Letras
Tres relatos

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Lo que pudo ser una conversación con Isabel

Terminamos esa larga entrevista de trabajo y salí del edificio. Recuerdo que habíamos quedado a las 6:30 pm en el café de siempre. Ella aprovecharía para cenar, yo trataría de hablar de cosas agradables. Sobre mis prospectos de trabajo, el auto que terminé de pagar y el nuevo bebé de mi hermana. Llegué unos minutos después, ella ya estaba en la mesa ordenando.

—¿Quieres algo?

Le dije que no, y empecé con un recuento de lo bueno y lo malo. Pero antes de decir las cosas malas, ella tomó mis manos, me miró y me dijo que se iría con su madre una temporada. Lo analicé unos segundos. Si lo hubiera dicho sin tomar mis manos de esa manera, hubiera pensado que tomaría vacaciones. Pero pensaba irse para no regresar. Estaba a punto de iniciar una conversación, conversar con ella se volvía cada vez más difícil, se lo dije, y sólo contestó que eso ya no sería así. “Ya no”. Yo, de un momento a otro había perdido el apetito.

 

Quiromancia

Nos conocimos en un grupo de ayuda para neuróticos. Ella llevaba un par de meses más que yo, y conocía muy bien a todos. Al principio siempre me mostraba retraído y desconfiado al hablar con los demás, fue gracias a ella que cambié esto y no dejé de asistir al grupo. Extrañaba esos días de charla, y las tardes que pasábamos en su departamento. Me dijo que llevaba casada cinco años, pero que durante los últimos dos vivían separados y estaban negociando el divorcio. Me pareció gracioso la forma en que utilizó negociando para referirse a su separación. El tipo que todavía era su esposo se aparecía por ahí una o dos veces al mes en plan pacífico para charlar con ella, dejarle algún dinero, beber algo, y si la ocasión era especial, y ella me aclaró esto, sólo si era especial, se acostaban. Qué era una ocasión especial, le pregunté. Ella se quedó pensando por un momento, luego me dijo: fue en lo único que nos entendimos a la perfección, es una lástima que ya no estemos juntos para hacerlo.

Yo estaba untando mermelada en un pan tostado mientras vigilaba la tetera en la cocina, y la veía dar largas caladas a su cigarro a punto de consumirse entre sus manos. “Hay algo que agradezco de esa relación”, me dijo de repente.

—Qué.

—Que él no quisiera hijos.

—¿Tú, sí los querías?

—Sí, alguna vez.

“Tal vez nunca me hubiera separado de él si tuviera un hijo y nuestra vida sería un infierno”. Hizo una pausa; después, como si recordara en dónde y con quién estaba, dijo: claro, también quizás nunca te hubiera conocido.

—Tal vez en algún momento pudimos toparnos. Quizás en un grupo de alcohólicos anónimos —le dije.

Sonrió.

—Sí, es probable que me refugiara en el alcohol, o me volviera adicta a los fármacos. Nada ocurre al azar.

Cuando escuché eso yo también me reí. La gente que veía su vida como una serie de sucesos ligados a un destino predeterminado me parecía ilusa.

Serví el té, ella me dijo que me sentara y le mostrara mis manos. Lo hice, tomó mis manos, miró las palmas. “Parece que tendrás una vida larga y exitosa, sin embargo, has tenido momentos de mucha infelicidad, estás en busca de una vida plácida, sin tensiones, deseas que te quieran... y no crees en el destino”. Traté de no reírme mientras decía todo eso. Ella empezó a darle sorbos a su taza y yo comencé a comer el pan.

—Si tu marido me encontrara aquí un día, cuál sería su reacción —le pregunté. Dudó un momento.

—No lo sé, sería interesante averiguarlo. ¿Qué harías?

—Me quedaría aquí sentado comiendo mi pan tostado y tomando té. Tal vez le ofrecería una taza —le contesté.

Escuchamos lo que ocurría en el piso de arriba, eran personas haciendo mucho ruido mientras caminaban de un lado a otro.

—¿Eso es común?

—No, de hecho vivo con vecinos muy silenciosos —me contestó.

—Te voy a decir que va a pasar con nosotros sin mirar tus manos —señalé—. Terminaremos de desayunar, luego, iremos a tu habitación y lo haremos por cuarta vez en lo que va del día. Después, escucharemos que alguien abre la puerta y aparecerá tu esposo con cara de sorpresa.

Sonrió de nuevo. Estaba por empezar a contarme alguna anécdota, de las que acostumbraba, cuando escuchamos la cerradura de la puerta. Luego nos miramos, medio confundidos, medio sorprendidos y creo que tuvimos el impulso de decir algo, pero ninguno de los dos supo qué. Y la puerta se abrió.

 

¿Quién quiere a Kioko?

Jacobo y Kioko vivían en una amplia casa que compartían con otros amigos. Poco a poco los amigos comenzaron a irse. Algunos dejaban cosas que Jacobo y Kioko luego utilizaban, como utensilios de cocina, una silla plegable, una lámpara de pie. Otros no dejaban nada. Ambos mantenían un trabajo modesto en un supermercado. Jacobo y Kioko no vivían en la abundancia, pero como ellos decían, “la libraban”. Alguien había dicho, refiriéndose a ellos, que vivían al día. Sin embargo, Jacobo y Kioko aseguraban que eran felices y, sobre todas las cosas, se amaban.

No pasó mucho tiempo para que a Jacobo le fuera bien. Mejor trabajo, más amigos; “mejor vida”, se dijo, mientras se miraba al espejo una mañana. Kioko seguía en las mismas.

No podían negar que habían cambiado algunas cosas, no sólo en lo económico. Jacobo y Kioko casi no se veían, y cuando lo hacían, era para cenar o para irse a la cama a dormir. No realizaban esas largas caminatas los fines de semana que tanto disfrutaba Kioko, no iban al cine, casi no hablaban, no hacían el amor.

Llegó el día en que Jacobo no sólo cambió de trabajo, de amigos y de ropa, sino que decidió cambiar de pareja. Kioko se deprimió. Aun así tuvieron largas pláticas que, a veces no llegaban a nada, y otras que terminaban con gritos y lágrimas. Incluso la casa, que desde hace tiempo sólo ocupaban ellos dos, había cambiado. A Kioko le parecía más grande. Ninguno de los dos quería pasar demasiado tiempo ahí.

Kioko encontró un trabajo en un restaurante fuera de la ciudad. Así que Jacobo decidió vivir en otro lugar, y una tarde hizo las maletas. Mientras reducía su presencia en esa casa, introduciendo afiches de películas, revistas y pilas de discos compactos en cajas, pensó en hablar con ella, recapitular algunas cosas. Pero después se dio cuenta de que ya no tenía más que decir.

La última noche que pasaron juntos estaban cenando en la mesa, miraban la televisión en silencio. Sólo se escuchaba el ruido de los cubiertos sobre los platos, sus cuerpos acomodándose sobre la silla, la respiración de Kioko, la televisión a volumen demasiado bajo para ser escuchada por alguno de los dos.

—Dónde vas a vivir —preguntó ella.

—En un edificio, al sur.

Pasaron dos minutos en que no dijeron nada.

—¿Dónde compramos la lavadora?

—En la tienda de tu amigo, por qué.

—Quiero comprarte una, bueno otra, creo que la vas a necesitar —dijo él.

Algunas cosas se dicen para sobrellevar una charla tensa entre dos personas que se están separando, pensó Kioko, pero hay otras que no deberían mencionarse.

—No quiero la maldita lavadora, dijo Kioko. Tampoco quiero nada que hayas comprado para esta casa. Lo que me gustaría es que dejaras de sentirte mal por mí.

—¡Yo no me siento mal por ti! —gritó Jacobo.

—Entonces creo que yo empezaré a sentirme mal por ti.

Después Kioko se levantó de la mesa, llevó los platos a la cocina, también los de Jacobo que aún no había terminado, y comenzó a fregarlos, luego se dijo: “nunca más cenaremos juntos”.

Después de un tiempo, Kioko regreso a esa casa. No sabía nada de Jacobo. Tampoco sabía por qué había regresado ahí. Simplemente fue. La casa estaba abandonada. El jardín al frente, en el que ella y Jacobo habían sembrado un par de tulipanes, estaba lleno de hierbas y basura. La reja estaba asegurada con una cadena y un candado. Saltó como pudo por encima de la reja, y entró por una ventana rota a la casa. Recorrió las habitaciones, las paredes estaban llenas de graffitis, y de pintas con palabras incomprensibles. En el suelo había botellas vacías, cartones, preservativos usados y colillas de cigarros. Cuando Kioko llegó a lo que antes había sido un comedor no pudo más que sorprenderse. Ahí estaba la mesa, era la misma mesa que ella y Jacobo habían abandonado cuando se fueron. Había un par de sillas, se sentó en una de ellas, contempló por largo rato el lugar, el piso, las paredes. No había ningún otro mueble salvo la mesa y las dos sillas. No pudo evitar recordar algunas cosas. Entonces, antes de que pensara en él, sin esperarlo, lo vio sentado frente a ella, tan claramente como años atrás cuando estuvieron juntos. Lo vio levantarse de la mesa, y caminar hacia lo que antes había sido la habitación de ambos. En determinado momento, mientras se alejaba por el pasillo, volteó para mirarla de reojo y sonreírle. Y Kioko lo único que hizo fue sonreír también.