En medio de la quietud de una noche medio parda y púrpura la llanura de pastos secos cascabeleaba incesante. Mi alazán se mostraba perezoso; tenía en cada paso un deseo natural de detenerse: a saber habíamos recorrido toda la cresta de la montaña, empezando al despuntar el alba y con sólo dos paradas para recobrar fuerzas.
Helena había huido entonces, y lo agobiante no era ni su ausencia ni la forma en que indirectamente me había dicho adiós, sino que ante todos nuestros esfuerzos, ante nuestro talento natural para recorrer y cubrir en horas la sierra entera, ella había decidido desaparecer. Así ni Arturo, ni Mosca, ni siquiera don Pablo, su padre, pudimos encontrarla. Cuando la noche ya callada estaba protegida por una luna inmensa como mi tristeza bajé del lomo de mi animal y comenzamos el retorno.
A esta hora las flores son grises. El viento es libre. Sucede que en el día el sol aplasta la brisa, la convierte en un caldo irrespirable. Pero en la noche es tan veloz como una estrella, y corta incluso.
Las estrellas parecían buscarla también, por eso alumbraban más. La luna era ya de por sí un reflejo de la propia llanura: blanca y enorme, casi redonda. Siento que haberla perdido en este mar de pastos es la señal de un destino que ama las ironías; porque en este mar sin orilla, cálido de día y seco y triste de noche la encontré, la amé, le dije que sí, que creía en ella, que no importaba que su padre la quisiera como monja, que cuando nos casáramos tendría que aceptarla, como hija casada, como hija con obligaciones.
En la mañana don Pablo nos vino a buscar. Sus manos grandes, convulsas, me dieron mala espina, así como sus botas de montar, como el cinturón de remaches plata y el revólver Colt caoba capaz de resucitar a un difunto para matarlo de nuevo. Asustado busqué el azadón: o él o yo, o Helena y yo, la Hacienda, los esclavos y yo y Helena o él. Pero me tomó de los brazos como a un hijo. Las lágrimas jamás derramadas, ni siquiera el día en que don Braulio, su primogénito, cayó baleado por los hombres del Capitán, fluían y ni siquiera él, que podía tirar a un novillo de seis arrobas por los cuernos, podía detener. Su hija se había volado.
Lo peor es que yo ya lo sabía. Le había prometido librarla de su padre, su verdugo, su captor; tomar, como su esposo, las riendas de la casa. Con la ayuda de los peones acabar con sus hermanos, ser así, felices, los únicos dueños de esta hacienda. pero el tiempo, el tiempo y tú, mi Helena, tan deseosa de quitarte de encima las manos de tu propio padre, hambrienta de libertad lejos del aliento a whisky de los esclavos a quienes el viejo la entregaba como castigo, tú fuiste la que no pudiste esperar, huiste desbaratando mis planes, nuestros planes, como si de algún modo hubieras sabido la verdad: que amo más esta tierra donde mis padres y mis abuelos han sido esclavos, esta tierra llena de los huesos de nuestros antepasados, esta llanura y esta sierra donde antes mi raza corría libre. Y por ella, y por los míos, te seduje, te engañé, y no tuve miedo de ver algún día tu cuerpo consumirse incinerado con el resto de tu familia. Lástima, habrías sido la heroína de este mundo.
Llegué al establo, todas las luces de la casona encendidas. Vi a don Pablo, a Mosca y a los hermanos Torreón esperándome. Ni rastro de Helena, creí, hasta que noté la sangre seca en las ancas y el lomo de Peregrino, ahí supe que la habían encontrado, y, como era el deseo de su padre, mejor muerta que prófuga. Y entiendo en este momento, que me quito el sombrero ante esos hombres con los que tantas veces me tomé mis aguardientes, que ella les contó todo antes de morir. Y como ha sido la tradición de mi familia no tengo miedo de morir tras haberme jugado el corazón, y que las hojas me tajen, ya que de todas maneras se cumplirá así uno de los deseos de Helena: derramar nuestra sangre bajo la misma arma.