Letras
Cuatro relatos

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Despertándome

Sentí en la oscuridad que alguien me movía el brazo con fuerza, y me desperté de repente. Estaba soñolienta, un letargo que se me antojaba demasiado intenso no me dejaba despertar del todo, apenas podía abrir los ojos, apenas podía entender que estaba fuera de la cama y caminaba tras la señora que me había despertado.

Entre el letargo y las ganas de seguir durmiendo, pensé en la casa que estaba hecha un desastre, debía limpiar el piso, recoger la cantidad de vasos y platos que los invitados de la tarde anterior habían dejado por doquier. Esas reuniones de amigos son divertidas, pero agotadoras. Por educación uno termina invitando y atendiendo no sólo a la gente que realmente quieres, sino a los insoportables que luego de usarte, se dedican a criticar tu casa, tu comida, tu decoración. Mi esposo dice que yo me preocupo demasiado, que me tomo demasiado en serio las cosas.

Anoche me acosté con el peor de los dolores de cabeza... Seguramente por eso me cuesta despertar ahora, debe ser el cansancio de la fiesta, la casa, la calle, el trabajo...

Pensar que debo lavar hoy, mi esposo no tiene ropa limpia que ponerse. De pronto recordé que al levantarme no vi a mi esposo en la cama. Ahora que lo pienso, no sabía quién era la mujer que me había levantado y caminaba delante de mí; traté de zafarme del sueño, de la imposibilidad de mantener los ojos abiertos y le pregunté a la mujer, pensando aún en la ropa sucia y la casa por arreglar: “¿Para dónde vamos? ¿Quién es usted?”. La mujer se detuvo y me tomó la mano con fuerza: “Moriste anoche, ya deja la angustia”.

 

A las seis pasa la Virgen

Isadora tenía tiempo padeciendo una de esas enfermedades que a algunos matan muy rápido y a otros torturan por años. Quizá haber conocido su diagnóstico desde el principio, pasando largas temporadas en hospitales y luego regresando a casa “milagrosamente”, le habían hecho guardar el miedo a la muerte en el baúl de la resignación y el desdén.

Ella vivía con una de sus hermanas, Amelia, y a diario hablaba por teléfono con su hermana menor, una niña de esas que llegan cuando todos creen que los padres han dejado de fecundar.

Aquella tarde, a la niña le extrañó que Isadora no hubiese querido contestarle la llamada, por lo que Amelia le explicó: “Lo que pasa es que hoy se siente mal, por eso no tiene ganas de agarrar el teléfono”. La niña se angustió y le preguntó a su hermana si ella prendía las luces todos los días a las seis de la tarde: “Acuérdate de lo que decía siempre mi mamá”, recalcó muy seria, “que en las casas hay que prender las luces a las seis de la tarde, porque a esa hora la Virgen visita los hogares de la gente buena y los ayuda con sus problemas”. Con insistencia la niña le hizo prometer a su hermana que aquella tarde prendería las luces de la casa para que la Virgen ayudara a Isadora.

Amelia se sentó junto a Isadora y se puso a conversar con ella a ver si lograba distraerla para que olvidara un poco el dolor que tenía. Se levantó a buscar café y mientras salía del cuarto la oscuridad de la noche le hizo recordar el encargo de la niña: “Ay, son más de las 6 y no prendí las luces. Mañana estoy pendiente y las prendo...”. Isadora suspiró con cansancio y susurró: “Las hubieses prendido hoy porque me voy a morir sin que la Virgen pase por mi casa...”.

 

Adela y Pedro

Adela y Pedro dormían arrullados por el sonido de la lluvia. De pronto Adela recordó que el perro se había quedado en el patio, fuera de la casa. “Se debe estar mojando”, pensó. Enfrentando la flojera, el sueño y el frío, se levantó de prisa y salió a buscar al perro.

Al rato entró y se sentó sobre la cama. Pedro dormía, ni siquiera había cambiado de posición. Adela le habló y él apenas suspiró sin abrir los ojos. “¿Por qué no haces el viaje a los pueblitos de la sierra que tanto quieres hacer?”, le preguntó ella. “Deberías pedir un permiso en el trabajo y hacer el viaje...”. Pedro desde su letargo sólo le respondió que se durmiera, que era la única mañana a la semana que tenían libre para descansar. Adela guardó silencio por un rato y él comenzó a roncar. “Espero que hagas pronto todo lo que te la pasas deseando hacer, porque yo no voy a poder hacer nada...”.

Adela se levantó de la cama y salió cabizbaja... Hacía una hora que yacía muerta en el patio; las piedras del piso siempre se ponían resbalosas con la lluvia.

 

Las visiones de Amanda

Mi tía y yo rodamos muchas horas en el carro para llegar a la casa de su hermana Amanda. Según mi tía, Amanda podía adivinar dónde estaba una persona con sólo tocar algún objeto que le perteneciera, e incluso, muchas veces tenía premoniciones de accidentes, asesinatos, suicidios o masacres. Por lo general las visiones eran acerca de personas que conocía, pero también de extraños, de seres o lugares que jamás había visto, por eso solía sufrir depresiones al ver la reseña de prensa informando acerca de algo que ella había presentido y no había podido evitar.

Al parecer, un buen día se cansó de que la gente intentara consultarse con ella como si fuera una bruja, se obstinó de las vecinas que la interrogaran acerca de la fidelidad de sus maridos y de preocupar a su mamá cada vez que una visión la hacía llorar o gritar, por eso decidió irse sola al lugar más apartado que pudo encontrar, donde la poca gente que vivía cerca desconocía su poder.

Desde entonces nadie de la casa se había comunicado con ella. Mi tía dice que en cierta forma, la familia prefirió aquel retiro de Amanda, pues todos aseguraban que tenerla en casa era extenuante: “La queremos, pero era horrible que en cada cumpleaños, noche buena o momento de descanso, siempre había una visión sangrienta, una gritadera porque presentía algo muy doloroso. Todo el tiempo había gente tocando la puerta solicitando los servicios de sus poderes. La casa era un desastre... En el fondo, nadie quería que nos acompañara a los paseos o viajes de vacaciones, porque siempre los echaba a perder con sus visiones. Siento culpa de eso, pero nadie en casa sabía cóomo convivir con una adivina”.

Apenas ayer, alguien llamó por teléfono de parte de Amanda diciendo que ella había pedido que fueran a verla. No sabemos con exactitud qué le pasa, pero mi tía está preocupada y triste.

Cuando por fin llegamos, luego de tocar mucho rato la puerta, Amanda abrió. Era una mujer muy demacrada y arrugada a pesar de ser más joven que mi tía. Estaba totalmente ebria y sus ojos apenas se veían dentro de la casa a oscuras. Sobre la mesa y el piso había cantidad de botellas de licor, unas abiertas, otras vacías o quebradas... Mi tía llorando ayudó a Amanda a sentarse. Ella medio consciente le decía: “Hermana, no quiero estar sola, ahora puedo volver a vivir con ustedes, no los voy a molestar. Descubrí que, si estoy borracha, no tengo visiones...”.