calva le da vueltas. Le parece sentir agujas atravesando los dedos pulgares de sus pies. Sus brazos ceden al igual que los brazos de un árbol atiborrado de frutos, de lluvia, de cuervos guarecidos contra la voluntad del huésped.

Pero las cintas del calzado resultaron estar tan enredadas que, más que su bastón, lo que necesita son dos pares de palillos chinos, una lupa y hasta tres pinzas quirúrgicas para desenmadejar el laberinto en el laboratorio de un siquiatra especialista en nudistas: su prominente panza negruzca y apestosa ya es observada en la calle por varios curiosos alarmados, más allá de lo permitido por el manual de buenas costumbres.

¡Se va a caer!

 

Fue impostergable la llamada anónima de emergencia a la policía. Las televisoras enviaron equipos al lugar, esperanzadas en tener la edición completa de la nota antes de las nueve de la noche; pero ninguna de esas cámaras de tonalidades amarillentas logró enfocar a tiempo al par de zapatos desbarrancándose contundentes, en línea recta, desde la azotea del edificio de tres pisos hasta rebotar sobre el pavimento desgastado, mordisqueado por la lluvia y el tiempo; luego de abollar ligeramente el cofre de un vetusto auto estacionado.

El viejo, aturdido, desesperado, en el último instante prestó atención, sobre todo, al fugaz silbido de un largo tramo de cinta de video que se encontraba enredada, a la vez, entre las propias cintas podridas de los zapatos que sólo necesitaban de un sublime intento para ser liberados de su condena; de todos esos años que permanecieron colgados entre los inútiles cables del telégrafo, en pleno centro de la ciudad. Cables atiborrados, cada tarde, de pajarracos asustados ante el bastón que el viejo apenas logró salvar en la ventana, con el semblante enfermo. Expresión semejante a la del soldado que levanta las manos pidiendo clemencia.

Es verdad, los noticieros de la noche aumentaron su audiencia; al menos comparada con la del culebrón-telenovela de moda; y eso que ayer se decidía la suerte del protagonista principal: en el capítulo anterior su amante le había ofrecido fastuosos tesoros traducidos en ilimitados cheques al portador con el amparo de su futura viudez. Un segundo después te invitaban a comprar toda la gama de artículos que podrías adquirir si te ganaras la Lotería Nacional.

Las imágenes en los noticieros resultaron hasta cierto punto comunes, aburridas, nada fuera de lo ofrecido cotidianamente: el viejo les gritaba a los niños allá abajo que “esos zapatos le pertenecían”...

—¡No se los roben, hijos de puta! ¡son míos! ¡de “naiden” más que míos! —sintiendo el rostro inflamado y lo poco que quedaba de su mirada diluida entre lagrimones de impotencia; mientras los chicos lanzaban el par tan preciado una y otra vez a las alturas, encantados, después de atar entre sí de nuevo las cintas. Inadvertido el rancio personaje desde la terraza que seguía gritando con voz gruesa, amenazante, desesperada; tan sólo deseaba comprender, con su corta vista, el carnaval allá abajo; sin perder oportunidad para sazonar la escena inconclusa con cristalinos escupitajos cuya consistencia y espontaneidad hizo por momentos pensar a uno que otro testigo en la tan anhelada primer lluvia del verano. Sin olvidar, sea dicho de paso, los aplausos del respetable público, aquella tarde calurosa, obsequiados al valiente bombero: a pesar de los bastonazos que soportó en su espalda, bajó los tres pisos con el viejo a cuestas; desnudo de todo pudor.

El par de zapatos se encuentran de nuevo colgados, enredados una vez más por cuenta y riesgo de los chiquillos; repitiendo de esta forma la epopeya de sus padres; con la única diferencia de servir ahora como espantapájaros en la acera de enfrente.

 

Ajustándose indiferente los anteojos inútiles, sin perder de tacto los billetes y su cena, al anciano le parece que esta noche el cristal del aparador de la zapatería tiene una mancha que no había advertido antes; ubicada, tomando en cuenta el ángulo desde el que disfruta de su cotidiano descanso otoñal, un poco a la derecha de la ventana de su vivienda, en aquella oscura solana.

Se descalza, pausado. El bastón rebota varias veces sobre el cemento, en sus oídos; ante la indiferencia de la gente que sigue corriendo frenética en busca de sus propios sentidos; sin imaginar que el abuelo los capturó todos en esa extraña mancha apenas palpable, rasposa como lija en sus yemas endurecidas. “Verdosa, gelatinosa...” —parece murmurar algo entre risillas...

El bigote humedecido se abre en abanico ante lo que podría interpretarse como franca sonrisa pícara; mostrando a quien quiera ver los últimos tres dientes masticando con delirio el pedazo de pan.

 

Un minuto

La perspectiva es inigualable a pesar de que, irónicamente, el destino, el futuro, la suerte, el simple azar son ficticios para él.

La ciudad se le obsequia en libre naturalidad. No puede creerlo. No debe perder detalle; no olvidará uno sólo de estos súbitos segundos en toda su vida.

Inmerso en el paisaje convertido en escenario para él, espectáculo invaluable de sus sentidos. Lienzo reconciliado, a la lejanía, con lo abstracto que representa el bosquejo de ese par de avenidas paralelas torciendo caprichosas más de una vez hacia cualquier punto perdido entre edificios, arboledas y el smog. Los autos que las surcan semejan frenéticas hormigas metálicas, multicolores; reflejando en intervalos de monótona sorpresa la luz alta del sol que a la vez explota en la atmósfera completa; enmarcada por las nubes que parecen jubilosas ante la fugaz dicha de Jacinto.

Es tan corto el lapso que sus emociones no pueden darse el lujo de reflexionar, de concentrarse en un punto determinado; olores y sonidos creando en su garganta y en el ambiente un trago tan dulce, complaciente, necesario. Suficiente al descubrir al fin la simetría imperfecta, lejana, de su propio barrio; su vida en un suspiro impostergable; recortado en trecho alcance a la altura de aquella capilla por las ramas más delgadas, desnudas, de un árbol viejo, despuntando ociosas a pocos centímetros del barandal donde los ojos y la boca de Jacinto no pueden abrirse más ante el trazo de las sombras de docenas de arquitectos, firmadas por un niño en cautiverio.

La bandera nacional, en la cima del horizonte, guarda el luto de su tristeza al lucir escurrida, inmóvil en aquel mástil afilado.

 

Todo ha resultado un redescubrimiento intraducible.

A sus pies, sobre la calle del hospital, en un parpadeante “zoom” de sorpresas, no sabe si el vértigo que siente es debido a la altura, con las manos esposadas, o a lo que representan realmente las esposas, su profunda depresión; viendo caminar a la gente por las banquetas sin que nadie repare en él. Los autos entran y salen de la calle angosta, angustiantes, como obsequios fugaces de la vida allá afuera.

Varios chicos juegan fútbol en un parque cercano. A Jacinto le parece escuchar sus gritos; confundidos con las aves jugueteando de palmera en palmera, en el camellón, sobre el bulevar.

Los transeúntes que no contestan llamadas en sus móviles parecen responderse a sí mismos en absoluta abstracción.

 

El viento ligero que inicia la jornada parece llevarse las pocas nubes más allá del lienzo; invitando a ese gato equilibrista, gran amo del balcón, a reclamarle su presencia indeseable a Jacinto, viéndolo directo a los ojos a la vez que maúlla de nuevo, prepotente, erizando su lomo pardo; liberando parcialmente al hombre de su ensimismamiento.

Una voz seca, autoritaria, pero al mismo tiempo reflejando cierta compasión, se escucha desde el interior:

—¡Eh! ¡Jacinto! ¡Se acabó! —viendo de reojo su reloj de pulsera.

Jacinto voltea despacio, abstraído aún. Sabe bien lo que la orden significa; el minuto más largo de su vida se ha terminado.

Quisiera quedarse ahí, inmóvil para siempre, junto al gato que impasible espera la retirada sin pretextos del extraño.

Los chicos siguen jugando fútbol. Las aves cantan en las palmeras. La ciudad completa interpreta su infortunio.

 

Jacinto desfila al lado del recio policía custodio, quien lo observa como si descubriera de pronto un inesperado milagro encadenado a sus propias muñecas; a su pasado.

Jacinto nunca logró planear unas vacaciones como todo el mundo, unos cuantos días al año. Primero fue el exceso de trabajo, la bonanza, el cumplimiento del deber y el pago de favores; luego la falta de dinero, la quiebra. Las deudas le ordenaron mentir para lograr el sueño de los suyos; pero terminó cometiendo ese pequeño error que lo hace comprobar ahora, después de los primeros cinco años de condena, que la eternidad de la ciudad Lux suelen conjugarla algunos afortunados en insufribles estaciones a la sombra.

Acaba de firmar la paz con un mundo que apenas reconoce la libertad en el chasquido de unos dedos: el policía custodio cierra contundente la puerta de cristal del balcón; amotinándose en la mente de Jacinto tantos recuerdos que creía olvidados en los alrededores de aquella capilla.

 

—Me parece injusto que el médico me haya pesado con las esposas y la cadena puestas. ¡Te aseguro que si me hubieran dejado ir al baño antes, pesaría al menos dos kilos menos de lo que anotó el doc!

—¡Pinche Jacinto! ¡Si sigues así no volverás a ver nunca la ciudad! —riendo de buena gana el custodio amigo; sigue la broma del reo sin perder detalle de su caminar inseguro, enfermo; avanzando ambos por el pasillo en penumbra hasta llegar a la celda, a esa eterna morada dueña del destino en futuras suertes al azar.

La reja se cierra en un eco que duele, activándose automático el cerrojo ante la curiosidad sigilosa de uno que otro preso vecino. La voz de las palmeras al viento se adormecen ligeras en el convicto.

—Ni una palabra de esto a nadie, ¿entendido? —le susurra el policía al más afortunado de los prisioneros.

—¿Cuándo volveré a verla? —pregunta a media voz Jacinto; macizos sus puños en los barrotes de acero que su mirada parece iluminar.

—No lo sé, Jacinto... no lo sé —evadiendo la mirada del recluso se aleja con paso lento. Debe entregar de inmediato el informe al alto mando.