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Maldita niebla

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Constanza Peñaloza carga a su hijo de seis meses y comienza a caminar hacia la ruta. Algún camión pasará, piensa, con algún camionero sediento y dispuesto a pagar por compartir su sed con ella, como siempre.

Todos le piden que deje de hacerlo. Todos, la vieja que le presta la piecita en donde vive, el almacenero que le fía el pan y la leche, el carnicero que le regala los huesos con carne para la sopa, todos. Pero Constanza no les hace caso:

“¿Qué sabrán ellos de lo que significa ser madre soltera y en problemas?”, es su excusa.

Una luz se enciende en la carretera, o al menos eso parece; la niebla espesa de esta noche no permite ver más que confusiones. Tal vez se trate de algún cliente conocido. “Ojalá”, anhela, porque tiene ganas de hablar con alguien; las noches de niebla la asustan.

El bebé se queja, tiene frío. Constanza lo cubre con una manta de lana que saca de su cartera, en donde también guarda un biberón recién preparado.

—No ahora, mi amor —le dice al bebé—. No ahora, mi rey, para tu leche espera un ratito nomás.

Se acerca un camión y la ilumina, ella levanta su rostro hacia él, y entonces el conductor frena un poco más adelante. Le abre la puerta a Constanza, y desde arriba le tiende una mano para ayudarla a subir a la cabina.

Constanza no lo conoce, pero quisiera hacerlo, es atractivo, y parece diferente a los que suelen pasar por allí. Sin perder tiempo, la joven madre comienza a sacarse la ropa, mientras su bebé, en el piso del camión, juega con sus zapatos.

—¿Qué hacés? —le dice sorprendido el conductor.

Constanza lo mira aun más sorprendida, y espera.

—¿Adónde querés ir? —por fin él le pregunta.

—Donde usted quiera, por mí acá está bien.

—¿Cómo que acá..? ¿Sos una puta? —por fin iba entendiendo, o no.

—Doy placer por dinero pero no soy ninguna puta, lo hago porque necesito plata para mi bebé —le contesta ofendida.

El camionero no lo puede creer, no que fuese puta sino que...

—¿Salís a laburar de puta con tu bebé? —pero enseguida, al ver la reacción en la cara de Constanza, intenta retractarse:— Está bien, perdoname, ya me dijiste, no sos una puta, pero... ¿Salís con tu bebé a trabajar?

Ella no le contesta, pero piensa: “¿Para qué me pregunta lo obvio? ¿No ve que me molesta hablar con un desconocido, que estoy acá para otra cosa?”.

Él le pide disculpas nuevamente y le hace señas para que levante al bebé del piso, que el camión está muy sucio, le avisa.

Constanza le hace caso, levanta a su hijo, lo pone sobre sus piernas y se queda callada y quieta nuevamente, mientras el camionero mira hacia delante visiblemente incómodo, o desorientado. Luego arranca.

Pasan varios minutos hasta que aparece adelante el cartel luminoso de una estación de servicio. El hombre pone el guiño, dobla hacia el mercadito abierto las 24 horas que está al lado de la estación, y se baja, sin dirigir ni una mirada a Constanza, quien se queda pegada a su asiento. “Irá a comprar condones”, piensa ella, “me hubiese preguntado a mí, yo siempre llevo varios encima”.

Pero cuando se abre la puerta del conductor, el hombre reaparece con dos vasos de café, dos sándwiches y un yogurt.

—Tomá —dice el camionero— ya le puse mayonesa y un poco de ketchup, espero que te guste. Y para el pibe te compré un yogurt de vainilla. Ya come, ¿no? El café ya tiene azúcar, revolvelo nomás, ahí tenés una cucharita.

Nunca un tipo que la levantara en la ruta la había invitado a comer, y Constanza siempre tiene hambre, mucho más hambre que ganas de vender sexo.

Pero ninguno, nunca, pensó en ello, y este hombre, sin haberla manoseado siquiera, le trae algo para ella y el bebé... No lo puede creer. Y la emociona.

Le agradece la comida, y sonríe. No sabe qué decir. Su bebé manotea el frasco de yogurt y quiere arrebatárselo, tiene tanto hambre como ella. Su mamá le pide que espere, busca en la cartera un babero, se lo pone y entonces sí, comienza a darle de a cucharaditas el yogurt. Se lo devora. Luego el biberón tibio y en minutos el sueño, arrullado por el andar del camión.

—A usted lo mandó Dios —le dice con timidez al camionero.

—Te voy a contar un secreto, pero no se lo digas a nadie —pide el hombre. Y deja pasar unos segundos de total silencio, en los cuales Constanza piensa en las peores cosas: “Es un ladrón, me va a matar, me va a dejar abandonada en la ruta, es un loco que...”.

—El secreto es que Dios no me manda... ¡Yo soy el mismísimo Dios! En una misión secreta, de camionero compra sánguches para mujeres hermosas perdidas en la ruta —y se ríe a carcajadas, con una risa clara que Constanza no puede resistir.

El café está muy rico, hace tiempo que ella no toma café, es muy caro, y todo el dinero que consigue lo guarda para el bebé; Constanza aprendió a la fuerza que uno nunca sabe cuándo lo va a necesitar, la vida está llena de sorpresas caras. Pero ahora, en el camión, resguardada del frío, y con ese café aún caliente, se anima a creer que quizás, alguna vez... las cosas podrían ser distintas para ella.

No sabe hacia dónde van pero ¿qué importa?, se siente más protegida aquí que en cualquier otro lugar. Este hombre, un absoluto desconocido, la alimenta a ella y a su bebé, le habla con respeto y hasta la hace reír. Su sueño de toda la vida, su imposible. “Lástima que me conoció ofreciéndome como puta”, se reclama. “Nada puede salir bien de algo así. ¿Para qué soñar? Nunca me sirvió soñar... pero quiero vivir algo así aunque sea de a ratos, aunque no dure nada...”.

El bebé se durmió profundamente ya. Constanza lo acuesta sobre el asiento, contra la puerta, y ahora sí, decide pagarle a ese hombre por sus cuidados, con lo único que tiene para darle: su cuerpo. Se desnuda en silencio, pero ante los ojos curiosos de él. Comienza a acariciarle las rodillas, luego los muslos duros, tensos, pero cuando asciende sus manos hacia el cierre del pantalón, él le pide que espere.

—¿Estás segura de querer hacerlo? No quiero que te sientas obligada a nada, de todos modos te voy a dar algo de plata para...

—¡Shhhh! Por favor... —pide Constanza—. No quiero dinero esta vez, esta vez lo siento acá —y se toca el pecho.

El camionero estaciona en la banquina. Y hacen el amor, con más dulzura de la que Constanza alguna vez se atreviera a fantasear para ella. Mientras, su bebé sueña con los pechos de su madre.

Una vez acabada la sensualidad, la niebla vuelve a apoderarse de la visión de Constanza, y todo se transforma en angustia. Vuelve a vestirse de miedo, de incertidumbre. El café arde en su estómago. El aire de la cabina de repente apesta a humedad y a cigarrillo, a transpiración de hombre solo. Piensa en su bebé, lo toma entre sus brazos, lo contempla, dormido e inocente, desvalido en esa situación tanto como en todas las anteriores. Ella no puede abandonarlo, no puede dejarlo en una habitación fría mientras la vida la lleva de camión en camión hacia vaya a saber uno dónde. Pero tampoco puede seguir exigiéndole que la acompañe y la comparta, que sea su cómplice; él siempre se lo reprocharía, la llamaría puta como todos lo hacen tarde o temprano. Ella no repetiría la historia, no, eso sí que no, no permitiría que su hijo la llamase puta como ella había escuchado llamar a su madre, ni como su padre la llamaba a ella.

El camionero, al verla tan pensativa y callada, estira su mano para acariciar al bebé, y entonces Constanza entra en pánico. Todo le resulta familiar. “Ya lo he vivido...”, recuerda aterrada. Seguramente él querrá quedarse con su bebé, la acusará de madre irresponsable y la llevará a los tribunales para sacarle a su hijo. Y luego los médicos, los psicólogos, ellos otra vez, y la policía obligándola a entregar su bebé en custodia, con papeles y más papeles en su contra, con hospitales y prohibiciones, y todo ese infierno. No, no otra vez. En aquella ocasión había logrado escaparse y sobrevivir la pérdida de su hija en medio de pasillos y tranquilizantes, pero no le pasaría lo mismo dos veces. A este bebé nadie se lo sacaría, no se dejaría engañar, ni por comida ni por un par de caricias dulces como anzuelo.

—Me quiero bajar acá —dice de repente Constanza.

—¿Acá? Pero acá no hay nada, no te puedo dejar acá. Esperá unos kilómetros, que encontremos alguna estación de servicio o algún motel, así le podés pedir a alguien que te lleve de vuelta para...

—¡Me quiero bajar ya! —grita.

—Pero ¿por qué? ¿Qué te pasa? ¿Hice algo que..?

Constanza comienza a llorar. “Me quiero bajar, por favor... por favor”.

—Calmate, ¿si?, tratá de calmarte. Voy a parar pero para que me cuentes qué te pasa, no te bajes acá, es un peligro, pensá en el pibe, y contame. ¿Cómo te llamás?

—¡No le voy a decir cómo me llamo! —grita nuevamente.

El bebé se despertó y empezó a llorar también. “No, mi amor, no llores. Mami no va a dejar que te lleven, ¿sabés?”, le dice mientras lo acuna.

El camionero no sabe qué hacer, ni qué dijo o hizo para poner así las cosas. Intenta con: —¿Estás escapando de algo? Decime, no tengas miedo, yo no voy a entregarte, te quiero ayudar.

Constanza lo enfrenta: —Usted es como todos, quiere sacarme a mi bebé, piensa que no soy una buena madre, lo sé.

El hombre cada vez entiende menos, pero percibe que la mujer no está bien, que algo está muy mal en ella, además de sus ropas y su bebé a cuestas mientras se ofrece a la primera luz que la ilumina en la ruta. Pero lo poco que comprende, que tal vez es mucho, no lo ayuda a resolver la situación absurda en la que se encuentra metido. No puede dejarla en medio de la ruta, de eso sí está seguro. Sin saber por qué, saca de su billetera una foto y se la muestra a Constanza.

—Tengo tres hijos —le cuenta—, estos dos son mellizos ¿ves? y tan chiquitos como el tuyo, mirá. Me están esperando en casa, durmiendo, claro. Quisiera poder estar con ellos más tiempo, verlos despiertos, llevarlos al parque a jugar en el pasto, esas cosas... pero estoy más acá arriba que en mi casa. Mi mujer... que es tan linda como vos, ¿sabés?, dice que los pibes me extrañan mucho, pero no tengo otra cosa para hacer, o el camión o no hay guita para los pañales y la leche; la mano está dura para todos —mientras le habla arranca el camión, pone primera, segunda, y sigue contándole su vida a Constanza, quien ya dejó de llorar y de amenazarlo con bajarse. Luego de un silencio, ella también comienza a hablar:

—Dicen que no soy una buena madre para mis bebés. Ya a uno me lo sacaron, una nena, Julieta... el padre me la sacó... con la policía... él es milico, un tipo grande. Y me encerraron, fue horrible, porque yo me resistí con arañazos, y patadas. No me la podían arrancar de los brazos. ¿Cómo le van a sacar un hijo a una madre? ¡Hijos de puta! Julieta gritaba, me tiraba los bracitos, pero se la llevaron igual. Quedé destruida, hecha mierda, sin ganas de vivir, intenté cortarme las venas... Nunca más me la dejaron ver, nunca. Y a mí me internaron en un hospital para locos y depresivos, pero me escapé, cuando pude me escapé. Y anduve por ahí, con uno y con otro hasta que me embaracé de nuevo, y tuve que pedirle a mi vieja que me ayudara, pero ella... ella no me podía ayudar, no podía. Quedé fichada, ¿sabés? La cana te ficha por todo, y como ataqué una vez a una enfermera y traté de meterme una noche por la fuerza en el lugar en donde me habían sacado a la nena, una cana me reconoció. Mirá que mala leche ¿no?, y me andan buscando, todavía me andan buscando, ¿podés creer? ¿Cuánto tiempo pasó ya? Qué sé yo, un montón pero si me ven por ahí, seguro que me internan de nuevo, y me sacan este bebé también, al menos hasta que cumpla los 18 o los 21, no sé bien, pero dicen que si...”.

El camionero suspira y la interrumpe: —Yo no te puedo llevar conmigo, eso lo entendés, ¿no? Por más que quisiera... no puedo, vos sabés, realmente no puedo.

Constanza vuelve a sollozar, y su bebé, al verla desparramando lágrimas y mocos, se pone a llorar también. Pura congoja. El hombre no sabe qué decir, ahora menos que nunca.

—Te quiero ayudar, piba, creeme que quiero hacerlo, pero no sé cómo. No sé... Si vos sabés cómo te puedo ayudar, decimeló...

—No sé... —responde Constanza y sigue llorando, cada vez con más fuerza.

El hombre se acaricia la frente, se rasca la barba, mueve la cabeza en negación, o en desconcierto, y se pregunta si realmente quiere hacerse cargo, aunque fuese por un momento, de las lágrimas de esa mujer. ¿O prefiere que se baje de una buena vez, como ella decía querer, y dejar que se pierda en la niebla y el recuerdo? Pero no puede hacer eso, por más conveniente que esa salida fuese para él, no puede. Mira al bebé y no puede, mira a la madre llorando, pobre piba, y no puede.

—Mirá —le dice por fin—, vamos a hacer una cosa. Allá, ¿lo ves? hay un motel, y unos negocios para los ruteros, que seguramente están abiertos. Nos bajamos los tres, tomamos otro café y pensamos qué se puede hacer, ¿sí?, ¿te parece?

Constanza no le responde, pero al menos deja de lamentarse. Y una vez parados en la puerta del motel, carga a su bebé y a su bolso, y se baja corriendo del camión sin mirar hacia atrás.

El camionero se queda observándola correr, perturbado aunque inmóvil, a punto de arrepentirse de quedarse allí pero sin convencerse de bajar tras de ella. “Mejor así”, piensa, “nada puedo hacer, sólo embarrar más las cosas, complicarme la vida que desde ya es bien complicada, y crearme nuevos problemas sin, seguramente, poder solucionar los de esta piba”. La ve entrar a un bar en donde hay otros camioneros sentados, los conoce, alguna vez se cruzó con ellos. Si la piba tiene suerte tal vez alguno vaya para el lado de su casa y la pueda llevar. Tranquila su conciencia, arranca el motor y sigue su viaje.

A poco de retomar la ruta, enciende la radio, busca una emisora de música lenta, y trata de despegarse de lo que acaba de vivir, no es algo que le suceda habitualmente, hace poco que maneja el camión, y no tiene muchas experiencias en su haber, y menos de ese tipo. Pobre piba, repite, pobre piba y se queda pensando, “la vida a veces es injusta, muy injusta”.

A casi quince minutos de haber dejado la zona del motel, algo interrumpe sus cavilaciones. Ese algo prontamente se transforma en una sirena de policía, o dos, y varios patrulleros que lo acorralan con señas para que pare.

—Digamé, oficial, ¿algún problema? —pregunta una vez estacionado en la banquina.

—Bajesé, con las manos sobre la cabeza —le dicen en un tono impaciente.

—¿Pasa algo, oficial? Digamé, porque yo no hice nada como para...

—Bajesé de una vez, no se resista o es peor —lo apuran, mientras un policía abre la puerta del camión apenas el conductor la destraba. El hombre se baja, y entonces tres oficiales lo rodean y le palpan todo el cuerpo. En vano el camionero pide que le expliquen por qué lo detienen, evaden su voz de manera absoluta, y lo meten, esposado, en el asiento de atrás del patrullero, en donde lo dejan mientras uno de los uniformados se comunica con otros policías a través de la radio del auto. Una vez solo, sin saber qué esperar, presta atención al aparatejo de onda corta que transmite, entrecortadas, sucesivas conversaciones. Y es así como alcanza a oír algo sobre una menor secuestrada y violada en las últimas horas, a pocos kilómetros de donde se hallan.

El camionero no quiere creerlo. Se queda tieso. Niega con la cabeza, lo niega con fuerza, pero cree comprender de repente todo y eso lo pone loco. Cayó, cayó en la trampa de la piba, no lo puede creer. No puede aceptar que le haya pasado a él algo así, pero ya está metido en ese pozo, bien que lo está, y tendrá que hacer lo que fuese para intentar salir. ¡Sus hijos!, piensa en sus hijos y su mujer, ¿qué les va a decir? No le van a creer, es que... ¿cómo pudo ser tan imbécil y caer en semejante trampa? Algo tiene que hacer, y ya. Llama a los oficiales que están esperando a alguien, no le importa a quién, fuera del auto, contra el camión. Los llama hasta que uno se acerca. Le cuenta, le cuenta arrepentido y conmocionado sobre el engaño en el que quieren complicarlo, que él no fue, que las cosas se dieron así, que ella le dijo tal cosa, y él sintió lástima, que pensó que la policía la buscaba para sacarle el bebé, y él pensó en el pibe, y que entiende que se equivocó al querer ayudarla, pero que él no la violó, que ella quiso hacerlo y...

Logra calmarse cuando uno de los oficiales, atraído por la confesión del camionero, le asegura que nada va a pasarle a él, que se quede tranquilo, que eso se va a aclarar, para luego pedirle los datos de la mujer, su bebé y el lugar en donde la dejó. Se los da, con lujo de detalles. “Seguramente quieren confrontarla con mis palabras”, piensa, “querrán ver su reacción, y confirmar lo que digo, por eso me piden los datos de ella, para ver si les miento. No entiendo, no entiendo qué puede ganar ella con todo esto”.

Los oficiales se comunican por radio, y pasan a otros los datos que acaban de recibir. Los caminos parecen reordenarse ante los ojos del camionero, pero en el cruce, en el cruce de rutas y de vidas, una niebla densa juega con ellos...

Mientras un patrullero detiene a Constanza en la puerta del motel, por prostitución, con su bebé en brazos y a la espera de algún hombre que la llevase de vuelta a su casa; el camionero es obligado a abrir el compartimento de carga de su camión, en donde encuentran la causa de su arresto: la mercadería de contrabando que sin saber estaba transportando.

Alguien ríe a carcajadas, tal vez el espíritu de la maldita niebla.