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“Satanás”, de Andi BaizSatanás

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Siempre he abrigado una delectación especial hacia las obras “oscuras”, “cifradas”, de escritores de la edad media, el renacimiento, el romanticismo, la era victoriana o la modernidad. Esos pasajes “esotéricos”, vorágine por la psique humana, me parecen mucho más reveladores que los episodios de la literatura contemporánea, donde todo aparece resuelto y el esfuerzo mental, la capacidad telúrica, es mínima.

Mi impresión muy personal me empuja a preferir obras como El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, sobre otras como El príncipe feliz o El ruiseñor y la rosa, del mismo autor. Lo mismo puedo decir de Robert Louis Balfour Stevenson. Sin lugar a dudas, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde supera con creces, desde esa cabeza oscura de la que nos hablara el poeta Antonin Artaud, a textos como La Isla del Tesoro (no por la equívoca impresión de ser un libro para jóvenes) o su otra novela, La flecha negra. Pese a esto, Stevenson, en La Isla del Tesoro, algo que se repite en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, logra establecer un principio de correspondencia entre el bien y el mal, la luz y las sombras, de la misma manera en que lo hace Cervantes con el Quijote; el Quijote representaría el espíritu, Sancho Panza, como su mismo apellido lo acredita, la materia. No obstante, se trazan equilibrios en la obra; Sancho, quien simboliza lo vulgar, lo terreno, padece un proceso de calcinación y de ablución, logrando al final del texto una luminosidad que asombra. El Dr. Jekyll y Mr. Hyde, sobre todo este último, incitan a una valoración de lo real, lo evidente, lo físico, lo humano. Las revelaciones oscuras del libro, su lenguaje cifrado, su infinidad de códigos y acertijos, igual a los pasajes referentes al infierno de La Divina Comedia o de El Paraíso Perdido, están más ataviados de luz, de descubrimientos, que el mismo Génesis de la Biblia.

Lo mismo acontece en La Eneida, de Virgilio; El asno de oro, de Apuleyo; El matrimonio del Cielo y el Infierno, de William Blake; La serpiente verde y Fausto, de Johann Wolfgang von Goethe, las cuales pertenecen a esas fábulas de lo oscuro y lo esotérico, trazadas y levantadas por escritores que tuvieron en su literatura un vínculo muy estrecho con las sociedades secretas (el caso de Milton, Dante y Goethe), o que simplemente encontraron más atractiva su lucha estética enfrentándose a sus propios demonios, fiebres, urticarias y pesadillas (Hölderlin, Novalis, Baudelaire, Nietzsche, Milosz).

Lo anterior se extiende a escritores más contemporáneos como es el caso de Doyle y Yeats (lo paranormal) o los americanos Dávila Andrade, Ramos Sucre, Jaime Sáenz y Carlos Obregón (lo alquímico).

La película Satanás, basada en el libro homónimo de Mario Mendoza, refuerza en nosotros ese gusto por lo siniestro, lo oscuro, el otro o los otros, cohorte de fuerzas antagónicas que nos delinean, habitan y componen y sin las cuales no seríamos nada.

Eliseo, el hombre que se incrusta en la carne y en los huesos de hombres y mujeres de diversas geografías, logra libertarse del pensamiento racional de su Yo para instalarse en un pensamiento seminal, conectado con la naturaleza de su propia psique, con las fuerzas de su ser interior y no exterior; todos llegamos a creer, por culpa de la tradición religiosa, que el mal habita afuera, que se representa en lo externo y en lo simbólico, sin percatarnos de que el mal subyace adentro, forma un paralelo con su sustancia antagónica-análoga, entrando en correspondencias que determinan los equilibrios.

Pero Satanás, antípoda del bien, no sólo habita en Eliseo, sino que se iza y erige en Ernesto, el párroco, lo que confirma que el bien y el mal dejan de contradecirse para interactuar; Paola, aquella hermosa muchacha que utiliza sus encantos —todo ángel es terrible, diría Rilke— para robar a un puñado de hombres con el uso de la escopolamina; Irene, quien encarnaría, en el caso del cura Ernesto, la caída, el fruto prohibido, la serpiente del Edén, para luego instaurarse como la luz, el amor, la salvación, la fuga, el éxodo.

El mal no sólo habita en Eliseo. Puedo afirmar, con conocimiento de causa, que los extremos opuestos de la belleza, de la perfección, de la fealdad, del bien, de lo luminoso —es decir, el mal y sus iguales— gravitan no sólo en los seres humanos (el taxista, los hampones, los violadores) sino en lo imaginario, en lo atmosférico, en lo geográfico, en lo simbólico, en lo comunicativo.

Eliseo, entonces, nos representa a todos, no a unos cuantos, como dirán algunos moralistas, sino a todos, hombres y mujeres, niños y ancianos, y lo anterior puede confirmarse no sólo a través del hermetismo (los principios herméticos), el taoísmo, el budismo, el brahmanismo —incluso el catolicismo en sus orígenes— sino también en el anima y el animus planteado por Jung; el inconsciente de Freud; el principio de incertidumbre, de Werner Karl Heisenberg, o la relatividad de Albert Einsten, llevados estos últimos al plano de lo espiritual y psicológico.

Con temor a equivocaciones, creo que Satanás, del colombiano Andi Baiz, es la mejor película que se ha hecho en el país. Y eso lo constata no solamente la dirección de Baiz, la producción de Rodrigo Guerrero Rojas (María llena eres de gracia) y del mexicano Matthias Ehrenberg (Rosario Tijeras), sino también la actuación magistral de Damián Alcázar (El crimen del padre Amaro), Blas Jaramillo, Jhon Alex Toro, Teresa Gutiérrez, Vicky Hernández, Marcela Gardeazábal y Martina García (Perder es cuestión de método).

Una película que sorprende por sus diálogos, su filosofía, su literatura, su fotografía, su reparto. Una obra que desde comienzo a fin logra la seducción, algo muy esquivo en el cine nacional, la atracción, la sugestión, el arrepentimiento, el llanto, la catarsis. Una película que no da lugar a pausas, lapsus, respiros. Una pieza maestra que no permite la liberación, solamente hasta el final, el escape, la retirada.

Es muy probable que Satanás, aunque esto no debe preocupar a Colombia (Lars Von Trier ni siquiera fue nominado por Dogville), reciba la presea dorada en los Premios Oscar como mejor película extranjera. Sin embargo, a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood le suele ocurrir lo que le sucede a quienes conceden el Premio Nobel de Literatura: son muchos los escritores que han quedado por fuera.

Con reconocimientos o sin ellos, Satanás es una obra que consolida el cine nacional —el mismo que ha tomado tanta fuerza con películas como Al final del espectro o Bluff—, una cinta que confirma que el arte nacional está a la altura del mejor cine mexicano, chileno, argentino, brasilero o iraní.