Una vez más Miguel Delibes se acerca a su pueblo y a su infancia en unas páginas de delicioso realismo. Basta repasar simplemente el índice de algunos capítulos para darse cuenta de ese bello paisaje realista de su vida que magistralmente nos describe:
- “El pueblo en la cara”.
- “Aniano, el Cosario”.
- “Las nueces, el autillo y el abejaruco”.
- “La pimpollada del páramo”.
- “Los hermanos Hernando”.
- “Las cangrejadas de S. Vito”.
- “La Sisinia, mártir de pureza”.
- “Los nublados de Virgen a Virgen”.
- “El matacán del majuelo”.
- “Un chusco para cada castellano”.
- “Grajos y avutardas...”.
- “Las Piedras Negras”.
- “La Meseta de los Muertos”.
- “El Regreso”.
Miguel Delibes desarrolla en esta obra una temática vivida en primera persona que nos pone en contacto directo con el esquema de un doble paisaje: el paisaje exterior del marco geográfico en que se desarrollan los hechos, su pueblo y sus gentes, y, con la excusa de ellos y como sin querer, su propio paisaje interior, con su adolescencia y los recuerdos y sentimientos de entonces.
Una síntesis deliciosa en la que no se diferencia bien si son los recuerdos humanos del autor los que dan vida a las demás personas y al paisaje en que los hechos se desarrollan, o si son aquéllas y éste, quienes reaniman sus recuerdos y sentimientos perdidos.
Miguel Delibes escribe desde el paisaje, y lo hace tan bien, tan bien, que quizá algún desprevenido lector no caiga en la cuenta de que, por encima y por debajo de esa espléndida descripción del mundo rural, está el alma del propio escritor, tan fundido con él y tan enamorado de él, que a veces cuesta trabajo distinguir los diferentes planos que nos enseña.
Miguel Delibes empieza por identificarse perfectamente con las gentes, el paisaje y las historias de su pueblo. Nos da la sensación de que al escribir es como si fuera consciente de que va a ser leído por los personajes que cita y lo hace siempre con cariñoso respeto y afecto...
Por otra parte narra hechos nada transcendentes, pero que en el rincón de sus recuerdos fueron un día importantes para sus protagonistas al mismo tiempo que motivo de conversaciones, preocupaciones, alegrías, afanes o jolgorios, compartidos y celebrados por todos los miembros de la pequeña comunidad rural que los vivieron en primera persona.
Por ello, esta obra, Viejas historias de Castilla la Vieja, aparentemente sin grandes ambiciones ni gran formato, es una obra muy importante en el estudio de la producción literaria de Miguel Delibes, porque en ella nos narra hechos de su infancia y adolescencia, en los que muy tempranamente podemos apreciar su gusto por el mundo rural, sus bellísimas descripciones y la riqueza de un vocabulario vivo y popular.
La trama de los personajes
Los actores que aparecen en los relatos de estas Viejas historias son siempre, como queda dicho, gentes de su lugar, labradores en su mayoría, guardas, cazadores, pescadores de río, que simbolizan la forma de estar, de ser y de pensar, no sólo de su pueblo sino de todos los pueblos de su tierra, Castilla. Por eso el título: Viejas historias de Castilla la Vieja. Esa síntesis del mundo rural castellano es uno de los mejores éxitos de su obra literaria.
A través de los diferentes capítulos va completando la definición psicológica de los actores que aparecen en la trama del relato. Ninguno es descrito exhaustivamente en el momento de su aparición, aunque en algún caso contado, dos o tres solamente, la presentación del personaje sea más detallada.
En el transcurso de los capítulos siguientes van apareciendo nuevas facetas que añaden detalles a la forma de ser, de pensar o de hacer del personaje.
La definición tampoco es exhaustiva en el conjunto de la obra. Más bien el autor se contenta con sugerir la psicología del personaje, o de su trabajo, o de su forma de entender o de pensar, o de no entender ni pensar, señalando sólo los rasgos esenciales para que el lector, cada lector, les complete según su imaginación y el conocimiento que tenga del ambiente rural.
Consideramos curioso hacer aquí una sucinta relación de los actores o personajes que intervienen en la trama del relato, simplemente para hacernos una idea de su número y variedad, porque de la riqueza de cada personaje lo haremos en el comentario del texto que acompaña el final de cada capítulo, en el apartado correspondiente a la tipología de los personajes.
He aquí la simple relación de vecinos nominados y los capítulos en los que aparecen:
- Isidoro, el autor. Relator en primera persona de las historias que cuenta.
- La tía Zanona, dueña de un palomar (Cap. 1).
- El Topo, profesor de aritmética y geometría (Cap. 1) (Cap. 16).
- El Elicio, vecino del pueblo (Cap. 1).
- Las Mellizas. Sus hermanas; nos dice solamente el nombre de una, la Clara (Caps. 1, 7).
- El Cosario, recadero. Nos dice su nombre, Aniano (Cap. 2).
- Orestes, conductor del autobús de línea (Cap. 2).
- El tío Tadeo, agricultor (Cap. 2) (Cap. 16).
- Madre. No hubo mujer más buena que ella (Cap. 2) (Cap. 7).
- Isidoro, Padre. Siempre se enfadaba con madre, menos el día que murió (Caps. 2, 7, 13).
- La tía Bibiana, vecina del pueblo, dueña de una noguera (Cap. 3).
- La Marcelina Yáñez, tía materna del autor (Caps. 3, 7, 9, 10, 11).
- La Macaria, asistida por el médico de una calambre (Caps. 3, 16).
- Don Lino, médico de Pozal de la Culebra (Cap. 3).
- Emiliano, invitado al banquete de la avutarda (Caps. 3, 14).
- D. Benjamín, el rico del pueblo (Caps. 3, 4, 8, 12).
- Antonio, cazador (Caps. 3, 9, 11, 12).
- D. Justo del Espíritu Santo, cura del lugar (Caps. 3, 4, 5, 6, 7, 9, 14, 16).
- El Ponciano, vecino del pueblo, cazador y pescador (Caps. 3, 6, 9, 12).
- El Olimpio, vecino del pueblo (Caps. 3, 14, 16).
- El Elicio, vecino del pueblo (Cap. 3).
- La tía Zenona, vecina (Caps. 3, 9).
- Los chicos del pueblo (Cap. 4).
- El tío Remigio, cura, tío carnal del autor y compañero de Seminario de D. Justo del Espíritu Santo (Cap. 4).
- Los Hermanos Hernando, tres, taciturnos y reservones: Hernando Hernando, el mayor, cantinero del pueblo (Caps. 5, 14); Norberto Hernando, el más pequeño, labrador (Caps. 5, 12).
- El Silos, pastor, rudo y primitivo, más perjudicial para la caza que el propio raposo.
- La Sisinia. Mártir de su virginidad (Caps. 6, 9).
- Valentín, vecino y secretario del pueblo (Caps. 7, 14).
- Dª María Garrido, avulense (Cap. 9).
- El tío Saturio, dueño del majuelo del matacán (Cap. 11).
- La Rosa Mari, aspirante a novia del autor (Cap. 11).
- Saturio. Vecino (Cap. 12).
- Domiciano, vecino tuerto (Cap. 13).
- Felisín, hijo de Domiciano (Cap. 13).
- El tío Bolívar, tenía una cabra tuerta (Cap. 13).
- Señora Blandina, dueña de una bodega (Cap. 14).
- Tío Remigio, cura, tío del autor (Cap. 15).
- El Patrocinio, guarda de campo en el pueblo (Cap. 15).
- El profesor Bedate. Uno de sus profesores (Cap. 16).
- Don Armando, librepensador y alcalde accidental del pueblo (Cap. 16).
- La Señora Esperanza. Mujer del Tadeo (Cap. 16).
- Emiliano, invitado al banquete de la avutarda (Cap. 14).
- Gasparín, pasó una semana en el calabozo del cuartel (Cap. 16).
En el conjunto de todas estas personas, la más nombrada es el cura párroco del pueblo, don Justo del Espíritu Santo, a quien se menciona en 8 capítulos. En aquellos pueblos de Castilla de primeros del siglo pasado, el cura era respetado y seguido por la gran mayoría de los vecinos como la primera autoridad moral. Con el maestro (donde lo hubiera), el secretario y el alcalde eran, de verdad, las fuerzas vivas de la comunidad vecinal.
Tras él, Marcelina, la tía materna del autor, interviene en 5 capítulos; Antonio, el cazador, y el Ponciano, en 4, e Isidoro, su padre, y el Olimpio, en 3.
Todas las personas relacionadas, cerca de 40, son citadas por sus propios nombres o por sus apodos personales. Diríamos que se deleita en citarlas y en recordarlas, puesto que siempre nos habla de ellas con ternura y devoción, con respeto y con visible cariño.
Para tratarse de personas que viven en un pueblo pequeño, 40, son ya muchas y desde luego más que suficientes para reflejarnos, a través de ellas, la cercanía, el ambiente, la veracidad y la mentalidad que preside la vida del lugar.
Y, entre los muchos detalles que pudiéramos traer para resaltar la sensibilidad del autor, aportamos el recuerdo familiar que dedica, dentro del marco lugareño y después de las personas, a los perros de caza más celebrados de su pueblo, sin olvidar que MD fue siempre un gran cazador y es, además, un clásico de escenas de caza.
En estos relatos de su adolescencia se acuerda del “Coqui”, perro familiar, se le erizaban los pelos del espinazo cuando sonaba algún trueno potente, del sultán, galgo del Ponciano, del Quin, galgo de los hermanos Hernando, del Lebrel de Arabia, de D. Benjamín y del Chinda, perdiguero de Antonio, el cazador.
Los nombres de los lugares de su pueblo están unidos también a los recuerdos de su adolescencia, como los mudos testigos de las historias que nos cuenta y parte del escenario.
Su recuerdo se agranda hasta el punto de hacerlos coincidir con el título de algunos de sus capítulos: La Pimpollada del Páramo, El Teso Macho de Fuentetova, Las Piedras Muertas, La Mesa de los Muertos...
En todos los relatos aparecen muchos nombres o términos curiosos de pueblos, lugares, caminos, páramos, tesos, cuetos, chopos, nogales, pinos o eucaliptos. Al final de cada capítulo se agrupan todos esos nombres bajo el epígrafe 4: Relación de nombres o términos de la geografía local. Sería muy sencillo reconstruir con ellos el mapa de su pueblo y alrededores.
El respeto y la dedicación cariñosa y sensible del autor a las personas, a los hechos, a los animales y al paisaje, hace que nos presente siempre su lado amable, sin críticas ni actitudes acres, sino con la lozana frescura de los hechos naturales que acaecen en el devenir de una sociedad muy vieja, inconsciente todavía del gran cambio que ya empezaba.
Finalmente, en el análisis temático de esta obra nos encontramos con episodios dormidos en el tiempo y que el autor se deleita en revivir. Si a la exquisita sensibilidad con que nos narra, por encima de ellos, un trozo de su propia vida, se añade, además, la belleza verbal de su expresión, el resultado es una obra deliciosamente intranscendente que se lee con creciente curiosidad y admiración.
Edición utilizada: Destino, Barcelona, 1994.