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Poemas

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I

me cuesta acostumbrarme a esta opacidad
a este fingido espejo que refleja a alguien
que podría ser yo
pero definitivamente no lo soy

si lo fuera
tendría el rostro diminuto
apenas entendible
y lo quebraría un rastro de muerte
dulce y pacífica

una lenta e inespecífica lumbre me abraza
retiro el cuerpo de la noche
para que no se liquide

oh poesía
mis manos son constructoras de abismos
no de detalles

soy una mujer informe
a veces ridícula y apasionada

los ojos volteados al cielo
miran el velo de la palabra
esa secreta fórmula de la escritura
que tanto desconozco

y a la que tanto pertenezco

 

II

mi palabra tan dubitativa
evocadora de secretos
y sagrados rituales de infancia

aquella deshojada
y cuarteada por mi boca
para que no diga
esas cosas que hieren
y traspasan ferozmente

esa palabra minusválida
corporal
y maciza
la emancipada por mis pérdidas

aquella salvajemente hermosa
que frente al público
prefiere no desvestirse
y que posee un dolor en la boca
indescifrable

mi palabra llena de asombro
ante las cosas
ante el amor agolpado
sin saber qué decir
sin saber si callar
o pronunciarse

a veces
simula saber sobre cuerpos
y las sombras de los rostros
pero no

mi palabra transpira tanta hambre

 

III

tengo un nombre
un precioso nombre
que es espejo
puñal
un nombre de bolsillo
de cartera
de tránsito
y de vanguardia

un poético nombre
una simple vanidad
llevada en el cuerpo
como una flor
por su amante

una vestidura
con que partir la noche

un nombre de garganta
de verbo
y de locura

un nombre que expresa
hasta el cansancio mi suerte
él traspasa
este rostro
a diario
agitándome

 

IV

Pájaros torpes se cuelan entre abrazos,
y conmemoraciones de antaño
me ahorcan el aire.

Escribo porque me arde la garganta por hablar

Lástima que al recordar, sufro.
Me cuesta tanto definir
quién fui.

Escribo porque temo
guardar esta infancia dentro.
Temo el daño que aún pueda causarme.

Las paredes eran huecas, porque las nubes
siempre fueron paisajes invisibles.

La infancia aún me lleva a cuestas,
porque ambas nos dolemos

 

V

Cómo te explico la casa donde nací,
el cuarto donde aprendí el lenguaje
y en donde relucían dolores de siglos.

Puedo mostrarte mi piel,
y estos huesos calcinados,
pero el dolor no es externo.

Ya no me delata

Mis dedos,
agujas frágiles de tinta,
escribieron el amor
tan tarde,
que al hacerlo,
recordaron ese vacío
añejado
que es el pasado

 

VI
Lo que la boca no se atreve a murmurar

Contamos palabras,
abrazos y símbolos
con estas manos remarcadas de tinta.

Fabricamos muros frente al enemigo,
para que no nos hiera.

Combatimos a capa y espada nuestro nombre,
para que nunca se diluya.

Nuestro rostro es una esfera, una lumbre,
una posibilidad de asombro frente al espejo.

Compramos pañuelos de seda
para llorarnos todo el dolor
de madrugada,
mientras
la noche nos pervierte.

 

VII

El poema debajo de la tinta
o debajo de tu cuerpo
es un instrumento tan peligroso,
como una suerte de arma voraz
incendiándose entre los dedos.

Cuántas cicatrices debo guardar
en la piel,
para saber que he sufrido.

Cuánta muerte irresistible
debo canjear por besos a tu espalda.

Tu guitarra en mi ombligo
crea acordes de nostalgias inauditas;
un incierto espejo nos refleja
aprendiendo nuestros rostros.

Afuera, la lluvia juega a desdibujarnos,
y el jardín
nos humedece los ojos
dejándonos desamparados,
mientras la noche nos traga a oscuras.

Mi boca entona palabras graves
que desaparecen al tacto.

El tiempo del silencio cabe en mis manos.

Al mirarme al espejo
soy tan sólo crepúsculo;
un rostro casi inabarcable.