Letras
Poemas en la frontera

Comparte este contenido con tus amigos

Poesía indocumentada

Nadie amenaza tu sombra
Los crepúsculos son cobija del inmigrante,
Sus vasos se revientan con la noche,
hace frío y los sahumerios quedaron tan lejos
en las orillas del beso de la madre.

La caminata ha sido a vuelta de luna,
Seis meses detrás de los veranos
El universo hizo flotar edades y memorias
Heridas que se arrugan en el dolor de calle
Mitad hambre, mitad tristeza
Contigo viajan con pasaporte y dobladas en un papel
Las esquinas de la casa de tu pueblo
calentado por el polvo que solloza
El pueblo es un olvido con aliento de aguaceros
Y hambre de niños con que juega húmeda la luna
Así somos, un pueblo que camina hacia otros pueblos,
Un paisaje de árboles y ríos paralelos
Una música de guitarras y cañuelas
De olvidos difusos, de amores que sólo
Caben en esta cicatriz que deja el dolor del viento

Los indocumentados somos un río que sube con la estación de los muertos
Nuestros pasos siempre arrastran lo mejor de nosotros a la muerte
El sombrero blanco de la niebla en los picachos
Y el negro de tus ojos y de tu piel
Es un nervio suelto de la tierra
Que ahora besa las manzanas en California
Y limpia las ventanas para que el sol entre a las calles de Manhattan

 

Qué pena no verte

¡Ah muchacho!
Que pena no verte afilar las navajas
Correr de la policía
Abrazar a tu madre
Antes de subirte a las siete
En el bus de las siete,
Antes que te desgajes en amores
Por la colegiala que nunca te perdió de vista,
Antes que te lleves la pelota de basket
Y manchés la única camisa del uniforme
Antes de desviarte a la otra calle
Porque en esa pueden matarte.
¡Ah!, muchacho
Qué pena no verte
Con tu sonrisa matemática
Con el olor al trigo, al maíz y al café
Pintando consignas, abriendo veranos,
Descubriendo luces en el cuerpo de las muchachas
Abrigando poemas con la pasión de los locos
Leyendo el invierno en los almanaques.
Contando la historia de una patria dulce
Que se escondió en la higuera.
Te deslizaste en esos sueños sin fin
Hasta encontrar en la calle
La viva jaula de los otros locos
Los que se fuman el amor
Rifando el barrio
Aunque no lleguen al crepúsculo sus huesos.
Que pena no verte afilar las navajas
Fue el viernes de caprichos y calles de sed
Te levantaste temprano
Para llegar al bus de las siete
Y a las siete menos un cuarto
Llovió como llueve en octubre silencioso y seco
Y calló una luna de edades en tu corazón
Se desangraron las venas entre los disparos
Corriste hacia el muro, tu gritó afinó las cuerdas de una guitarra
La muerte llamó como humilde muchacha.
Qué pena no verte esperar en la esquina,
silbar a las chicas que salen del banco
Jugar como juegan los niños maduros
Llegar a la casa besar a tus hijos
Llevarlos al lago y al colegio tranquilos
Para morir hay que saber que el futuro es un cuello de botella.

 

Es el cansancio de la calle

Es el cansancio de la calle
El brindis sin palabras ni discursos
El acceso de tos, la mueca áspera
La canción que sale del que sólo silba
La ingrata fragancia de las ciudades hiperactivas
La mosquita muerta
El reloj de pulsera
Que sólo funciona si estás de prisa,
El periódico que vuela de día en día
Las seis de la mañana puntuales
Con el café de la gasolinería
Inician su muerte los pájaros y los hombres
La consigna es optimista
Pero tiene las manos sudorosas
Y la sangre enfriándose en una autopista.

A las cumbres de los presidentes no llegan
Ni los ancianos, ni los paralíticos, ni los mojados,
Ni los tientas a ciegas, ni los come una vez en África
O en las calles dolorosas de Guatemala
O en los barrios pobres y violentos de Laredo y El Salvador
Allí están ellos discutiendo el mundo sin nosotros,
Las selvas muertas del Amazonas salivan su cansancio.
Otro día
Mientras tanto vete a dormir
Con el amargo sabor del salario que no alcanza.

 

Poemas de la ciudad

Lo que entre vos y yo pase
lo pondré en los anuncios de los diarios,
lo diremos en el sermón de la tarde
lo escribiré en los graffiti del barrio
lo alcanzaré a refugiar de los infieles,
lo haremos cobija y pan y aire
para alimentar los amores de las plazas.
Lo que digamos será sellado
como título prohibido en los estantes,
como espejo que se queda sin imagen.
lo diremos después de los sahumerios y los cristales agitados
lo diremos sobre todo en las noches
con las luces apagadas
de los sitios claros de tus ojos.
Lo que entre vos y yo pase no termina
se ajusta a las historias de los pueblos
a las anécdotas que invaden
las esquinas y las pláticas de las mejores gentes
aunque vos y yo nos alejemos.
Los patios de piedra no se cansan
no se detienen los impasses de la gloria
en las cárceles de aluminio de los nidos
de las campanas lejanas y yo canto como un loco
entre poemas y lágrimas
debajo de las sombras
para tu tristeza y tus distancias, si te hace falta.

 

Caminos

El pueblo se ha puesto a jugar entre la aurora
como un niño en las rodillas de un viejo
y apuesta por el sol del mediodía
Para ese tiempo los 6 millones de habitantes estaremos mirando los cometas
dibujando el mar de nuestras esperanzas, quizás seguros de nuestra muerte prematura
los lirios habrán llegado tarde a nuestra cita de amor,
a un lado del río las golondrinas entonarán su canción de luz de los veranos.
La ciudad se acostumbra
a no reír entre la bruma de tus pechos, cansada y sola después de la violencia.
Esta ciudad puede esperar por tu cansancio
y hacerte llorar en las madrugadas por la luna que se pierde
como niña secuestrada entre flores viejas de esperanza.
Mi ciudad: no moriré seguramente por los daños de su ausencia
ni olvidaré las mañanas de los ríos transparentes
de la casa y el sol en el tejado,
aunque ahora sólo cuelgue tu recuerdo en la postal de otros poemas.
Los mendigos van y vienen por la plaza que asegura sus tristezas
tienen nombres que ya olvidaron
y se esconden del recuerdo, por eso nadie llora cuando mueren,
ni las aseguradoras se disputan las primas de sus sueldos
hablan de la vida como un puñado de sal
en el que el amor no tiene tiempo de rondarles los huesos fríos
de sus inviernos de metal.
En esta ciudad encontrarás piratas del siglo XXI
quizás Quijotes marchando por las calles anchas de Babilonia
San Salvador es un molino de viento
con gigantes de verdad,
y si preguntas Dulcinea ya no vive aquí
se mudó a otra ciudad
la asustaron por las noches
los puentes sin estrellas
y las luces de los autos
y yo no alcancé a contarle que llegabas, tú
con tu amor encendido de luna,
que los girasoles y la flor del mediodía
se acuestan en la casa del poeta a beber poesía
después de preguntar por el amor de las aves que hoy vinieron para esperarte y cantar,
esta ciudad sólo es un sueño donde los veranos caminan a pedazos de sol.

 

Domingos

Me levantaré sobre un montón de versos
vi en la ventana las montañas profundas
los pájaros partiendo a las cúpulas de las iglesias
vi al cura levantarse en su ángelus de siempre
el reloj marcando la última cuchillada
vi también el calendario de tus ojos diciéndome adiós,
a esta hora pinté una mirada tuya en el cristal viejo de la ausencia.
para votar las máscaras que aún me quedan de ti
dejé que los cigarros quemaran mi bigote,
miré el cuadro de Van Gogh, los girasoles muertos,
vi el color de mis manos, recordé tus hombros a pedazos, suspiré lejano y ajeno
para saber que aún vivo y que prefiero
a la muchacha recién casada con el vecino insufrido
a estas gotas de miedo de estar solo todavía,
domingo de ciudad con cara de inocencia.