250 personas participaron en el poema gigante. Foto de José Antonio López (La Jornada).
Mexicanos crean un poema de 220 metros de largo
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Con la convicción de que la poesía es una herramienta de construcción personal que puede favorecer cambios sociales a mediano y largo plazo, el poeta español Miguel Ángel Arenas convocó a los mexicanos a confeccionar en el Zócalo de México, el pasado 5 de julio, un poema de 220 metros de largo por 90 centímetros de ancho.
La convocatoria, bajo el título “Poema gigante” y con la ayuda de las autoridades de la ciudad, estaba abierta para cualquier transeúnte que deseara participar con algún verso, para lo cual desde tempranas horas, en la Plaza de la Constitución, fue dispuesto el papel de más de doscientos metros de longitud, en el que alrededor de 250 participantes escribieron un poema colectivo que, anunció Arenas, podría publicarse.
El poeta español llevaba algunos meses promoviendo su proyecto, que busca responder a la pérdida de espacios y la idea que se tiene de la poesía como un ámbito selectivo al que pocos pueden acceder. Para él es necesario acercar a la gente común y corriente a este ámbito, ya que “tienen poesía por dentro y por fuera”.
Explicó que eligió llevar a cabo este proyecto en Ciudad de México, en principio, por considerar que es una de las ciudades más grandes del mundo, con 22 millones de habitantes, a lo que alude simbólicamente la longitud de 220 metros de la tira utilizada en el poema.
Luego de conocer más de 45 países, Arenas decidió hacer en México el mayor de sus proyectos, aprovechando su estancia, motivada por cursos de cine y fotografía que toma en el Centro Nacional de las Artes (Cenart). Proyectos similares serán impulsados por Arenas en Nueva York, Oslo, Madrid y Túnez.
El escritor resaltó que, más que una convocatoria, su iniciativa pretendía atraer a la gente que pasara por ahí, y ofrecerles la posibilidad de expresarse en un documento colectivo en el cual habría la opción de leer lo que otros habían escrito con anterioridad.
Arenas escribió los primeros versos: “Esta ciudad tiene / una voz escondida en la garganta / un son de paz y mundo”. Usando varios marcadores gruesos con tinta roja, los participantes espontáneos escribieron durante casi seis horas y de forma ininterrumpida los versos que continuarían el “Poema gigante”. Quien siguió a Arenas con el segundo verso, escribió: “Quiero que mis versos se los lleve el viento, para que todo el mundo sepa que la ciudad de México vale más, mucho más, que todo el oro de los poderosos”.
Hubo reclamos, en verso o en prosa: “Nada. Ausentes en la colectividad, presentes en el egoísmo”. De inspiración en carteles de afuera del Metro Balderas, con o sin faltas de ortografía: “Vida, con los brasos (sic) extendidos como alas abiertas ¿dispuestas al vuelo?”. O de superación personal: “¡Yo no sé cómo superar a los demás, pero sé cómo superarme a mí mismo!”.
Los poetas en tránsito plasmaron sus visiones a la luz del sol, hincados en el suelo, a la vista de sus lectores inmediatos y acompañados por el rumor de los vehículos. Y con ellos, intercalados, poetas como Arturo Terán, Rocío Cerón o Leticia Luna, quien, “a un año de la masacre de Atenco”, como ella dijo, escribió los versos finales: “Hay días en que la ciudad / muestra su apego / a la savia dulce del pueblo / hay días en que la vida / aparece donde pensábamos / que había quedado / vencida y olvidada”.