Letras
Las palabras de papá

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I

Odiaba ir a los cementerios. Pero esta vez era inevitable: su padre había muerto. Así que cuando le comunicaron la penosa noticia, tomó el primer vuelo que pudo desde Bogotá y vino a Lima. Se hospedó en un hotel tres estrellas, y sin descansar nada, se puso el terno negro —que nunca usaba— para ir al entierro. El taxi que lo llevó al camposanto fue tan rápido que casi provoca que lo entierren a él también.

Esa mañana, allí estaban todos. Su hermana, su cuñado, la segunda esposa de su padre, sus tías, primos, sobrinos y algunos amigos de años de la familia. Saludó a unos cuantos y se puso adelante, junto a su hermana.

—Llegas muy tarde, Rafael.

—Lo importante es que ya estoy aquí, Verónica.

El cura, que también había sido amigo del difunto, acababa de empezar la triste ceremonia del adiós un par de minutos antes. Mientras Rafael observaba el ataúd de su padre pensó que le hubiera gustado decirle algunas cosas antes de que partiera lejos. Contarle lo bien que le estaba yendo por fin en su negocio de ropa en Bogotá, que estaba reconciliándose poco a poco con su esposa Gianina, que se llevaba mejor con su rebelde hijo quinceañero Adrián, y que se sentía muy solo desde que vivía apartado de su mujer e hijo, hacía ya año y medio, en un espacioso departamento de un alto edificio del centro de la ciudad.

Pero esa mañana, todo era silencio en aquel campo inmensamente verde donde dormían bajo tierra cientos de almas cansadas de vivir. Solamente su padre guardado en un cajón de madera fina y reluciente, la voz entristecida del sacerdote, y los sentidos sollozos de su hermana y otros familiares, le daban la gris bienvenida a Lima, tras seis años de ausencia.

 

II

En casa de nuevo, piensa Rafael. Un cuadro inmenso con el rostro distinguido y serio de Marcelo, su padre, reina en la enorme sala familiar, rodeado de muchos arreglos florales con tarjetas de condolencia.

Verónica está molesta con él. Saliendo del entierro le reclamó disimuladamente y en voz baja por la gran demora en volver a Lima.

—No era tan fácil, hermana querida. Me avisaron muy tarde. Del hotel me he venido para acá, sin perder un minuto.

—No entiendo por qué papá siempre te consideró tanto, si ni siquiera lo venías a ver sabiendo que ya estaba enfermo.

Lo de siempre. Los reclamos que su hermana menor le hacía no eran nuevos. Nunca se habían llevado bien, y la muerte del padre no parecía solucionar ese problema. Quienes sí se alegran de verlo son sus sobrinos Claudia y Felipe. Rafael siempre les manda obsequios desde Colombia, para sus cumpleaños y en Navidad. Le preguntan cómo anda todo por allá, qué es de la tía Gianina y el primo Adrián. Suelta una mentira diplomática y afirma con una esforzada sonrisa que felizmente todo nos va muy bien a los tres en la calurosa tierra del vallenato, chicos.

Verónica lo llama a un aparte, lo lleva a la cocina y le dice molesta toma, papá te dejó esto. Una carta que en el sobre blanco se leía: Para Rafael, mi querido hijo, de su padre que lo quiere. Sorprendido, le agradece el gesto. Verónica vuelve con el resto de la familia sin decir nada más, y él, lleno de curiosidad y emoción, abre cuidadosamente el sobre y empieza a leer la carta.

Su padre le explicaba que lo había extrañado mucho, que sabía lo difícil que había sido sacar adelante el negocio de ropa en Colombia y por eso estaba muy orgulloso de él, que hubiera deseado ver a su nieto y nuera una última vez, y que el cáncer, el maldito cáncer, era menos doloroso que la ausencia de su hijo por tantos años. Rafael llora contenidamente y sigue leyendo. Son las líneas finales las que lo dejan sin aliento: ...y perdóname por no haberte dicho nunca, durante tus 45 años de vida, que eras adoptado. Jamás quise correr el riesgo de que tu madre y yo te perdiéramos. Fui egoísta y arrastré a tu madre conmigo, lo siento mucho, hijo mío. Pero debes saber que tu padre, yo, el que se sacó el alma trabajando por ti y te enseñó todo lo bueno que sabía, siempre te quiso y te querrá como ningún otro padre. Rafael tira furioso la carta al piso, sale con el rostro desencajado de la cocina, y, como un fantasma, sin despedirse de nadie, ante la sorpresa de su familia entera, deja la casa del padre, pensando con todo el rencor posible, en nunca más volver a Lima.