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Ilustración: Jim DandyEl cuento del tonto

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Me encanta oír hablar de sí mismas a las personas vanidosas. En general, las personas vanidosas suelen ser, al mismo tiempo, personas tontas. De manera que, según hablan autocantándose loas, van ridículamente exponiendo las aristas, los matices y los recovecos de sus variantes de estupidez.

Por eso, suelo tirarles de la lengua. Creo que realizo una obra de bien por partida doble: me solazo en escucharlos y ellos alcanzan algo parecido al nirvana al ser escuchados con tanta veneración como la que yo suelo simular.

Sin salir de la literatura argentina, acuden a mi mente varios ejemplos de narraciones puestas en boca de una persona tonta (o, al menos, poco lúcida) que, desde luego, expone una visión equivocada de los hechos relatados. El lector advierte los errores y se divierte con ellos, al tiempo que —no siempre— va “escribiendo” mentalmente el verdadero relato.

El capítulo II de Rosaura a las diez (1955) se titula “David canta su salmo”. David Réguel es el sabelotodo que, enamorado (y por eso cegado el entendimiento) de la asesinada Rosaura, expone ante el inspector policial su interpretación de los hechos. Tan convincente fue Réguel en su exposición, que en ningún momento me pareció ni tonto ni equivocado. Sin embargo, a la luz de lo que la novela expone más tarde, la visión de David resultó tan vanidosa como errónea, e infinitamente menos sagaz que la de la señorita solterona Eufrasia Morales.

Otro caso gracioso es el del maestro de “El calamar opta por su tinta” (Adolfo Bioy Casares, El lado de la sombra, 1962), que —entendiendo muy poco de la historia que relata— en un momento dado no puede admitir que ni siquiera un animal sea tan insensato como para andar bajo el sol de las dos de la tarde (que es precisamente lo que él está haciendo):

En el trayecto de ida y vuelta no vimos un alma, salvo al perro barcino del carnicero, que debía de estar de nuevo empachado, porque en sus cabales ni el más humilde irracional se expone a la resolana de las dos de la tarde.

También responden a esta técnica casi todos los narradores de los Seis problemas para don Isidro Parodi (H. Bustos Domecq [seudónimo de Borges y Bioy Casares], 1942). Adelma Badoglio, Gervasio Montenegro, Aquiles Molinari, Carlos Anglada, José Formento, Mariana Muñagorri, Mario Bonfanti, Tulio Savastano, el doctor Shu T’ung... Cada uno de ellos tiene su propio dialecto, donde, desde luego, están caricaturizados los rasgos distintivos: oírlos hablar es saber quién es cada uno. Todos cuentan versiones deliberada o inadvertidamente erróneas; todos son más o menos tontos; don Isidro interpreta esas historias, compara unas con otras y llega a la conclusión correcta, es decir, al desciframiento del enigma criminal.

Finalmente, tampoco yo quise privarme de tan modesta diversión y, hacia 1970, escribí el cuento “Un vecino tonto”, que apareció publicado en Imperios y servidumbres (1972).