Letras
Dos relatos

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Equis

Aunque no fuera más que un cuento, algo más trascendente que las comunes líneas plañendo tirria, plenas de amargura y de enfermedad. Equis buscaba salirse de sus propias estructuras, de garabatos nostálgicos y sentimentalismos pegajosos. Equis buscaba escribir un cuento con cierta coherencia y forma, y no esos poemas o escritos intrascendentes que siempre al final le resultaban repetitivos y caóticos.

Según él, era ésta la única manera de sentirse mejor, más humano y más manso: vomitar un cuento cuanto antes desde las entrañas y a presión. Después de eso, la lenta sublevación de las plantas de los pies contra el terreno. Después lo etéreo.

Ahora bien, éste no es el principio sino el que sigue:

Equis es enjuto y aparentemente gris, algo introvertido. Sale de su departamento y hace el mismo recorrido que ayer y antes de ayer. No sabe decirse por qué pero aunque a veces así lo quiere no puede cambiar su itinerario. Una fuerza extraña lo llama desde lo hondo de esas calles tan comunes a sus ojos y a sus pies. Quisiera, sí, caminar otros átomos pero la siempre inexacta certidumbre de que esta vez sí sucederá algo que cambie otro algo lo hace siempre volver, estúpidamente, a los sabidos rincones.

Así se lo ve a Equis muy de vez en cuando con su piloto gris y su cigarro, siempre mirando sus propios pies. Pensando vaya uno a saber qué cosas. La gente que pasa apenas sí se da cuenta de su presencia y él se compara a veces con especimenes o fenómenos, y no se aflige al hacerlo sino que, por el contrario, lo sacude cierta cosa dentro que él todavía no ha dado en saber qué es.

De cualquier manera, lo común es que Equis repose en la a veces exagerada tranquilidad de su habitación.

Equis tiene, como todos, hábitos particulares que dan que hablar a la chusma del edificio, a las viejas de rostros surcados y pasados por rimel que se juntan dos por tres a escupir verbalmente a cuanto individuo se les antoje.

Cuando llueve el tal Equis abre la ventana y asoma la cabeza o las manos durante unos minutos y ríe a carcajadas. Tanto le gustan a Equis los días de lluvia. Equis tiene taquicardia cuando se va a dormir, toma café a la mañana y mates por la tarde, acompañado por sus pies y sus cigarros. Equis escucha música y a veces, cuando nadie más que él mismo lo está viendo, baila y se mira los pies, los busca y los persigue, para que no se le escapen. Equis me dice que sin sus raíces aferradas a la tierra él no podría pensar, se le ha metido en la cabeza que es con los pies bien pisando como las cosas debieran marchar.

 

Era otoño, los días se venían cada vez más fríos y casi no alcanzaba con la plata que mandaba papá pero Equis no se dignaba a trabajar. Él escribía poesías y fumaba cigarros. Dormía y miraba llover.

El día en que Equis quiso escribir un cuento todo se revolucionó adentro suyo. Tomó la lapicera, miró el papel en blanco y no fue capaz de contar ninguna historia ni imaginarla siquiera. Lo intentó varios días pero siempre era igual. Siempre eran las comunes líneas plañendo tirria, plenas de amargura y de enfermedad. Pero una historia...

Equis ya no podía dormir, escribía y rompía papeles a cada segundo, una espantosa obsesión lo había enceguecido. Fumaba mucho, comía poco. Pensaba y no pensaba nada al mismo tiempo. El cuento significaba tanto más que un cuento, era salirse de sus propias estructuras, romper con todo lo que había sido su vida hasta el momento. Escribir un cuento y empezar de nuevo.

Era verdad, podía sonar absurdo que de un día para otro la idea de escribir un cuento se le había metido por las fosas nasales como una mosca y no había dejado de zumbarle en la cabeza, no decía que no lo fuera. Pero esa mosca desató adentro suyo algo que no sentía desde sus años de adolescencia. El aleteo constante del insecto entre sus sesos fue como una semilla o, mejor aun, la gota que faltaba para que todo lo que había sido escondido y cultivado desde hacía años se derramara por todo su ser. Tal fue la inundación que el agua comenzó a filtrarse por los ojos acompañada por extraños espasmos y convulsiones.

Era verdad, no era sensato. Pero qué le importaba. Sólo supo que quería saltar. Impactar contra la vida de sopetón, darle una cachetada y lamerla. Saltar de una condenada vez.

Después se supo de él que no estaba loco como osaban decir los del piso de arriba. Sus poesías se publicaron dos meses más tarde pero no fueron gran cosa.

Yo todavía pienso en Equis y en sus ojos mirando sus pies cuando saltaba desde el segundo piso. Justo ahí escribió su cuento. Cuando vio que sus pies caminaban el aire.

Afortunadamente el éter pudo más que la puta gravedad.

 

Gloria a la gravedad

Bien me vendría que entendieras apenas, que rozaras apenas con tu entendimiento que lo que pienso no es para nada un pensamiento. Te darás cuenta cómo insisto con esto de que en realidad hay nada en este cráneo.

Verás, yo no sé de qué manera ha sucedido pues ni siquiera ha hecho falta darme cuenta. Simplemente un día metí mis manos en mi garganta y hallé una curiosa masa encefálica. Yo no sé si todas las demás serán de esa manera pero que era digna de ser vomitada, no lo dudo.

De a poco empecé a tirar, se estiraba y se contraía pero sin resistirse. No era dolor, era como sacarse pan viejo de las muelas. Era una náusea lejana, apenas perceptible.

Una vez afuera la muy masa (sí que lo era) se me planteó sesuda y pobre entre las manos. No supe ya si volverla a su sitio o qué. Mis ganas de aplastarla contra el suelo, de escuchar su pegajosidad expandirse hueca y húmeda en las baldosas del piso se acrecentaban considerablemente.

Me debatí unos segundos sobre tal o cual cosa, elaboraba planes y los destejía con una tranquilidad de pez, siempre con la masa aquella entre mis manos.

Me decidí por fin a regresarla a su espacio; bien pensé que por donde saliera ya no podría volver a entrar por una cuestión biológica de mi ser. No quería encontrarme con mi masa mirándome desde lo hondo del inodoro. Así, la tomé de una punta, relajé mis fosas nasales y comencé el retorno hacia lo oscuro. Minutos después comprobé que también sería imposible la vuelta por mis narices: aunque la empujara, hiciera presión o inspirara con fuerza la masa se limitaba a pender como un gran moco caprichoso y negro. Las orejas también supieron sufrir la hazaña. Y nada. Nada de nada. Comprendí que el regreso jamás sucedería y me encontré ya por tercera o cuarta vez con el seso entre las manos.

Así, fue menester obedecer al impulso primero que antes rechazara.

Tomé la masa entre las manos, levanté las manos sobre la cabeza, encorvé un poco la espina dorsal. Plaf. Allí quedó sesuda y débil en el pavimento, expandida y masa. Qué raro se sintió entonces no sentirme rara en absoluto.

Comprenderás ahora cuando te digo que nunca pienso que mis limitaciones y que todas esas cosas que parecen literatura y que vos considerás absurdas, son jodidamente ciertas.