Letras
El actor del Candomblé

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Trato y trato de explicárselo a este señor, pero no entiende. El negocio está cada día más difícil, le digo. Hay que ser novedoso para atraer a las personas, que cada día son más escépticas. Todos los días me despierto con la misma interrogante grabada en la mente: ¿qué voy a hacer hoy para que la gente venga? Tengo una reputación que mantener; la gente espera cosas insólitas de mí, y si algún día dejo de hacerlas, ya no vendrán más.

De niño siempre soñé con ser actor. Creo que era el único niño del mundo que decía con todo orgullo, “¡Cuando sea grande quiero ser actor de telenovela!”. Los niños me miraban como si fuera bicho raro, pero la cara de desconcierto de los adultos era aun peor. Se preguntarían por qué un niño de doce años se queda el día entero frente al televisor viendo culebrones en vez de estar afuera jugando al fútbol con sus amigos.

Yo tampoco podría responder a esa pregunta, pero simplemente me fascinaba ser el espectador de aquellas vidas tan fascinantes e intrínsecamente complicadas. ¿Por qué en la vida real no aparecían bebés abandonados en las puertas de las casas, esperando ser encontrados por alguna amargada mujer que les haría sufrir toda su vida, hasta ser rescatados por su “príncipe azul”? ¿Por qué no heredo una enorme fortuna de un lejano pariente que muere en algún accidente desafortunado? ¿Por qué la señora que trabaja en mi casa cocinando no puede ser una beldad, de aquellas que usan faldas cortas y tacones altos?

Todas estas preguntas circulaban por mi mente, mientras mi madre trataba de convencerme de que saliera a jugar al patio. “¡Hoy el día esta hermoso! ¿Por qué no te despegas un rato del televisor y nos vienes a acompañar aquí afuera?”. Al cabo de un rato daba mi brazo a torcer y salía a jugar al fútbol o al básquet, pero los deportes nunca se me dieron con facilidad. Mientras corría tras la pelota en un intento por atajarla, mi mente se preguntaba qué habría pasado con Verónica Catalina y su peligroso trasplante de cerebro.

Y así transcurrieron los años. Mi fascinación por las telenovelas fue disminuyendo a medida que la vida real se iba cruzando en mi camino. Tenía una vida muy normal. Asistía al colegio, volvía a casa, hacía los deberes, salía con los amigos, cenaba en familia, me iba a dormir y al día siguiente el ciclo se repetía. Unos días mejores que otros, unos días con más cosas que reportar, pero mi existencia era fundamentalmente corriente.

Nunca fui igual a los otros chicos. Tenía una enorme sensibilidad que me causaba algunos estragos. Lloraba con facilidad y sentía el peso del mundo sobre mis hombros. Mis días estaban llenos de una gran melancolía que no sabía de dónde venía. Me pasaba la existencia preguntándome cuál era el sentido de la vida.

Tenía amigos, buenos amigos. Pero ellos nunca me entendían. A medida que fuimos creciendo, nuestros intereses fueron cambiando. Nos fijábamos más en las chicas, y ellas en nosotros. Aunque debo confesar que ese tema nunca fue mi fuerte, al igual que los deportes. No sabía cómo comunicarme con esas extrañas criaturas. Me gustaban, y mucho, pero mi mente siempre andaba por las nubes y las palabras correctas no lograban salir de mi boca. Tuve algunas noviecillas de colegio, pero nada que valga la pena mencionar.

Finalmente, un día pasó algo que cambiaría mi vida para siempre. Ya a punto de graduarnos del colegio, mis amigos y yo fuimos a una feria universitaria que nos guiara un poco en el tema de los estudios. Al igual que mis amigos, no tenía claro qué quería hacer con mi vida. Había pensado en la probabilidad de irme unos años de mi país y prestar ayuda a los más necesitados. Estaba seguro de que en lugares como Bosnia, Etiopía, Pakistán e inclusive Cuba me recibirían de brazos abiertos. ¿Pero haciendo qué?

Dando vueltas y vueltas sin animarme a preguntar en ninguna de las facultades, de repente alcé la vista y ahí estaba, la Asociación de Seminarios e Institutos Teológicos. Nunca antes se me había pasado por la mente que podría ser cura, pero pensándolo bien, ¿por qué no? Quizás esa tremenda sensibilidad tenía algo que ver con una vocación a Dios. Es verdad que nunca había sido religioso, pero mi educación siempre había sido laica y mi familia nunca me había inculcado valores religiosos. De lo que sí estaba seguro era que mi abuela se pondría increíblemente feliz. Siempre había soñado con tener un médico y un religioso en la familia, y ahora estaba un paso más cerca de ver cumplido ese sueño.

Sin pensarlo demasiado me acerqué al cubículo. Esperando encontrarme con el estereotipo del sacerdote viejo con sotana negra y escapulario al cuello, me sorprendió mucho hallarme frente a un sonriente joven vestido de camisa y jeans. No sé si lo hacen adrede para no intimidar a los jóvenes que suelen asistir a ese tipo de eventos, pero yo bajé la guardia de inmediato y me sentí más cómodo, cuando en circunstancias normales la presencia de un cura me habría causado bastante tensión y nerviosismo.

Estuvimos hablando largo rato. Me explicó por qué hacían falta más sacerdotes en el mundo, qué cualidades necesitaba para convertirme en uno y que pasos tenía que seguir para entrar al seminario. Me recomendó que hablara con algún sacerdote que conociera y con jóvenes que estuvieran en una situación parecida a la mía, para pedirles consejo y reflexionar. Tenía muchas dudas al respecto, pero algo de lo que me había dicho seguía tocando en mi cabeza como un disco rayado. “...Estar cerca y ayudar a los pobres, los necesitados, los que sufren...”.

Tomé los folletos informativos que me ofreció, le agradecí y me alejé del cubículo en busca de mis amigos. Al reencontrarme con ellos, les comenté mi interés en unirme al seminario. De más está decir que al principio lo tomaron como broma. Les parecía casi imposible que uno de sus amigos quisiera convertirse en sacerdote. Una vez que logré convencerles de que hablaba en serio, les pareció simplemente ridículo. ¿Por qué iba a desperdiciar mi vida de esa manera?

Tristemente, nunca lograron entender mis razones y eso afectó mucho nuestra amistad cuando finalmente decidí ordenarme. Mi familia aceptó con resignación mi decisión, aunque estoy seguro de que mi madre no dejaba de pensar en los nietos que nunca tendría. Una vez finalizada la escuela secundaria, me fui a vivir al seminario para cumplir con los años de estudios necesarios para ser ordenado sacerdote.

Después de ocho largos años de filosofía, teología, sociología, catequesis, Biblia, prácticas pastorales y tantas cosas más, ya estaba listo para emprender mi propio camino, ayudar a los pobres, a los necesitados. Pedí que me trasladaran a una misión en algún lugar lejano, donde finalmente pudiera poner mi granito de arena.

Y es así como treinta años más tarde me encuentro en esta situación. Me mandaron a una bella ciudad al nordeste de Brasil, donde llegué con el corazón al descubierto y muchas ganas de trabajar. La gente me acogió de brazos abiertos. Gente alegre, siempre con una sonrisa en la cara y una palabra amable. Gente extremadamente religiosa, con una devoción infinita. Todos los días la iglesia se llenaba a reventar. La fe casi se podía respirar.

Pero todo ha cambiado desde hace unos catorce años. La gente ha dejado de venir a misa. Ha surgido una gran indiferencia ante la iglesia, ante todo lo católico. La gente sólo parece preocuparse por el carnaval, el capoeira, la música, los tambores, las incontables fiestas. El catolicismo parece estar perdiendo la batalla del sincretismo ante las flexibles prácticas espirituales de los brasileros. El Candomblé, la religión de millones de brasileros, estaba tomando fuerza desde que fuera aprobado legalmente hace un par de años atrás.

En las noches se podían escuchar los ardientes tambores y los frenéticos gritos de los poseídos. Dentro de los terreiros, se podía ver a los brasileros con sus almidonadas túnicas blancas bailando sinuosamente y cantando en el lenguaje bantú. Este rito traído de África por los esclavos, prohibido hasta hace poco por la iglesia católica, era considerado el culto al diablo. Millones practicaban públicamente el catolicismo, mientras que en privado adoraban a sus deidades, a sus Orixás. Desde que el culto afro-brasilero fue aprobado, la gente poco a poco dejó de venir a misa. Ya no necesitaban seguir guardando las apariencias sin nadie que les dijera que lo que hacían estaba mal.

Y fue así como se me fue ocurriendo mi idea. ¿Quién me iba a decir que después de tantos años, iba a poder cumplir mi sueño de ser actor?

Primero sustituí la tradicional sotana por el amplio vestido blanco de las bahianas. La gente no pareció darse cuenta, así que empecé a usar el turbante. Luego me dio por maquillarme —¡ya que iba a estar disfrazado, mejor hacerlo bien! A veces, para variar, me disfrazaba de indio e incluso acompañaba mis misas con danzas rituales. En un par de ocasiones inclusive me atreví a disfrazarme de Oxum, una de las divinidades del Candomblé. Ya se que puede sonar bastante polémico, pero la voz había corrido desde que empezara con estos pequeños espectáculos y ya los fieles no cabían en la iglesia. Boquiabiertos y con miradas perplejas, seguían cada uno de mis movimientos con una mezcla de sorpresa y aprensión. Estoy claro que sólo venían para ver qué disfraz usaría ese día, pero no tengo duda de que algo de lo que decía durante mi sermón les quedaba registrado en algún lugar de sus cabezas.

Esto duró mientras pude convencer a los más tradicionalistas de que contaba con la aprobación de la archidiócesis, pero al poco tiempo se presentó un representante de la jerarquía para informarme que sería suspendido y que tenía que someterme a tratamiento psiquiátrico. Bajo las miradas descaradas de mis fieles, que deliberadamente se habían encontrado frente a la iglesia para presenciar mi partida, me subí al coche que la iglesia había mandado para llevarme al aeropuerto. En menos de un día, la vida que había forjado por más de treinta años estaba por desaparecer.

En poco tiempo me encontraba en mi país, dando explicaciones a un completo extraño sobre mis actuaciones. El negocio está cada día más difícil, le digo. Hay que ser novedoso para atraer a las personas, que cada día son más escépticas. La gente espera cosas insólitas de mí, y si algún día dejo de hacerlas, ya no vendrán más.