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Identidad y diferencia

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Cuando Alcira tenía diez años y Gregorio, su hermano, cinco, un camión atropelló y mató a su madre. El camionero bajó del vehículo y la emprendió a puntapiés con el cadáver: el camionero estaba loco, lo apresaron y pasó el resto de su vida en el manicomio. Ambos niños quedaron psicológicamente desequilibrados, pero el padre, hombre descuidado y libertino, no los hizo tratar. Alcira pasó a ocupar, para Gregorio, el papel de la madre. Siempre había sido generosa, y de una ternura y bondad ilimitadas. El niño se apoyó en ella y comenzó a adorarla.

Cuando Gregorio tuvo trece años eyaculó por primera vez, resultó inevitable que se enamorara de su hermana, quien a los quince era bellísima, y comenzó a despojarla de su ropa enloquecido por su incipiente deseo. Sin saberlo quiso violarla. El padre, que estaba presente, lo azuzaba para que lograra su propósito. Alcira lo rechazó violentamente a cachetadas. Gregorio, a quien el complejo de Edipo le había jugado una mala pasada, pero que continuaba adorando a su hermana, vivió desolado el episodio. Pidió perdón pero Alcira se negó a hablarle. El muchachito se encerró en su pieza y se ahorcó. La psiquis de Alcira sufrió el primer ataque de psicosis que su brillante inteligencia escondió bien. No obstante apareció en ella un inevitable aunque absurdo complejo de culpa por la muerte de su hermano. Alcira no habló más con su padre y, por primera vez, pensó que “todos los hombres” eran bárbaros y culpables.

A los diecinueve años su hermosura era atrapante y el padre, una tórrida noche de diciembre, aprovechó que ella estaba ensimismada estudiando La crítica de la razón pura de Kant, totalmente ajena a lo que pasaba a su alrededor, y la tomó con violencia, le aprisionó los brazos y la violó con brutalidad. Alcira logró zafar un brazo y alcanzó un jarrón que estaba en una mesa baja y lo estrelló contra la cabeza del padre. Éste, en el hospital, mintió sobre la causa de la herida.

Alcira tuvo un segundo y violento ataque de psicosis; entró en una faz de mutismo y se dedicó a estudiar apasionadamente filosofía, y literatura sobre la violación. No consiguió nada. Se dio cuenta de que a la sociedad hipócrita y cínica el tema no le interesaba. Como pudo, superó la crisis, pero cada vez su mente estaba más dañada.

Entonces, de manera natural y lógica, le sucedieron dos cosas al mismo tiempo: por un lado añoraba y necesitaba la ternura de la madre. Por el otro su propio instinto sexual despertó y comenzó a atormentarla aunque ella quiso rechazarlo, leyendo filosofía, para alejar sus deseos. A los veinte años era una mujer de indudable belleza. Paseaba por Rivadavia al siete mil seiscientos y vio a un ejemplar de macho de gran belleza. Quedó pasmada. Él le sonrió. Varios días volvió al mismo lugar y siempre encontraba al hombre. Se enamoró de él, temerosa por todo lo que le había ocurrido con los hombres. Rodolfo, que así se llamaba él, era un rufián que se presentó como profesor de educación física y le dijo que la amaba. Pocos días después tuvieron una relación sexual y Alcira creyó que este ratero, soplón de la policía pero bello ejemplar masculino, le proporcionaría la ternura que había perdido con la muerte de su madre. No fue así: el hombre desapareció diez días y cuando reapareció la trató con violencia porque ya la consideraba como una posesión. El deseo es arma fisiológica potente: tuvieron una relación sexual violenta, plena, porque el hombre era un maestro en técnicas sexuales. Pero esta vez ella se impuso, discutieron, pelearon y Alcira, dándole un golpe en la cabeza con una silla, lo obligó a confesar que tenía familia en Rosario aunque, dijo, estaba tramitando la separación para casarse con ella. No le creyó. Porque los daños recibidos hicieron crecer la incredulidad en la mujer. La habitación era un desastre por la pelea que habían tenido pero toda la escena parecía real. Porque ¿qué puede ser más real que lo que inventa, imagina o sueña el hombre?

Ahora sí, perdida la madre; a punto de ser violada por el hermano; violada por su padre y engañada por un rufián, Alcira se volvió loca. Pero muchísimas veces los dementes son indetectables porque poseen una enorme inteligencia. Tal el caso de esta muchacha. Se reafirmó en ella la idea de que “todos los hombres” son malvados y apareció, con fuerza brutal, la necesidad de vengarse de Rodolfo; de vengarse en Rodolfo del daño que todos los otros le habían hecho.

A partir de entonces la de Alcira fue una alegoría sobre el mal: en todo lo actuado por ella con precisión y desdén hubo una deuda simbólica; un daño imaginario y, al mismo tiempo, efectivo; y algo más, un agujero en la esfera de lo real. Porque los seres humanas toleramos mal las cachetadas de la realidad.

Siempre había sido bondadosa pero, de inmediato, se endureció y el gusto agrio de la decepción la impregnó de odio. Había fallado en la gestión de su vida. Más aun, todo su discurso adquirió características alucinatorias. Ocurrió sin que mediara metalenguaje alguno porque el deseo de Alcira basculaba con el objeto, Rodolfo, que lo causaba, y que no era otra cosa que lo fantasmático de sus sentimientos, pero el fantasma “no soporta la palabra” (1). Saber es un misterio: aprender cuesta y pensar el amor es muy bello, pero llegar al acto había sido un camino lleno de inmundicia. Su visión del hombre se le volvió anamórfica. Ahora sí entró en plena crisis psicótica, aunque su natural inteligencia brillante pudo esconderla. Y la ancló en la orilla equivocada del tiempo. Hasta aquí los actos de Alcira fueron lo que podemos llamar la inauguración fundadora del espacio del juego temporal de su venganza y decidió llevarla a cabo.

Su identidad ha cambiado y sigue cambiando. Su ser ahora es el ser como diferencia. El ser como tiempo. La identidad, su cambiante identidad, es la forma de la diferencia, como razón de lo que alguna vez fueron sentimientos sensibles. Aunque su ser como todo ser tenga un enemigo que es la nada. En esos momentos comenzó la dura batalla entre su natural bondad, que es un sentimiento noble y puro, y el deseo de vengarse que era (para ella) sucio y cruel.

No se puede desconocer que la vida de Alcira, hasta aquí, estuvo recorrida por un pathos melancólico. Por eso se le transformó en totalitaria e interrogativa, por mucho que ella lo negara. Y, por momentos, en una imprecisa estructura fisurada, aunque siempre estuvo vigente en ella el odio, que es el encanto de la perversidad y de la perversión. El odio es un vicio; como la locura y la maldad, aunque nunca llegó a saberlo pese a su inteligencia.

No puede llamar la atención que, entonces, por un lapso muy breve, la catástrofe y la des-estructuración la invadieran, sin causarle demasiado daño. Salvó de la des-estructura el núcleo de su yo-sujeto, convertido ahora en odio total. Pero claro, sucedió que en ella había madurado una potencia destructora, desarrollada sutilmente; simple, posible y frágil a la vez, puesto que la fragilidad no es escarnio de la dureza; ya que ambas están hechas con el tejido de la amenaza. Alcira la padeció como un estremecimiento arcaico. Tomada la decisión se lanzó a concluir su venganza. Vengarse de alguien es robarle la completitud y el lenguaje del ser que le son propios. La mujer, un ente en vías de estallido, se impuso con furia el realizar su propósito. Y para hacerlo produjo la metáfora que la conduciría hasta el fin de su camino.

Viajó a Rosario. Sabía dónde vivía Rodolfo. Llegó hasta la casa de su ex amante y le relató a la mujer, y a los hijos que ya eran bastante grandes, todos los hechos criminales de la vida de su marido: les entregó prueba tras prueba, que laboriosamente había reunido, ayudada por un amigo detective.

Salió y caminó con tranquilidad: se escondió en la esquina de la manzana donde vivía la familia del sinvergüenza. Éste llegó altivo y pleno de envanecimiento. Cuando lo vio, Alcira recordó la pregunta de Nietzsche: “¿Puede un asno ser trágico?”. Determinó que no hay domesticación posible para esta bestia-Rodolfo, falsa y engañadora. Al rato vio cómo la esposa y sus hijos lo echaban de la casa.

Chistó al hombre y él se asombró, pero Alcira le indicó que la siguiera. Caminaron kilómetros en silencio y atravesaron la ciudad. Cuando Rodolfo intentó desistir, ella le hizo saber que conocía todos sus delitos y le advirtió que lo denunciaría al juez Javieres, quien lo odiaba porque la policía lo protegía ya que era su soplón. Pero como ahora ella tenía pruebas contundentes contra él —le mostró decenas de fotocopias—, cuando las entregara al juez, éste lo encarcelaría, cosa que produjo espanto en el hombre. Los dioses han muerto para Rodolfo en su mundo improbable. El silencio imperfecto los rodeó.

Por un momento la mujer quedó estática, sonrió y, como Hume, pensó que la relación de identidad, su identidad, que ahora está a punto de completar, la había conducido hacia la reflexión y la diferencia. La semejanza de todos los hechos que realizó para poder llegar hasta este punto de su senda vengativa, esa semejanza la condujo a las relaciones de las cosas naturales. Obviamente: “Sin imaginación, no habría semejanza entre las cosas”. Ni identidad, ni diferencia. La semejanza terminará de cumplir su obra. Miró a Rodolfo con desprecio y, con gesto altivo, le indicó que volviera a seguirla. Además, guste o no, el hombre, afirman, es la medida de todas las cosas. Aunque Alcira pensaba que era mentira; que Protágoras se había equivocado: porque el hombre para ella no es medida de nada. Sólo escoria, inmunda confusión de la realidad enmarañada, tosca, embrutecida e insufrible.

El ex amante se dio cuenta de que Alcira tenía todos los hilos de su vida en las manos, por lo que el hombre se vio obligado a seguirla. Atravesaron Rosario y llegaron al campo desierto que lo circundaba. Allí, junto a la inmensidad de los postes del alambrado que rodeaban una estancia, se detuvo Alcira. Estaba transpirada y algo sucia por el polvo de la caminata. Vestía una pesada túnica que la cubría desde el cuello hasta los zapatos. Rodolfo la enfrentó con su soberbia habitual:

—¡Hola! ¡En qué vieja te has transformado!

Alcira, vestida con lo que llamaba “su traje de monja”, lo entreabrió: debajo no había una vieja sino una mujer espléndida.

Rodolfo quedó mudo. Intentó extender sus manos para atraparla. Alcira lo amenazó con una pistola calibre 25.

—¿Creés estúpida que con ese chiche inservible me detendrás?

Un disparo perfecto le rozó el cuero cabelludo en el inicio de la pelambrera de la frente y el leve impacto en el frontal arrancó la piel y lo hizo caer. No perdió el conocimiento porque la bala sólo había arrancado un trocito de piel, que sangraba, y una astilla pequeñísima de hueso, pero estaba desorientado.

—Yo, Rodolfo, no sólo no he envejecido, sino que estoy mucho más hermosa, ¿no es verdad? —Alcira dejó que su ropa se abriera del todo y mostrara su belleza.

Rodolfo intentó una estúpida conquista. O reconquista.

—¡Seguís siendo el mismo idiota! —dijo la mujer con asco.

—Vos estabas loca por mí. Y hoy las mujeres siguen volviéndose mudas cuando me ven.

—Cierto, Rodolfo, muy cierto. He seguido toda tu trayectoria y es verdad que continuás teniendo mucho éxito con las mujeres —sonríe—. Pero eso se acabará hoy, ¡basura!

—¿Me vas a matar? —preguntó el hombre aterrorizado.

—No, ¡estúpido! La muerte no es castigo. Pero esto sí.

Extrajo del gran bolsillo de su vestido monjeril una jeringa de vidrio llena con veinte centímetros de ácido clorhídrico. Sacó el tapón que la obturaba y la descargó sobre el rostro de Rodolfo. Los gritos del hombre llenaron la tarde de terror hasta que se desmayó. Alcira contempló un buen rato cómo el ácido destruía los rasgos del que fuera un hermoso hocico, convertido ahora en una masa de carne quemada.

Se alejó con lentitud. Creyó que ahora la venganza le devolvería la paz.

En la oblicua tersura del atardecer la nueva diferencia y la identidad, en Alcira, deberían ser entes inaugurales de la recién fabricada existencia, simple como las flores nocturnas y jadeantes como el tiempo. Pero no fue así porque no era cierto. La inextirpable culpa se volvió contra ella convertida en fantasma. Alcira gimió; fue inútil. El abrazo fantasmático se cerró. Era el remordimiento que había estado frenando con brutalidad en los últimos meses, porque en el fondo de su ser la violencia le repugnaba. Ella misma se estaba volviendo fantasma. La violencia no podrá nunca contra la bondad y si lo intenta sobrevendrá el desastre.

Puso el caño de la pistola en su boca. Apretó el gatillo.

Rodolfo despertó: estaba ciego. Se arrastró y palpó la cabeza ensangrentada de Alcira. Se puso de pie desesperado y comenzó a correr para huir, pero tropezó con todos los postes de la alambrada y vivió el resto de su vida cayendo y levantándose cada vez menos, en lo que quedó de su corrupta vida.

  1. Lacan.