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Lejanos parientes indecentes

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Un sitio que encontré para Madona

Esta habitación es de lo más rara. Llena de un lodo verdoso, toda la habitación es un ámbito de fango. Creo que hay más de seis pies de lodo. No hay ningún mobiliario, excepto la cama, al fondo contra la pared donde puedo ver a mi pobre abuela o el cadáver de ella acostada. Un tigre le hunde sus filosos y exagerados colmillos despedazándola, le rasga el vientre, muerde el hígado, le arranca el vaso, las tripas las jadea en el hocico descomunal lleno de sangre por toda la pared y en las sábanas. Yo lo observo hundido en el nauseabundo lodo que me va llegando hasta las rodillas. Afuera la noche es de una oscuridad sorprendente. Me da la impresión que es tan oscura que hace olvidarse a uno de todo lo que es. Su nacimiento, sus historias, la edad, los amigos, la mujer de uno, el primer auto, el domicilio. Es oscura como un par de zapatos negros. Estoy realmente asustado, sudo, mis ojos se quieren salir, estoy francamente aterrado. Al rato oigo un automóvil que hace un estruendo al parquearse a un lado de la casa. Se abre la puerta y llegan 3 hombres uniformados acompañados de 4 secretarias. Todos cargan sus sillas y una pequeña mesa de esas que venden en las ferreterías y otras tiendas de cosas del hogar. Prácticas, ligeras. Los hombres discuten e intercambian en un lenguaje ininteligible, las secretarias hacen anotaciones, pero miles de anotaciones que colocan en cientos de bloques de papel. Baja la temperatura y también el nivel de lodo desciende hasta casi desaparecer. Entonces la habitación se llena de los papeles con las notas de las secretarias y los hombres fuman largos tabacos sin parar de discutir. Eso sí, no se entiende nada de lo que dicen. Esto es realmente inaudito. Por fin, los hombres se levantan y se van. Las secretarias se quedan como perdidas con las caras tristes, como si fueran víctimas de un despido injustificado. Se la pasan sentadas, no hablan, sólo revisan los papeles como buscando una palabra mal dicha, una falta de ortografía, una gramática mediocre. Después un muchacho en una moto irrumpe en la habitación con dos cajas de pizzas y un litro de soda. Las secretarias comen. El muchacho quema la moto y pasa a la habitación como para quedarse para siempre. Una de ellas lo abraza y uno presiente que habrá boda, que están enamorados. Las otras lloran y discuten en voz alta. Hacen gestos de salir de la habitación y arreglar las cosas afuera. En efecto, abren la puerta y se oyen unos disparos. El muchacho con la secretaria, conversan animados y en un papel dibujan muebles, decorados, como que intentan arreglar la habitación, rehacer sus vidas. Irse de viaje en un crucero. Entonces la oscuridad de la noche se vuelve más espesa. Semejantes imágenes las puedo ver, abandonadas en mi cerebro, cuando compro en una farmacia píldoras para dormir.

 

La casa llena de agua

La casa llena de agua. Por los bordes, entraba la agitación de lo lluvioso. Las hojas de zinc semiquebradas eran un paradero de agua colándose por entre las ranuras raídas y débiles. Era una casa débil, encima de ti. Tratabas de incorporarte y volvías a tumbarte en la cama. El frío y el viento también te hacían débil o frágil. Porque la fragilidad es la mejor condición del vidrio. Y tú calificas como esa copa de cristal. Un ser vidrioso es un ser compuesto de melancolía. Ya el agua llegaba hasta un poco más arriba de los tobillos. Yo me levantaba del agua como un meteorito acuático y miraba el ámbito inundado contigo en la cama. Charqueaba de un lado a otro, como buscando algún objeto de oro o un viejo documento personal, tal vez una carta con tus iniciales. Parecía martes. Porque los martes es cuando más llueve en octubre. Ya me había acostumbrado a esa rutina. No hay reportes en la radio. Pero la tormenta persiste y afuera se escucha el zumbido como si tuviera boca o los dragones de los cuentos se hubieran zafado de las páginas y escurridizos se metieran en la naturaleza de la lluvia, para darle una expresión pero que le dicen tormenta para no decir dragón.

Y yo te cuento, mientras duermes, la historia de los aborígenes que huyeron de la superficie de la tierra para cavar hoyos profundos y esconderse de los leones y de los monos de colmillos que atrapaban y desgarraban como presa, mientras cavaba cerca de la cama un hoyo real. Tú volvías a intentar levantarte pero el miedo al ahogamiento se transformaba en un terror que por tus ojos se veía. Pensé que con un alma así, tan frágil, es imposible sobrevivir a una hostilidad como ésta.

Ahora te contaba cómo mi padre murió en un tiempo como éste, alrededor de abril, cuando la humedad se apodera vaporizando y ahogando la respiración mientras uno quemaba la madera podrida abandonada en la intemperie de las calles.

Entonces me preguntaste si era mejor morir obstruido por el agua o requemado por la asfixia del calor incesante que se cierne en abril, cuando aparecen las moscas.

Trepé al calor de la cama, puse una almohada apretando tu cara y tú jadeando por la falta de aire te quedaste flotando en la cama de tu abuelita.

Ahora sí, ya no me preguntarás más por qué hago estas cosas.